Indice General

La Traición de la OCI (U)
1

 

Nahuel Moreno

 

Secretariado Centroamericano —SECA—

Centro Internacional del Trotskismo Ortodoxo —CITO—

Edición electrónica Diciembre 2001

(Tomado de Panorama Internacional Año VI N° 19, Madrid, 1982)



Indice

Capítulo I La Teoría de los Campos Burgueses Progresivos

1. De los posibilistas a Bernstein

2. El revisionismo menchevique: la teoría de los campos burgueses progresivos

3. La respuesta bolchevique y trotskista

4. Stalin y el frente popular

5. Mao y la teoría de las contradicciones

6. Revisionistas y marxistas: síntesis de las diferencias

Capitulo II El Revisionismo en los Partidos Revolucionarios

1. Kamenev-Stalin contra Lenin y Trotsky

3. Stalin y el socialismo en un solo país

4. Marceau Pivert y el frente popular de combate

5. Molinier y Schachtman la primera aparición de la teoría de los campos en nuestras filas

6. La teoría de los campos, versión pablista

7. Bolivia y Nicaragua: dos aplicaciones del revisionismo pablista

8. Las razones de una capitulación

Capítulo III El Frente Unico Antiimperialista como expresión de la Teoría de los Campos Burgueses Progresivos

1. La teoría Lambert-Favre del frente único antiimperialista

2. Stalin, Mao y la lucha contra el “militarismo” y el “imperialismo” en China

3. Mao y la invasión japonesa de China

4. La política de la III Internacional para los países coloniales y semicoloniales

5. El contexto teórico de las posiciones de la III Internacional

6. La revolución china y la evolución teórica de Trotsky

Capítulo IV La Realidad Francesa a Través de la Teoría de los Campos

1. Dos campos incompatibles

2. Una guerra civil en germen

3. Un nuevo acuerdo entre Pablo y Lambert

4. Una confusión deliberada

5. La verdadera realidad francesa

6. La verdadera incompatibilidad

7. ¿Quién previó la actual situación francesa?

Capítulo V La Política de la OCI (u)

1 - La teoría Lambert-Forgue del “campo mitterrandista”

2. El otro integrante del “campo progresivo”

3. Impulsar al gobierno burgués hacia posiciones anticapitalistas

4. ¿Sembrar ilusiones es distinto que depositar confianza?

Primer ejemplo: La Caja del seguro médico

Segundo ejemplo: la huelga en el aeropuerto

3. Lambert, consejero de Mitterrand

4. Una extraña ruptura con la burguesía

5. Mentir a las masas para proteger al gobieno

6. ¿Proteger al gobierno o combatirlo?

7. La variante Lambertista del frente popular de combate

8. La OCI aplica una política stalinista

9. Una tradición traicionada

10. La revolución por etapas, variante Lambert

11. La OCI no tiene consigna de gobierno

12. Un vaticinio claro

Capítulo VI ¿Si hubiera una Guerra Civil en Francia?

1 - Guerra civil entre los “campos”

2. Guerra civil sin armamento del proletariado

3. Guerra civil sin destrucción del ejército burgués

4. Las virtudes especiales del frentepopulismo

5. Los tres ejemplos de Lambert

Luchar con Kerenski contra Kornilov

La invasión japonesa de China

La guerra civil española

6. La verdadera política bolchevique y trotskista

Luchamos militarmente en el campo frentepopulista

La alineación militar es un episodio táctico

Transformar la lucha entre campos en lucha de clases

Derrocar el gobierno burgués y conquistar el poder

Capítulo I
La Teoría de los Campos Burgueses Progresivos

La dirección de la OCI, como toda dirección revisionista que se reivindica trotskista, esconde sus verdaderas posiciones tras una maraña de frases trotskistas. En lugar de decir que apoya al gobierno y la coalición frentepopulista liderada por Mitterrand, como haría un stalinista o un socialdemócrata, afirma que “ nuestra táctica está dirigida contra la burguesía; y en ese combate contra la burguesía, [no tomamos] la menor responsabilidad por el gobierno Mitterrand. ” (Proyecto de informe político, p. 3).

Sin embargo, basta apartar las frases necesarias para disfrazarse de trotskista, para que aparezca la verdadera política de la OCI:

En ese combate contra la burguesía, sin tomar la menor responsabilidad por el gobierno Mitterrand, estamos en el campo de Mitterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía ” (op. cit., p. 3) [1] .

Puesto que el documento no menciona ninguna otra táctica o combinación de tácticas, debemos concluir que esta es la orientación central de la OCI para todo el próximo periodo: estar en el “campo” burgués frentepopulista. Fuerza es reconocer el poder de síntesis del autor del documento (Pierre Lambert); esa fórmula es, textualmente, la que han utilizado todos los revisionistas del leninismo y el trotskismo.

Lambert nos dice, con una claridad total, que la OCI forma parte del campo integrado por los partidos obreros traidores, gaullistas y radicales de izquierda y liderado por la máxima institución del Estado burgués y la V República: la presidencia ejercida por Mitterrand.

El trotskismo sostiene, avalado por toda la experiencia histórica, que el “campo” frentepopulista es burgués y por consiguiente contrarrevolucionario; que este carácter se acentúa al máximo cuando el frente popular llega al gobierno, porque se convierte en el líder del “campo” capitalista a través del ejercicio del poder del estado capitalista. El actual revisionismo de la OCI no la ha llevado a modificar esa concepción clásica. Lambert es consciente de que se ha pasado al “campo” burgués contrarrevolucionario, por eso esconde su mercancía revisionista afirmando que su “ táctica está dirigida contra la burguesía ”.

Si desarrollamos este razonamiento, llegamos a una conclusión novedosa, por decir lo menos: que el de Mitterrand es un campo burgués bastante raro, puesto que realiza “ acciones de resistencia a la burguesía ” y la táctica principal, o única, de la OCI, es formar parte política del mismo.

Se trata evidentemente de una contradicción. Consciente de ello, Lambert trata de fundamentar su táctica en el siguiente argumento: Lenin y Trotsky formaron parte del campo de Kerenski contra Kornilov; Trotsky formó parte del campo de Chiang Kai-shek contra la invasión japonesa de China y del campo de la República española contra Franco.

Nosotros respondemos que, efectivamente, Trotsky formó parte de esos campos burgueses contra sus respectivos adversarios, y calificó a los que se opusieron a dicha táctica de traidores. Pero existen dos diferencias fundamentales entre Trotsky y Lambert: aquél nunca dijo que se debía formar parte política sino tan solo militar del campo de Kerenski-Chiang-Negrín, y que además toda su táctica iba dirigida a destrozar dicho campo. Ese era su objetivo al entrar en él, y así lo proclamaba. Su política se podría sintetizar en la frase, “ estamos en el campo militar de Kerenski para derrotar a éste, como única forma de derrotar a Kornilov y a todos los Kornilovs que vendrán ”.

Cuando Lambert dice que hay que estar “ en el campo de Kerenski o Negrín en sus acciones de resistencia a la burguesía ”, está afirmando no sólo que lucha contra la sublevación de Kornilov y la insurrección fascista de Franco, sino que apoya las acciones políticas de Kerenski y Negrín .

Los tres ejemplos que da Lambert se refieren a situaciones históricas en que las circunstancias objetivas obligaron a los revolucionarios (los bolcheviques en Rusia y los trotskistas en China y España) a formar parte de un campo común con un gobierno burgués contra la reacción fascista o bonapartista, o la invasión imperialista de un país semicolonial. Pero denunciaron constantemente a Kerenski como agente de Kornilov, a Chiang como agente de los japoneses y a Negrín como agente de Franco y combatieron sus acciones por antiobreras.

Se trata de una situación similar a la que nos lleva a aplicar la táctica del entrismo en algún partido obrero-burgués de masas. Supongamos que en un gran partido socialdemócrata (el de Blum, por ejemplo) surgen corrientes de izquierda que empiezan a desarrollar posiciones similares a las del trotskismo. Según Lambert, tendríamos que aplicar el entrismo diciendo que “ estamos con Blum en sus acciones contra la burguesía ”. Los trotskistas sostenemos y hacemos lo contrario. Al entrar, denunciamos más que nunca la política contrarrevolucionaria de Blum y tratamos de desarrollar esas corrientes trotskizantes para destrozar al partido de Blum desde adentro y captar a esas corrientes para la sección nacional de la Cuarta Internacional. Esa es la política principista tradicional del trotskismo cuando la situación objetiva nos obliga a entrar o permanecer en un frente o partido que no es el de la clase obrera en lucha contra la burguesía.

Entonces, volviendo a la política actual de Lambert, él está en un campo burgués “progresivo” contra otro campo burgués al que considera más reaccionario. Esta es la característica más notoria del revisionismo en este siglo. Este revisionismo se ha expresado históricamente bajo dos formas: la de los mencheviques y la del stalinismo. La esencia del menchevismo con su “frente antizarista” y del stalinismo con el “frente popular” (que desarrollaremos en detalle un poco más adelante) consistía en lo siguiente: el eje, la estrategia permanente de esos partidos, es conformar esos frentes con la burguesía “liberal” (los mencheviques) o “democrática” (los stalinistas), aun cuando los mismos no existan en la realidad.

Existe un tercer tipo de revisionismo que se diferencia del anterior por cuanto la conformación de los frentes policlasistas de esa naturaleza no es su estrategia permanente sino una reacción frente a la realidad objetiva.

Nos explicamos. Cuando dos frentes burgueses se enfrentan en choque físico (guerra colonial, guerra civil entre republicanos y fascistas, etc.) aparecen en los partidos revolucionarios corrientes oportunistas que capitulan políticamente a la dirección burguesa del “campo progresivo”, con el argumento de “derrotar primero al fascismo” (o al imperialismo). Es el caso de Kamenev y Stalin en 1917, Stalin-Bujarin en 1924, Stalin-Mao en 1925-27, Molinier-Schachtman en 1936, Pablo en 1951, Mandel con respecto a Nicaragua en 1979 y ahora la OCI en Francia.

Los dos primeros revisionistas son un claro proyecto político que se persigue constantemente: la conformación del campo con un sector “progresivo” de la burguesía. La dirección del mismo puede estar formalmente en manos de un partido obrero-burgués, como sucede con el actual campo mitterrandista en Francia. Pero su esencia procapitalista, contrarrevolucionaria no cambia por más que el mismo sea liderado por los partidos obreros contrarrevolucionarios y participe en él tan solo la “sombra” de la burguesía. Por eso la política de los campos burgueses progresivos es revisionista.

El tercer revisionismo es la respuesta empírica a un proceso de la realidad, al surgimiento de dos campos burgueses enfrentados físicamente. No responde a una concepción general sino que constituye una capitulación oportunista. En algunos casos (como el de Molinier, que después veremos) la capitulación no es directamente al frente “progresivo” sino a su ala “izquierda”, a algún ala de un partido obrero-burgués que integre el campo pero manteniendo una posición crítica frente a su dirección. Esta política es tan revisionista como la anterior, puesto que no trata de romper el campo, sino impulsarlo hacia la izquierda.

En el presente capítulo nos detendremos en los revisionistas consecuentes. En el próximo estudiaremos a los tránsfugas de los partidos revolucionarios.

1. De los posibilistas a Bernstein

Cuando decimos que la teoría de los “campos burgueses progresivos” constituye la base del revisionismo en este siglo, nos referimos al revisionismo post-bernsteiniano, es decir, posterior a las revoluciones rusas de 1905 y fundamentalmente de 1917. Sin embargo, nos parece útil pasar revista rápidamente a los revisionistas anteriores y sus diferencias con el menchevismo.

El revisionismo de Bernstein corresponde a la época del capitalismo en ascenso y comienzos del imperialismo, cuando las luchas del movimiento obrero conquistaban reformas que no cuestionaban la propiedad privada capitalista ni el Estado burgués. Empecemos por la situación francesa en la década de 1880, para ver cómo el revisionismo bernsteiniano es producto típico de esa época.

En 1881, la organización proletaria francesa, llamada Federación de los Trabajadores Socialistas, sufre un fuerte revés electoral. Como consecuencia de ello, se produce una fuerte discusión interna que da lugar a la formación de dos corrientes, las cuales se enfrentan en el congreso de Saint Etienne. La minoritaria, dirigida por Jules Guesde, se reivindicaba marxista. La mayoritaria ha pasado a la historia con el nombre de “posibilistas”, el mote que le pusieron los guesdistas. Esta, que se proclamaba enemiga del marxismo, tenía todas las concepciones que caracterizaron posteriormente al bernsteinianismo, la primera corriente revisionista dentro del marxismo.

Ellos promulgaron en su órgano, Le Proletaire , la célebre fórmula, “Plantear, de algún modo, en lo inmediato, algunas de nuestras reivindicaciones para hacerlas finalmente posibles ” (de ahí el mote de “posibilistas”). Esta frase significa, en efecto, el abandono de la lucha por el socialismo, luchar únicamente por las migajas que el capitalismo puede conceder.

Veinte años más tarde, Bernstein retoma esta concepción. El se basa en un hecho cierto: que el movimiento obrero, en sus grandes luchas, le arrancaba al capitalismo una conquista tras otra (legalización de los sindicatos, luego de los partidos socialistas, etc.). Por eso Bernstein considera que no está planteada la lucha por el socialismo mediante la conquista del poder. Para él, el programa cotidiano del movimiento obrero y la socialdemocracia consiste en conquistar reformas, no en plantear tareas revolucionarias que cuestionen la propiedad privada capitalista y el Estado burgués. Se llegaría a la sociedad socialista mediante la acumulación de reformas, y la misma conquista del poder sería el producto de una evolución gradual. Para Bernstein, la estructura estatal parlamentaria está por encima de las clases, y el proletariado podrá llegar al poder dentro de su marco. En síntesis, el socialismo sería producto de las conquistas sociales del proletariado y los avances electorales de la socialdemocracia (hoy tenemos diez diputados, mañana tendremos 100 y pasado mañana la mayoría en el parlamento).

Esta concepción, plasmada en el célebre aforismo “el movimiento es todo, el fin, nada”, explica el hecho de que Bernstein no formulara una estrategia para la conquista del poder, sino tan solo tácticas.

A partir de esta concepción, basada en la realidad de la lucha de clases y la práctica del movimiento obrero de su época, Bernstein llega a la conclusión general teórica, de que el proceso histórico se desarrollaría siempre con esa dinámica y perspectiva. Sostiene que la etapa en que el capitalismo imperialista podrá otorgar reformas se ampliará constantemente, y sólo llegará a su fin con el socialismo.

El proceso histórico dio un rotundo mentís a esa concepción y a la política reformista derivada de ella. La primera guerra imperialista demostró que el régimen capitalista mundial y los países imperialistas no podrían seguir ampliando las libertades democráticas y las conquistas mínimas de la clase obrera, que, por el contrario, la supervivencia del sistema obligaba al capitalismo a arrebatarle a los trabajadores las conquistas económicas y políticas ya otorgadas.

Rosa Luxemburgo y en un principio Kautsky se opusieron a la teoría bernsteiniana. Señalaron que el problema central de la política socialdemócrata era la conquista del poder por el proletariado, no la obtención de pequeñas reformas. Quienes más desarrollaron esta concepción fueron Lenin y los bolcheviques, y no es casual: en Rusia estaba planteado el derrocamiento revolucionario del zarismo como primer paso para obtener las conquistas mínimas y democráticas ya logradas por el movimiento obrero de Europa occidental.

2. El revisionismo menchevique: la teoría de los campos burgueses progresivos

Se considera a los mencheviques rusos, con justa razón, como un polo de fundamental importancia en el desarrollo del marxismo de este siglo. Hoy día se los conoce mucho mejor que a Bernstein, a quienes muchos consideran una antigualla que sólo debe ser objeto de estudio por parte de los historiadores. En cambio, el menchevismo, como corriente política antagónica al bolchevismo, es punto de referencia obligado. Sin embargo, no se ha reflexionado lo suficiente sobre esta corriente como punto de partida del revisionismo característico del presente siglo.

El revisionismo menchevique es la respuesta oportunista a una etapa histórica distinta de la de Bernstein: no es la etapa de las conquistas mínimas del proletariado de los países adelantados, sino la de las revoluciones y contrarrevoluciones. En Rusia, la lucha entre bernsteinistas y marxistas ortodoxos (revolucionarios) se manifestó como un combate encarnizado entre el economicismo y el iskrismo: entre los que decían que la clase obrera debía luchar por conquistas económicas y los que daban a la lucha un eje político, el derrocamiento del zar para instaurar la democracia.

La lucha entre mencheviques (revisionistas) y bolcheviques (marxistas) tuvo un eje enteramente distinto. Ambos coincidían plenamente en la lucha contra Bernstein y sus discípulos rusos, los economicistas, y en que el eje de la lucha obrera en Rusia debía ser por el derrocamiento del zar.

Los mencheviques jamás negaron la necesidad de luchar por el derrocamiento del zar como tarea inmediata del movimiento obrero. La diferencia con los bolcheviques radicaba en cómo hacerlo y qué tipo de régimen debería sucederle.

El gran “aporte” de los mencheviques al revisionismo, es la teoría de los campos o frentes burgueses progresivos. De acuerdo a esa teoría, para derrocar al zarismo autocrático e instaurar un nuevo régimen, el movimiento obrero y sus partidos debían conformar un campo o frente antizarista, cuya dirección estaría en manos de la burguesía liberal y su partido, el Kadete. Para decirlo en las palabras de Axelrod, uno de sus teóricos más importantes:

“El proletariado lucha por lograr las condiciones que permitirán el desarrollo burgués. Las condiciones históricas objetivas determinan que sea el destino de nuestro proletariado colaborar inevitablemente con la burguesía en la lucha contra el enemigo común (citado por Trotsky, Escritos, T. XI, vol. 1, p. 78).

Durante la revolución rusa, el ex-marxista Plejanov, convertido en vocero de la extrema derecha socialpatriota, decía: “Debemos alegramos por el apoyo de los partidos no proletarios y no alejarlos de nosotros con acciones poco tácticas (op. cit., p. 82).

De ahí a la teoría de la revolución por etapas fue un solo paso. Los mencheviques sostenían que el derrocamiento del zarismo, lejos de poner fin al frente “antizarista” policlasista, abriría una etapa en la cual, bajo el gobierno de la burguesía liberal, la atrasada Rusia se convertiría en un país capitalista adelantado. En esa etapa el proletariado adquiriría experiencia y conciencia, a través de la lucha por conquistas mínimas. Luego se abriría la segunda etapa, la de la conquista del poder por el proletariado.

La esencia de la política menchevique fue sintetizada años después por Trotsky, al afirmar que la “línea de demarcación entre el bolchevismo y el menchevismo” consistía en que éste buscaba conformar “ un frente común de colaboración política con el enemigo de clase” (The Crisis of the French Section, pp. 56 y 57).

3. La respuesta bolchevique y trotskista

Frente a la teoría de los campos del menchevismo, Lenin y Trotsky plantearon una teoría opuesta. El haber adoptado, cada uno por su lado, esta segunda teoría, es lo que explica su profunda unidad en 1917 y el hecho de dirigir conjuntamente la Revolución de Octubre, superando sus divergencias anteriores.

Para ellos, la división fundamental de la sociedad rusa es, como sostiene el marxismo ortodoxo, en clases: burguesía y proletariado. El eje de su política es el desarrollo de la lucha de clases hasta la conquista del poder por el proletariado. De ahí deriva una teoría de los campos diametralmente opuesta a la de los mencheviques, basada en el hecho de que, por fuera de las dos clases fundamentales, existen otros sectores explotadores y explotados en la sociedad.

Uno de esos campos es el contrarrevolucionario , integrado por el zarismo, los terratenientes y toda la burguesía, incluidos los sectores liberales “antizaristas”. El otro, revolucionario , está integrado por la clase obrera, los campesinos y todos los explotados. Esta es, como se ve, una teoría “campista” basada en la concepción marxista tradicional de la lucha de clases.

La diferencia entre Lenin y Trotsky antes de 1917, fue que éste desarrolló esta teoría hasta sus últimas consecuencias. Al comprender, como Lenin, la verdadera naturaleza de los campos enfrentados, Trotsky llegó a la conclusión de que el campo revolucionario requería una dirección, y ésta no podría ser otra que el proletariado. Con ello refutaba, al mismo tiempo, la teoría menchevique de la revolución por etapas.

Dado que el campo revolucionario, anticapitalista, es encabezado por el proletariado, la revolución contra los explotadores es directamente socialista por su dinámica de clase, por sus tareas y por el tipo de gobierno que impondrá al llegar al poder: una dictadura de la clase obrera apoyada en el campesinado y el conjunto de los explotados. Esta es la teoría de la revolución permanente tal como la desarrolló Trotsky en un principio, al extraer las lecciones de 1905.

Esta teoría de Trotsky tiene una deficiencia fundamental: no incluye la concepción de un partido centralizado que encabece a la clase obrera (la cual encabeza a su vez al campo revolucionario) en la lucha contra el zarismo. En esta etapa entre 1905 y 1917, Trotsky concibe a la organización proletaria como un partido del tipo de la socialdemocracia occidental, apto para las elecciones y la lucha parlamentaria, es decir, para la acción reformista, no revolucionaria.

En Lenin se da la contradicción opuesta. Comparte la concepción de Trotsky en cuanto al carácter de los campos, pero no se plantea qué clase deberá dirigir la alianza revolucionaria de las clases explotadas; por ello, coincide con los mencheviques en cuanto a las dos etapas de la revolución. En cambio, su concepción de la organización revolucionaria es la de un partido centralizado, apto para la lucha por el poder. Su concepción general es “más revolucionaria” que la de Trotsky, porque la práctica de la construcción de tal partido lo habría de llevar a las mismas conclusiones que aquél. Lenin llegará finalmente a esas conclusiones, no por asimilación de la teoría de la revolución permanente, sino como culminación del desarrollo de su propia teoría de los campos y el partido.

La contradicción en el pensamiento de Trotsky se resuelve en 1917, por un proceso análogo al de Lenin. El desarrollo de su teoría lo convence, después de años de combatir la concepción leninista del partido, de la necesidad de construir una organización centralizada como la bolchevique para hacer la revolución. El partido de Lenin era, pues, el adecuado para la teoría de Trotsky.

La síntesis de leninismo y trotskismo que se produce en 1917, obedece a la lógica de clase de la teoría “campista” compartida por ambos.

4. Stalin y el frente popular

La concepción de los “campos” y de la lucha entre ellos que supera a la lucha de clases aparece, pues, con los mencheviques. Sin embargo, quien eleva esta concepción a nivel de una teoría general, de aplicación permanente por los partidos obreros en todos los países y circunstancias, es Stalin con su frente popular.

En 1935 se realiza el Séptimo Congreso Mundial de la Internacional Comunista, ya totalmente dominada por el stalinismo. Allí se promulga esta estrategia que ha pasado a ser la característica del stalinismo desde entonces.

El problema en discusión era el avance del fascismo en Europa: al triunfo de Mussolini unos quince años antes, se unía ahora el de Hitler en Alemania, mientras que la III República francesa había adquirido fuertes rasgos bonapartistas a partir de la asonada reaccionaria de 1934. Dice Trotsky:

La conclusión que [los dirigentes stalinistas] han extraído de todo esto es que se necesita la sólida unidad de todas las fuerzas ‘democráticas’ y ‘progresistas ’, de todos los ‘amigos de la paz’ (esa expresión existe) para la defensa de la Unión Soviética por un lado y de la democracia occidental por el otro (...) El eje de todas las discusiones en el congreso fue la última experiencia en Francia bajo la forma del llamado ‘Frente Popular’, que era un bloque de tres partidos: Comunista, Socialista y Radical” (“El congreso de liquidación de la Comintern”, en Escritos T. VII, vol. 1, pp. 133 y 135-6).

Como vemos, ésta es la teoría de los campos, ahora a nivel internacional: donde los mencheviques decían “zarismo”, Stalin dice “fascismo”; y en lugar de la burguesía “liberal antizarista” tenemos a la “democrática antifascista”. El campo reaccionario internacional, liderado por la Alemania nazi, esta integrado por la Italia fascista, el gobierno japonés y otras fuerzas como Lavat en Francia y Franco en España. El campo democrático está integrado por el estado obrero soviético y las fuerzas llamadas “democráticas” y “amigos de la paz”: el gobierno frentepopulista de Blum, su homónimo español de Largo Caballero y Negrín y los imperialismos francés, británico y norteamericano.

La política de los partidos comunistas en todos los países debe orientarse en torno al fortalecimiento del campo democrático “antifascista” a nivel nacional y mundial. Es necesario hacer todo lo posible por mantener a la burguesía “democrática” en el campo antifascista, lo cual es precisamente lo que propugnaban los mencheviques con respecto a la burguesía “liberal”.

A nivel nacional, esta política tuvo su expresión más clara en España, donde el PC entró a formar parte del gobierno frente populista de Largo Caballero antes de la guerra civil, y el de Negrín durante la misma.

La teoría de los frentes populares ha conocido diversas variantes: por ejemplo, en los países semicoloniales, los stalinistas buscan conformar “frentes antiimperialistas” con la llamada “burguesía nacional” o “antimonopolista”.

Pero la esencia es siempre la misma: la conformación del campo burgués progresivo.

5. Mao y la teoría de las contradicciones

Como vimos, los mencheviques fueron los primeros en aplicar la política de los campos burgueses progresivos, mientras que Stalin la elevó al nivel de una estrategia permanente. Faltaba dar un paso: elaborar un principio teórico-filosófico que le diera fundamento. Este es el papel que cumplió Mao Tse-tung, con la teoría de las contradicciones.

En su conocida obra “Sobre la contradicción” dijo, elevando a nivel filosófico lo que era su política frente a la invasión japonesa en China:

“Cuando el imperialismo desata una guerra de agresión contra un país [semicolonial] , las diferentes clases de éste, exceptuando un pequeño número de traidores, pueden unirse en una guerra nacional contra el imperialismo. Entonces, la contradicción entre el imperialismo y el país en cuestión pasa a ser la contradicción principal, mientras que todas las contradicciones entre las diferentes clases en el país quedan relegadas temporalmente a una posición secundaria y subordinada (Mao, Obras Escogidas, T. 1, pág. 354).

Y concluye: “ De este modo, si en un proceso hay varias contradicciones, necesariamente una de ellas es la principal, la que desempeña el papel dirigente y decisivo, mientras las demás ocupan una posición secundaria y subordinada. Por lo tanto, al estudiar cualquier proceso complejo en el que existan dos o más contradicciones, debemos esforzarnos al máximo por descubrir la contradicción principal ” (op. cit., p. 355).

Invirtiendo el orden de los argumentos, tenemos que para Mao existen en la sociedad contradicciones principales y secundarias, pero el carácter de principal o secundario no es permanente, sino que cambia de acuerdo a las circunstancias. El mismo dice que “en la sociedad capitalista, las dos fuerzas contradictorias, el proletariado y la burguesía, constituyen la contradicción principal” (op. cit., p. 353). Pero sucede que, cuando se produce una invasión imperialista, esa contradicción pasa a ser temporariamente secundaria y subordinada, y la contradicción entre la nación semicolonial en su conjunto y el agresor imperialista pasa a ocupar el lugar principal. Como consecuencia de ello, toda la nación, es decir, sus distintas clases, con excepción de un “pequeño número de traidores deben unirse contra el imperialismo.

Aquí tenemos la teoría de los campos burgueses progresivos expresada en términos filosóficos, o seudofilosóficos. Contra el campo conformado por el imperialismo y el “pequeño número de traidores” que lo apoya, se forma el campo progresivo de la nación”, dirigido por la burguesía.

6. Revisionistas y marxistas: síntesis de las diferencias

En conclusión, vemos un hilo conductor perfectamente claro desde el “frente antizarista” de los mencheviques hasta las “contradicciones” de Mao: es la teoría de los campos burgueses progresivos.

Esta teoría se justifica con la generalización abusiva de un hecho real: las diferencias entre los distintos sectores burgueses. Según Trotsky, en la clase burguesa siempre existen antagonismos mucho mayores que en el seno del proletariado. Es un hecho fácil de explicar: para el trabajador da lo mismo ser explotado por un patrón que por otro, sea éste “nacional” o “imperialista”, mientras que entre los distintos sectores burgueses existe una lucha constante y feroz por el reparto de la plusvalía nacional y mundial. En el plano político esta lucha se traduce en el choque de partidos, sindicatos burgueses, etc., que con frecuencia llegan al enfrentamiento físico: golpes de estado, guerras civiles, invasiones imperialistas, guerras interimperialistas.

A veces, como en el caso de Mitterrand, el sector más “izquierdista” de la burguesía es el propio gobierno. En otros casos, el sector más “derechista” instaura un gobierno fascista o bonapartista y puede tener al resto de la burguesía en su contra. De este hecho real, el revisionismo deduce que el partido del proletariado debe formar parte del campo “progresivo” o “democrático”, o el “antiimperialista” en el caso de los países semicoloniales. Para esta teoría y política, da lo mismo que el campo “progresivo” esté en el poder o en la oposición.

Contra esta teoría de la colaboración de clases, el marxismo levanta su concepción clásica, de la sociedad dividida en clases y de la necesidad de desarrollar la lucha entre las mismas hasta la conquista del poder por el proletariado. Esto no significa que el marxismo ignore la existencia de roces entre los distintos sectores de la burguesía, y si esos roces llegan al choque físico, el partido debe formular una política acorde a la circunstancias. Pero eso significa que se deben aprovechar esos choques, jamás apoyar políticamente a un frente de colaboración de clases que pueda surgir de los mismos. Cualquiera sea la situación de la lucha de clases, el objetivo inmediato de los marxistas revolucionarios no cambia: es la revolución proletaria y la conquista del poder.

Esta última es la diferencia fundamental entre revisionistas y marxistas, la que sintetiza a todas. Stalin ocultó su política de alianza de clases durante la guerra civil española, tras el siguiente argumento: “ primero derrotar a Franco, luego lucharemos por el socialismo ”. Lo mismo dijo para justificar la alianza con el imperialismo anglo-norteamericano durante la guerra mundial: “ lo primero es derrotar a Hitler” . Mao lo expresó en términos filosóficos: primero liquidar la contradicción principal -China frente a Japón- y luego la contradicción entre las clases volverá a ser la principal. En otras palabras, la revolución debe pasar por dos etapas. En la primera, el campo progresivo debe derrotar al reaccionario; en ésta se aplica la política de la colaboración de clases. En la segunda etapa, relegada a un futuro indeterminado, estará planteada la lucha por el socialismo.

¿Qué sostienen los marxistas? Supongamos el caso aparentemente más favorable para la posición de los revisionistas: que dos campos burgueses están enfrentados en guerra, como sucedió entre la República y el franquismo en España. Ante esa situación los revisionistas parten de la base de que existen dos campos enfrentados y que uno es más “progresivo” que el otro , aunque no niegan el carácter burgués de ambos.

El punto de partida de los marxistas es: los dos son campos burgueses, por consiguiente contrarrevolucionarios . Esa es la esencia del problema. La apariencia del problema es que existe un enfrentamiento, lo cual de ninguna manera significa que ese enfrentamiento no sea real. Significa que el enfrentamiento responde a que existen diferencias en cuanto a la manera de aplastar un gran ascenso obrero e imponer el triunfo de la contrarrevolución . La dirección de la República sostiene que eso debe lograrse aboliendo la monarquía, institución especialmente irritativa para las masas, y canalizando las luchas hasta el parlamentarismo burgués. Los fascistas sostienen, en cambio, que es necesario masacrar físicamente a los trabajadores, liquidar sus organizaciones sindicales y políticas, siguiendo el modelo hitleriano.

En España esa diferencia se dirimió por las armas, pero no siempre sucede así. En Francia, en 1934, se produce una asonada fascista que logra el derrocamiento del presidente. Sin embargo, los fascistas no pudieron arrastrar a un sector importante de la burguesía, porque los dos campos prefirieron pactar: mantener el parlamento para guardar las formas democráticas, pero incrementar los poderes de la presidencia para que cumpliera un rol bonapartista. Fue por ello que Trotsky calificó a la III República, a partir de febrero de 1934, de “bonapartismo semiparlamentario”, es decir, una república bonapartista con algunos rasgos de parlamentarismo.

A partir del análisis de clase de los campos enfrentados en guerra, los marxistas sostienen que su objetivo inmediato, la conquista del poder por el proletariado, no cambia. Por el contrario, si el proletariado no toma el poder no puede haber solución a nada: ni al fascismo, ni a la miseria del proletariado, ni a ninguno de los problemas de las masas, todos productos de la existencia del régimen capitalista.

Pero en el ejemplo que estamos tratando existe una situación objetiva: el fascismo se ha levantado para masacrar físicamente a los trabajadores y liquidar todas sus conquistas; esto se combina con el hecho de que los marxistas revolucionarios (los trotskistas) son una pequeña minoría, mientras que las masas siguen a los partidos obreros contrarrevolucionarios que forman parte del “campo burgués progresivo”.

Las masas ven, correctamente, en Franco el enemigo inmediato a derrotar; los marxistas queremos ganarlas para nuestra concepción de que el enemigo a derrotar en forma inmediata es la burguesía en su conjunto , mediante la conquista del poder y la instauración de un estado obrero. ¿Por cuál de esos dos objetivos inmediatos luchamos los marxistas? Por ambos : sabemos que si no estamos en primera fila de la lucha contra Franco, no habrá forma de ganar a las masas para la lucha contra la burguesía en su conjunto. Por eso Trotsky dice: “Participamos en la lucha contra Franco como los mejores soldados, y al mismo tiempo, en interés de la victoria sobre el fascismo, agitamos la revolución social y preparamos el derrocamiento del gobierno derrotista de Negrín. Sólo una actitud semejante puede acercarnos a las masas” (La revolución española, T. 2, p. 166).

En otras palabras, la guerra entre la República y el franquismo puede terminar con el triunfo de uno u otro bando. Pero el triunfo de la República jamás significa la derrota histórica del fascismo. Este peligro seguirá existiendo, mientras exista el régimen capitalista. También existirá la miseria creciente no como peligro sino como realidad; ningún problema puede ser resuelto sin la conquista del poder.

Capitulo II
El Revisionismo en los Partidos Revolucionarios

La política de los mencheviques, extendida y generalizada luego por Stalin con el “frente popular” y Mao con las “contradicciones”, corresponde a una teoría clara, la de los campos. Insistimos en la palabra teoría : no se trata de respuesta empírica ante determinado giro de la realidad, sino de una concepción que lleva a esas corrientes revisionistas y oportunistas a aplicar esa orientación para que los frentes surjan en la realidad.

Ni los mencheviques ni Stalin ni Mao lograron siempre realizar los frentes. Al contrario, la burguesía liberal rusa tenía como estrategia buscar acuerdos con el zarismo. Asimismo, a pesar de los esfuerzos de Mao por conformar un frente sólido con Chiang Kai-shek contra la invasión japonesa, éste se rompió en numerosas ocasiones. Y si bien el frente popular es una política permanente de los partidos stalinistas desde el VII Congreso de la Comintern, en la mayoría de la ocasiones y países éste no ha podido conformarse pese a sus esfuerzos.

Pero en momentos excepcionales del proceso histórico surgen de verdad dos frentes antagónicos que pueden dirimir sus diferencias políticas por medio de una guerra civil. Esto es característico de las situaciones generadas por grandes triunfos del movimiento obrero: la revolución de febrero en Rusia, la revolución de 1952 en Bolivia y las revoluciones en curso en Nicaragua e Irán, o bien los triunfos electorales de los frentes populares francés y español de 1936.

En esos momentos, la realidad parece dar la razón a los teóricos de los “campos”, puesto que los mismos surgen en la vida misma y tienen, sobre todo este último, un carácter policlasista.

El surgimiento de estos “frentes progresivos” ejercen una fuerte presión sobre los partidos revolucionarios que no viven en una campana de cristal, sino que, aun siendo muy minoritarios, están inmersos en la sociedad y en el proletariado. Bajo estas presiones, surgen en el seno de los partidos revolucionarios corrientes que adoptan la teoría menchevique-stalinista-maoista de los campos.

Este fenómeno se observa principalmente cuando el triunfo obrero se ve amenazado gravemente por la contrarrevolución: por ejemplo, cuando ésta se alza en armas para derrocar a un gobierno frentepopulista y aplastar al movimiento obrero, como sucedió en la guerra civil española; o cuando el imperialismo resuelve que ha llegado el momento de colonizar a un país semicolonial y derrocar al gobierno burgués local. Justamente, el stalinismo ha encontrado en el surgimiento de estos graves peligros contrarrevolucionarios una magnífica oportunidad para llevar a la práctica su teoría de los campos. Esto a su vez multiplica enormemente las presiones sobre los partidos revolucionarios, llevando a algunos sectores de los mismos a integrar, como dijimos, el “campo burgués progresivo”.

Digamos entonces para sintetizar que la política permanente de los mencheviques y sus discípulos, los stalinistas y los maoistas, se basa en la teoría de los campos. De ahí que todos sus esfuerzos se orienten hacia la conformación de “frentes populares”, “frentes antifascistas”, “frentes antiimperialistas”, o mil y una variantes de lo mismo, con sectores de la burguesía “democrática”, “antimonopolista”, etcétera. Esta política no depende de que dichos frentes existan en la realidad. Si no existen, como sucede la mayoría de la veces, entonces se trata de crearlos, aun cuando ello los obligue a nadar contra la corriente.

En cambio, los partidos revolucionarios o centristas de izquierda que, en violación de todos los principios bolcheviques, han apoyado políticamente a esos frentes populares de alianza de clases, no lo han hecho por adoptar conscientemente la teoría de los campos, sino porque se han doblegado ante las tremendas presiones que se ejercen sobre los partidos insertos en el movimiento obrero cuando esos frentes surgen en la realidad.

Sin embargo, el hecho de ceder a esas presiones genera una lógica infernal. El partido revolucionario que viola sus principios para apoyar al frente policlasista, cae finalmente en la degeneración teórica y política y termina adoptando la teoría de los campos como base permanente de su política. Es lo que sucedió con el stalinismo, que surgió como ala de un partido revolucionario, y en nuestras filas con el pablismo.

El partido revolucionario (o sector del mismo) que abandona la política de independencia de clase cuando surgen los dos campos en la realidad, cae en una política oportunista cuyas características principales son las siguientes:

Abandona la denuncia sistemática del gobierno en su agitación cotidiana y en su prensa y concentra todos sus ataques en los adversarios reaccionarios del mismo; deja de atacar a los partidos obreros contrarrevolucionarios que participan en el gobierno frentepopulista para buscar acuerdos con ellos; no denuncia el carácter imperialista del gobierno ni llama al movimiento obrero a solidarizarse activamente por sus hermanos de clase coloniales; no lleva adelante una lucha infatigable contra las fuerzas armadas del régimen; abandona la tarea de “explicar pacientemente” a las masas que el objetivo fundamental en la etapa abierta por el triunfo proletario es realizar la insurrección obrera para derrocar al gobierno burgués e instaurar el poder obrero revolucionario; no levanta consignas de gobierno; no tiene una política permanente para desarrollar y fortificar el partido revolucionario, condición indispensable para el triunfo de la revolución.

Es justamente la política opuesta a la de un verdadero partido trotskista. Sin dejar de atacar a la burguesía, el imperialismo y los adversarios reaccionarios del gobierno, éste lleva un ataque constante e implacable contra el gobierno frentepopulista y el “campo burgués progresivo” y los partidos obreros contrarrevolucionarios que lo apoyan o integran como servidores de los enemigos declarados de las masas. El partido trotskista denuncia constantemente al gobierno y repudia, en su agitación cotidiana, todas las medidas del mismo por “progresivas” que parezcan. Inculca en las masas la más absoluta desconfianza y odio de clase para con el gobierno y le opone constantemente las consignas de poder que indican qué clase de gobierno es necesario instaurar. No abandona por un solo día la lucha contra el imperialismo de su país, contra el gobierno frentepopulista que lo sirve y contra las fuerzas armadas del régimen.

Existen ciertas sectas y grupos ultraizquierdistas o anarquizantes que pueden coincidir con esa política general. Pero hay un hecho que los separa del partido leninista. El eje de la política de éste es dirigir al movimiento obrero y de masas a su objetivo, la insurrección, para voltear al gobierno e instaurar la república socialista. Para ello considera, y proclama constantemente, que es condición indispensable desarrollar y fortificar a su partido. El partido revolucionario que oculta su objetivo y esa condición, cae en el oportunismo. El partido revolucionario que no se postula para conquistar el poder en la etapa del gobierno frentepopulista, que no prepara el derrocamiento revolucionario de ese gobierno, cae en el oportunismo, porque es justamente en la etapa del gobierno frentepopulista que está planteada la posibilidad de que la clase obrera conquiste el poder dirigida por el partido trotskista.

Ahora veremos cómo, a través de toda la historia de la lucha de clases del presente siglo, siempre han habido partidos revolucionarios o corrientes centristas de izquierda que adoptan la política revisionista de los campos.

1. Kamenev-Stalin contra Lenin y Trotsky

El ejemplo clásico de lo que decimos se dio en la revolución rusa entre febrero y octubre, bajo el gobierno provisional. Por un lado existió un bloque revolucionario integrado por un ala del partido marxista (Lenin-Trotsky), algunos grupos anarquistas y los socialrevolucionarios de izquierda.

En el otro polo surgió un bloque oportunista integrado por anarquistas como Kropotkin, revisionistas del marxismo como Plejanov, los mencheviques internacionalistas liderados por Martov y un sector del partido marxista revolucionario: el ala Kamenev-Stalin del Partido Bolchevique .

Desde la revolución de febrero hasta marzo de 1917 el partido bolchevique fue dirigido por una corriente juvenil cuyo principal vocero era Molotov, director del Pravda . El eje de su orientación era la denuncia sistemática al gobierno burgués surgido de la revolución de febrero y el repudio a todas sus medidas. Kamenev y Stalin, a su llegada a Petrogrado en marzo, barren a ese grupo de la dirección e imprimen une nueva orientación, totalmente oportunista, al partido y su órgano. Veamos lo que decían, por ejemplo, con respecto a la cuestión crucial de la guerra:

“Cuando un ejército combate contra otro ejército, no hay política más absurda que le de proponer que uno de los dos deponga las armas y se vaya a su casa. Esa política no sería una política de paz, sino de esclavitud, una política que un pueblo libre debe rechazar con desprecio. No. El pueblo permanecerá valientemente en su puesto, respondiendo a las balas con balas y a los obuses con obuses. Esto no admite discusión. No debemos permitir la menor desorganización en las fuerzas armadas de la revolución” (Pravda Nº 9, marzo 15 de 1917, editorial “Nada de diplomacia secreta”).

Siendo así, ¿cómo se propone poner fin a la guerra? El mismo artículo responde:

“Nuestra consigna no es el grito hueco ‘Abajo la guerra’, que significa la desorganización del ejército revolucionario (...) Nuestra consigna es presionar al gobierno provisional para obligarlo a intentar abiertamente, sin desmayos, a los ojos de la democracia mundial, inducir a todos los países beligerantes a que inicien negociaciones inmediatas para poner fin a la guerra mundial. Hasta entonces, ¡qué todos permanezcan en sus puestos!”.

Y si esos países beligerantes no quieren hacer la paz, ¿qué sucede? “Si las fuerzas democráticas de Alemania y Austria no escuchan nuestra voz, defenderemos la patria hasta la última gota de sangre” (Resolución del Soviet de Petrogrado, citado con aprobación en el mismo artículo).

Y el Pravda del 16 de marzo insiste: “La salida consiste en presionar al gobierno provisional para que se proclame dispuesto a iniciar negociaciones inmediatas por la paz”.

Desmenucemos estas posiciones. En primer lugar, aquí no hay clases que luchan, sino un “pueblo libre” que “permanece en su puesto”. Ese “pueblo libre” es, evidentemente, el que triunfó en la revolución de febrero; pero no sólo los obreros y campesinos, que hicieron la revolución , sino también la burguesía liberal que llegó al poder gracias a ella, e instauró el gobierno provisional.

Ahí ya está formado el campo, llamado “pueblo”: el gobierno provisional burgués, la burguesía liberal con su partido, el kadete, el soviet dirigido por los partidos obreros contrarrevolucionarios, y los obreros y campesinos que luchan en el ejército burgués, llamados aquí “fuerzas armada de la revolución”. Frente a él, se alza el otro campo, el reaccionario, integrado por los demás “países beligerantes” (nuevamente, no se habla de clases sino de países ).

Nuestro deber como revolucionarios es luchar lealmente en el campo del “pueblo”; “que todos permanezcan en sus puestos”, “defenderemos a la patria hasta la última gota de sangre”. Pero al mismo tiempo, es necesario poner fin a la guerra, cosa que está en manos del “jefe” de nuestro campo, el gobierno provisional. Para ello, debemos “presionarlo” para que se declare “dispuesto a iniciar negociaciones por la paz”.

Y ahora, lo que el Pravda “olvida” muy convenientemente mencionar: que el líder de nuestro “campo” es un gobierno burgués e imperialista ; que la guerra es una guerra interimperialista de rapiña, iniciada del lado ruso por el zarismo; que el ejército es el mismo ejército zarista, con su casta de oficiales y su misma estructura, que envía a los soldados (es decir, obreros y campesinos) a morir en la trincheras al servicio de la burguesía imperialista rusa y sus aliados de la Entente.

Nada de eso le importa a Kamenev y Stalin: lo importante es la unidad del “pueblo”, es decir, del campo del gobierno burgués y las masas.

Como sabemos, fue Lenin quien imprimió una reorientación radical a la política del Partido Bolchevique, reorientación expresada en sus Tesis de Abril : ningún apoyo al gobierno provisional, combate implacable contra él, orientación hacia la conquista del poder por los soviets liderados por el partido revolucionario. Pero no impuso esa línea sin dificultades: al contrario, tuvo que hacerlo mediante una batalla política ardua y prolongada contra esa ala del Comité Central Bolchevique.

La política de Kamenev y Stalin es el ejemplo clásico de cómo un ala del partido revolucionario aplica la política de apoyar al “campo burgués progresivo”, cediendo a la presión generada por el surgimiento del mismo en la vida real. Stalin elevará su política e nivel de una teoría algunos años después.

3. Stalin y el socialismo en un solo país

El coronamiento de la teoría stalinista es, desde luego, el “socialismo en un solo país” formulada por su autor en 1924 y consagrada como base de la orientación de los partidos comunistas en el Sexto Congreso de la Comintern.

La teoría del socialismo en un solo país nació como reacción ante un hecho real, la derrota de la revolución alemana, y se consolidó ante otro hecho similar, la derrota de la revolución china en 1925-27. Estas derrotas dieron momentáneamente por tierra con la esperanzas de Lenin y Trotsky, de que la extensión de la revolución proletaria a un país capitalista adelantado como Alemania pondría fin al aislamiento de la URSS y daría un poderoso impulso al desarrollo de la fuerzas productivas bajo el régimen de la dictadura del proletariado.

Junto con ello, la parálisis total de las fuerzas productivas en la URSS debido a la guerra civil y al aislamiento del Estado obrero, había obligado a la dirección bolchevique, ya desde 1921, a implantar la Nueva Política Económica (NEP). La esencia de esta política consistía en la restauración del mercado interno capitalista (no del comercio exterior, cuyo monopolio siguió en manos del Estado obrero), para facilitar el intercambio entre la agricultura, privada en su mayor parte, y la industria, mayoritariamente estatal.

La aplicación de esta política tuvo un doble efecto: por un lado, dio un impulso a las fuerzas productivas, pero por otro lado permitió el resurgimiento de una pequeña clase capitalista, explotadora, en la URSS: los hombres de la NEP en las ciudades y los kulaks, o campesinos ricos, en el campo.

La burocracia gobernante, encabezada por Stalin y Bujarin lanzó la consigna de “enriqueceos” a los campesinos, sosteniendo que con ello se ganaría a los campesinos al socialismo. Pero en la realidad, como señala Trotsky, ello sólo significó el enriquecimiento de una pequeña minoría de campesinos a expensas de la mayoría. Al mismo tiempo, surge el llamado “hombre de la NEP”, el comerciante privado entre la agricultura y la industria.

Contra esta situación, la Oposición de Izquierda propuso su plan de industrialización, cuyos fondos debían provenir de los impuestos recaudados a la nueva clase de kulaks. Como es sabido, la Oposición fue acusada de “superindustrialización” y de “enemiga del campesinado”.

La política de la NEP, tal como fue aplicada por la burocracia, fue el origen del “socialismo en un solo país”. Escuchemos a Trotsky:

 “La vacilación ante las empresas campesinas individuales, la desconfianza hacia los planes, la defensa del ritmo mínimo de industrialización, el descuido de los problemas internacionales, todo esto junto conforma la esencia de la teoría del ‘socialismo en un solo país’, presentada por primera vez por Stalin en 1924 tras la derrota del proletariado en Alemania. No apresurar la industrialización, no pelearse con el campesino, no contar con la revolución mundial y, sobre todo, proteger el poder de la burocracia partidaria de las criticas”. (The Revolution Betrayed, Pathfinder, 1972, p. 32).

Es decir, que la teoría del socialismo en un solo país es también una aplicación particular de la teoría de los campos. En este caso, el campo enemigo es el de la burguesía de los países capitalistas, que ha logrado derrotar a la revolución proletaria. El campo progresivo es el de la NEP, con el Estado obrero y la burguesía que empieza a resurgir (Kulaks y los Nepman). Este campo debe ser preservado a toda costa: por ello es necesario construir el socialismo “a paso de tortuga”, según la conocida frase de Bujarin, no acelerar la industrialización ni aplicar políticas que impidan el enriquecimiento de los aliados de campo. Al mismo tiempo, se niega u oculta la lucha de clases de los kulaks y Nepman, contra los explotados y el Estado obrero.

Evidentemente, el proceso de enriquecimiento de una clase explotadora trae una dinámica fatal para el Estado obrero. Los kulaks y hombres de la NEP encuentran que su enriquecimiento tiene un límite, impuesto por la existencia de la industria nacionalizada y el monopolio estatal del comercio exterior. Al empezar a cuestionar estas trabas para su desarrollo, ponen en peligro la existencia misma del Estado obrero, fuente del poder y privilegios de la burocracia. Entonces, ésta realiza un giro de 180 grados: la consigna “enriqueceos” es reemplazada por la de “destrucción de los kulaks como clase”; y el “paso de tortuga” de la industrialización se convierte en un “galope furioso”. El campo se rompe, pero no por “culpa” de la burocracia, que favorece en todo lo posible el enriquecimiento de los “aliados de campo”, sino por éstos últimos, que ven correctamente en la existencia del Estado obrero una traba para su mayor enriquecimiento y desarrollo como clase capitalista.

El socialismo en un solo país es también la teoría de los campos a nivel internacional. El campo progresivo en esta caso es el de la URSS y los estados burgueses e imperialistas que “coexisten pacíficamente” con ella, mantienen buenas relaciones comerciales, etc.

Para no abundar en ejemplos, recordemos que en aras de mantener el campo “antifascista” con las burguesías democráticas se adoptó la política de los frentes populares, que condujo a la derrota de la revolución en España y Francia.

En la actualidad, es considerado un “aliado de campo” cualquier Estado burgués que mantenga buenas relaciones diplomáticas y comerciales con la URSS. Es en base a esta consideración que la burocracia soviética es una enemiga feroz de la dictadura de Pinochet en Chile, mientras que ella y el PC argentino se cuentan entre los mejores aliados de la dictadura de Viola. La única diferencia entre ambas dictaduras es que ésta última mantiene excelentes relaciones comerciales con la URSS.

4. Marceau Pivert y el frente popular de combate

En el ascenso revolucionario del proletariado francés de 1936, que dio lugar a la instauración del gobierno frentepopulista de Blum, una tendencia socialista centrista de izquierda, la Izquierda Revolucionaria dirigida por Marceau Pivert, fue arrastrada al apoyo al gobierno burgués frentepopulista de León Blum.

Digamos para empezar que el ala bolchevique del movimiento obrero era sumamente débil. Estaba integrada únicamente por los trotskistas del Partido Obrero Internacionalista, en un frente único revolucionario con la Federación del Sena de la Juventud Socialista, dirigida por Fred Zeller. Este frente había podido conformarse gracias al audaz trabajo del entrismo de los trotskistas en la SFIO.

En cuanto a la corriente de Pivert, no puede negarse que tenía una postura crítica frente al gobierno, y de impulso a las luchas obreras. Tan es así, que según relata Daniel Guérin (Front Populaire, revolution manquée, París: Maspero, 1976), en el congreso de Huyghens de la SFIO la IR presentó una moción de solidaridad total con los huelguistas.

Sin embargo, su política con respecto al gobierno no avanzó más allá de la crítica: jamás rompió con Blum sino que el propio Pivert formó parte de su gobierno.

Su política, llamada del “frente popular de combate”, consistía en conformar un frente con las bases de los partidos obreros, para presionar a sus direcciones traidoras hacia una política “revolucionaria”. Según Guérin:

“En lo que respecta al Frente Popular número dos [el de combate] , fuimos arrastrados a participar lealmente, demasiado lealmente, en el Frente Popular número uno [el de Blum] . Ese compromiso tenía una justificación aparente. Debíamos estar dentro del Nº 1 para impulsarlo y llevarlo a confundirse con el Nº 2 . Creímos encontrar una solución a nuestras dificultades de vocabulario, haciéndonos campeones de un Frente Popular de combate (...) Pero resultó ser una denominación bastarda. A pesar de las dos palabras agregadas, no nos distinguimos lo suficiente del Frente Popular Nº 1; así, ayudamos en cierta medida a propagar el engaño”. (Guérin, op. cit., p. 103).

Tiene razón Guérin al decir que el frente popular “de combate” no se distingue del de Blum, a pesar de la fraseología revolucionaria, el apoyo a las luchas obreras y las criticas al gobierno: “ Toda la elocuencia fraternal [de Pivert] no podía borrar la traba inicial: él pertenecía al equipo de gobierno; aparecía [ante los huelguistas] como un personaje consular que traía un saludo desde la cúpula” (op. cit., p. 123).

Esto, como reconoce el propio Guérin, es debió a que “ No podíamos repudiar al Frente Popular sin más trámite [porque] nos alejaríamos de ese formidable movimiento, surgido de lo más profundo de las masas... (op. cit., p. 103).

Este argumento de “no aislarse de las masas” es también una variante de la teoría de los “campos”. Las masas están en el campo del frente popular, entonces allí debemos estar nosotros. Es el argumento típico empleado por los centristas e inclusive los revolucionarios que capitulan al frente popular. Ante la necesidad de no alejamos del “campo” donde se encuentran las masas, no llamamos a éstas a romper la alianza con la burguesía y el gobierno frentepopulista. La revolución francesa de 1936 fue derrotada porque, como dijo Trotsky, “ los obreros fueron incapaces de reconocer al enemigo porque se lo había disfrazado de amigo ” (citado por Guérin, op. cit., p. 136).

5. Molinier y Schachtman la primera aparición de la teoría de los campos en nuestras filas

Las filas del trotskismo no han sido inmunes al fenómeno por el cual un sector del partido revolucionario pasa a formar parte del frente oportunista. Esto ocurrió en Francia, precisamente en 1936. Allí no se trató de una capitulación directa al frente popular de Blum, sino indirecta, por vía de la adaptación al “frente popular de combate” de Pivert, Sus protagonistas fueron Raymond Molinier y Pierre Frank.

A ellos se dirigió la carta de Trotsky mencionada en el capitulo anterior, para alertar a la sección francesa sobre la existencia de “ síntomas peligrosos en nuestras filas ”.

Esos síntomas se concretaron poco después cuando Molinier y Frank rompieron con el partido trotskista para crear su propio grupo alrededor del periódico La Comuna . Y el primer acto político de este grupo fue el de llamar a la corriente centrista de Pivert a conformar un frente común.

En una carta a su colaborador Jan Frankel (11/12/35), Trotsky dijo: “ Usted ya está informado de la traición de Molinier. Esos muchachos no quieren permanecer ‘aislados’ por eso capitulan ante la tendencia Pivert quien a su vez capitula ante Blum . Si se les dice que están participando en la preparación de la unión sagrada, lógicamente se indignarán. Pero es la pura verdad. Esta es la primera y desgraciada capitulación ante la poderosa presión chauvinista que la opinión pública burguesa ejerce sobre la clase obrera con la ayuda indispensable de la burocracia stalinista .” (Trotsky, The Crisis of the French Section, p. 13).

Nuevamente, tenemos el argumento de Pivert, con una ligera variante. Según él, se trata de estar en el frente de Blum para no alejarse de las masas. Para Molinier-Frank, se trata de estar con Pivert con el mismo fin. La política es siempre la misma: estar con las masas significa estar en el “campo progresivo” burgués en el cual ellas confían.

Schachtman aplicó otra variante de la teoría de los campos en España, al preguntar a Trotsky si los revolucionarios debían apoyar en las Cortes el presupuesto militar solicitado por Negrín. Su sorpresa (según aclara él mismo) fue mayúscula, al recibir la siguiente respuesta de Trotsky : “Si hubiésemos tenido diputados a Cortes, hubiéramos votado contra el presupuesto de Negrín (...) Votar el presupuesto militar de Negrín significa otorgarle apoyo político (La revolución española, vol. 2, p. 164; subrayado en el original).

Aquí la política de los campos, tal como la aplica Schachtman, tiene un aparente asidero en la realidad, puesto que los dos campos realmente existen y están enfrentados en guerra civil. El presupuesto que solicita Negrín es para combatir al fascismo; por ello, dice Schachtman, deberíamos aprobarlo.

La respuesta de Trotsky, de evitar cualquier acto de solidaridad política con el gobierno burgués, es la que se desprende de la política bolchevique y las lecciones de la revolución rusa. Así como se derrotó a la sublevación de Kornilov y a la contrarrevolución denunciando a Kerenski y conquistando el poder, la única garantía para la victoria definitiva e histórica contra el fascismo es la política de independencia de clase, orientada hacia el derrocamiento del gobierno burgués frentepopulista de Negrín y la conquista del poder por el proletariado.

6. La teoría de los campos, versión pablista

En 1951, en su célebre documento ¿A dónde vamos?, Pablo presenta una nueva versión, novedosa, de la teoría de los campos. Veamos qué dijo:

“Para nuestro movimiento, la realidad social objetiva consiste esencialmente en el régimen capitalista y el mundo stalinista (...) Dicho esquemáticamente, la relación de fuerzas a nivel mundial es la relación de fuerzas entre esos dos bloques.” (SWP, Education for socialiste bulletin, marzo 1974, p. 5).

Como vemos, también aquí hay dos “campos” a nivel internacional: el “progresivo” de la URSS y el “reaccionario” del régimen capitalista. ¿En qué consiste la novedad?

Para el marxismo, el “régimen capitalista” es una totalidad, integrada por la burguesía y el proletariado. Significa entonces que Pablo integra en su “campo reaccionario” al proletariado de los países capitalistas y principalmente de Estados Unidos, país líder del campo. Mientras que, para los revisionistas anteriores, el proletariado siempre era parte del “campo progresivo”.

Por otra parte, el “campo progresivo” pablista estaba integrado por la URSS en su conjunto, es decir, por la burocracia.

Es de notar que la teoría revisionista de Pablo, como todas las que estamos viendo en el presente capítulo, también respondía a un hecho real: la “guerra fría” entre la burocracia soviética y el imperialismo yanqui.

La posición de Pablo fue magníficamente refutada por Favre-Bleibtreu de la sección francesa en ¿A dónde va el camarada Pablo?: “Nosotros creíamos que la realidad social consistía en la contradicción entre las dos clases fundamentales: el proletariado y la burguesía. Evidentemente, estábamos equivocados: de ahora en adelante, el régimen capitalista, que abarca a esas dos clases, se convierte en una totalidad contrapuesta... al mundo stalinista” (ESB, marzo 1974, p. 10). Favre-Bleibtreu añadía que, al abandonar el criterio marxista, de clase, en favor de la idea revisionista de los campos, Pablo se vería obligado a alinearse con el “Bloque anticapitalista” (el stalinismo) y terminaría capitulando ante él.

Los trotskistas ortodoxos latinoamericanos, como nos llamábamos en esa época, los que combatíamos a Pablo, sostuvimos que la definición de Favre-Bleibtreu era justa pero limitada: Pablo capitularía no sólo al stalinismo, sino a todos los aparatos burocráticos o burgueses que tuviesen apoyo de masas.

7. Bolivia y Nicaragua: dos aplicaciones del revisionismo pablista

Los hechos no tardaron en damos la razón, a Favre-Bleibtreu y a nosotros. La revolución proletaria boliviana de 1952 destruyó a las fuerzas armadas de la burguesía y llevó al poder al partido nacionalista burgués de Paz Estenssoro, quien formó gobierno con algunos burócratas sindicales como Lechín.

Fiel a su teoría revisionista, Pablo sostuvo que se habían formado dos frentes: el reaccionario, integrado por la oligarquía boliviana (la “rosca”), los grandes patrones del estaño, los terratenientes y el imperialismo expropiados. El progresivo, estaba integrado por el gobierno nacionalista y la dirección de la Central Obrera.

El partido trotskista POR, en ese época muy poderoso, sostenía, orientado por Pablo, Mandel y Posadas, que se debía defender a ese gobierno de los ataques del imperialismo y la rosca, y apoyar sus medidas “progresivas”. En otras palabras, debía formar parte de ese campo.

Los resultados de esa política son conocidos: la burguesía boliviana pudo reconstruir su ejército y aplastar a la revolución. Por su parte, el trotskismo boliviano, que estaba en condiciones de tomar el poder , no ha podido hasta el momento (treinta años después) recuperarse de esa derrota.

En las tres décadas transcurridas las masas bolivianas es han alzado una y otra vez, pero el trotskismo, reducido al estado de pequeñas sectas, no ha jugado absolutamente ningún papel en esos ascensos.

El otro caso mucho más reciente y conocido por nuestro movimiento: es el de Nicaragua en 1979. Allí una organización guerrillerista de carácter pequeño-burgués e influencia de masas, el Frente Sandinista, dirigió la lucha que barrió del poder a la dictadura de Somoza, para instaurar un nuevo gobierno burgués.

El Socialist Workers Party de Estados Unidos caracterizó al GRN directamente como obrero y campesino. En cambio Mandel, fiel discípulo de Pablo, lo caracterizó correctamente como burgués, pero sostuvo que era necesario apoyarlo. Llevó esta política hasta el grado de apoyar al gobierno en sus actos de represión a los combatientes internacionalistas de la Brigada Simón Bolívar, creada por impulso de la Fracción Bolchevique y entre los cuales había muchos camaradas trotskistas.

En esto, Mandel fue consecuente con su política de años, de apoyar a los grupos guerrilleros latinoamericanos y por vía de ellos al castrismo.

Con su política en Nicaragua, Mandel aplicó la teoría de los campos: apoyó al “campo progresivo” del gobierno burgués contrarrevolucionario formado por el FSLN inclusive contra los revolucionarios trotskistas.

8. Las razones de una capitulación

Hemos visto cómo en todas las etapas abiertas por grandes triunfos del movimiento obrero, un sector del marxismo revolucionario, formando un bloque con corrientes oportunistas, cae en la capitulación al frentepopulismo apoyándose en la teoría de los “campos”. La víctima más reciente de este fenómeno es la dirección de la OCI, los mismos camaradas que defendieron a nuestra Internacional de la liquidación pablista.

Que unos camaradas con semejante trayectoria hayan capitulado al frentepopulismo, como ha ocurrido con otros revolucionarios en la historia, requiere una explicación marxista, es decir, de clase.

Al llegar al poder un gobierno frentepopulista, se suscitan entre las masas, principalmente sus sectores más atrasados, ilusiones de que dicho gobierno puede resolver sus problemas (desocupación, carestía de la vida, etc.). Esas falsas esperanzas ejercen una tremenda presión sobre los partidos que militan en el movimiento obrero. Es así como en las fábricas, oficinas, universidades, el servicio militar, etc., los militantes están rodeados por compañeros que confían en el gobierno. Esos militantes empiezan a plantearse: “Después de todo, ¡no será verdad? El gobierno frentepopulista, ¡no será mejor de lo que creíamos, o de lo que nos enseñó Trotsky? En todo caso, démosle un plazo al gobierno para ver qué hace.”

Sobre la dirección del partido revolucionario se ejerce otra presión, todavía más fuerte y peligrosa. Más fuerte, porque no proviene de las masas atrasadas, que se desengañarán rápidamente ante las inevitables traiciones del gobierno burgués, sino de los cuadros de dirección de los partidos obreros contrarrevolucionarios , los más interesados en mantener el gobierno frentepopulista en el poder, ya que forman parte del mismo.

Nuestros cuadros y dirigentes tienen estrechas relaciones (que pueden ser conflictivas, pero no por ello menos estrechas) con los cuadros y dirigentes de los partidos oportunistas, porque están en las mismas organizaciones y sindicatos obreros. Cuando llega un gobierno frentepopulista al poder, los dirigentes traidores se vuelven funcionarios estatales o adquieren gran influencia en el aparato estatal. Aprovechan esa situación para “ofrecer sus buenos servicios” a nuestros dirigentes, hacerles creer que, con una política paciente y astuta, se pueden satisfacer gradualmente todas las reivindicaciones bajo el nuevo gobierno. El nuevo gobierno, dicen, es comprensivo hacia la izquierda revolucionaria, ea casi amistoso con ella. Si la izquierda revolucionada no lo cree así, que pida una entrevista con el ministro tal, el secretario de estado cual o con el propio presidente, y ya van a ver cómo los reciben y responden a sus pedidos.

Por eso, el verdadero enemigo no es el gobierno sino los burgueses y sobre todo los grandes monopolios.

Ningún verdadero partido revolucionario es inmune a estas presiones. Un partido “trotskista” que en un período de gobierno frentepopulista no sufra grandes luchas internas, no es un partido sino, en el mejor de los casos, una secta cristalizada, aislada de las masas y sus organizaciones. Si es un partido inserto en el movimiento de masas ‑aunque sea muy minoritario‑ un sector de su dirección cederá ante las presiones de sus “amigos reformistas”, con argumentos del tipo, “no debemos aislarnos de las masas” o “es necesario combatir las ilusiones en el terreno de las ilusiones” , y terminará capitulando al frentepopulismo.

Esto es prácticamente lo mismo que decía Trotsky, en su carta ya citada, para explicar las razones de la capitulación de Molinier y Frank. La OCI está sufriendo ahora las mismas presiones, y está recorriendo el mismo camino que los fundadores de La Commune .

Capítulo III
El Frente Unico Antiimperialista como expresión de la Teoría de los Campos Burgueses Progresivos

Una de las expresiones específicas más importantes de la teoría de los campos burgueses progresivos fue formulada por la propia Internacional Comunista: es el frente único antiimperialista. Posteriormente, esta teoría fue desarrollada de manera oportunista por Stalin y Mao y por las corrientes revisionistas del marxismo y el trotskismo, hasta llegar a Lambert y Favre.

El contenido principal de esta teoría puede sintetizarse así: el eje estratégico del partido revolucionario en los países atrasados es la conformación de un frente único antiimperialista con la burguesía nacional .

Dada la enorme importancia que poseen los países atrasados en la lucha de clases mundial, por el hecho de abarcar a la inmensa mayoría de la humanidad, este aspecto particularmente odioso de la teoría revisionista de los campos merece que le dediquemos un capítulo. En el presente veremos en primer término la teoría de Lambert-Favre y sus maestros, Stalin y Mao; luego las concepciones de la III Internacional, Lenin y también de Trotsky hasta 1917; concepciones que en nuestra opinión se orientaban en un sentido muy parecido al que tenían los bolcheviques antes de la revolución del 17, es decir, la revolución por etapas y la dictadura revolucionada obrera y campesina para desarrollar la revolución democrático-burguesa; y finalmente el posterior desarrollo ideológico de Trotsky hasta llegar a su concepción de la revolución permanente en los países atrasados.

1. La teoría Lambert-Favre del frente único antiimperialista

En nuestras filas, esta variante de la teoría de los “campos burgueses progresivos” fue explicada por Luis Favre en una intervención en el Consejo General de la CI(CI), directamente inspirada en su contenido por Pierre Lambert.

Al inicio de su intervención, Favre sostiene categóricamente: “Creo que, en líneas generales, el eje de la lucha por el frente único en los países coloniales y semicoloniales pasa por la lucha por el frente único antiimperialista y la autoorganización de la clase obrera” (“Sobre el frente único antiimperialista”).

Aquí se expresan dos conceptos. Uno, implícito, es que el frente único es una estrategia permanente. No nos detendremos sobre este falso concepto aquí, puesto que es tema de un capítulo posterior. El otro, este sí explícito, es que en los países coloniales y semicoloniales el frente único se concreta en frente único antiimperialista y que ése es el eje de la estrategia revolucionaria en dichos países.

Establecido ese eje, Favre pasa a definir el frente: “El partido del proletariado debe luchar en un bloque unido con los partidos de la burguesía y la pequeña burguesía” (ídem).

Esto es así, según Favre-Lambert, porque “existe una diferencia cualitativa entre la burguesía imperialista y la de los países coloniales y semicoloniales” (ídem).

La conclusión es: “ No se trata de hacer el frente único antiimperialista solamente cuando hay conflicto con el imperialismo: la lucha contra la dominación imperialista del país es permanente (...) Pues bien, estamos dispuestos a librar esa lucha con cualquiera. A hacer un bloque con cualquiera en base a esa línea. Inclusive con el PSR [peruano] , que se proclama nacionalista burgués (ídem).

Resumiendo los argumentos de Lambert-Favre, tenemos: en los países semicoloniales y coloniales existen dos campos, el antiimperialista con el proletariado, las masas y el sector de la burguesía llamado “nacionalista”, y el imperialista con el imperialismo y los sectores de la burguesía ligados a él.

El deber del partido del proletariado, el eje de su política, es conformar un “bloque unido” con los partidos de la burguesía y la pequeña burguesía, y contra el campo imperialista.

El eje de la política de Lambert-Favre no es lograr la independencia de clase del proletariado y, en ese marco, estudiar la conveniencia táctica de hacer tal o cual acuerdo limitado y circunstancial con algún sector de la burguesía, sino exactamente lo contrario. Lo permanente, lo estratégico es el acuerdo con la burguesía; la “autoorganización de la clase obrera” (suponiendo, con una gran dosis de buena voluntad, que eso es sinónimo de independencia de clase), pasa al plano secundario.

En este terreno, Lambert y Favre no coinciden con Molinier y Schachtman, quienes cedieron a la política de los campos cuando éstos surgieron en la realidad. Su coincidencia es con los mencheviques, los stalinistas y Pablo, quienes elevaron esa política al nivel de una teoría y una orientación permanente. Lambert y Favre sostienen que, cuando el bloque con la burguesía no existe (que es en la absoluta mayoría de los casos), el partido revolucionario debe crearlo.

2. Stalin, Mao y la lucha contra el “militarismo” y el “imperialismo” en China

En realidad, Lambert y Favre no han “descubierto la pólvora”. Su concepción es idéntica a la que formularon Stalin y Mao para la revolución china de 1925-27.

El tristemente célebre programa de la Comintern redactado por Bujarin bajo la inspiración de Stalin sostenía, tal como sostienen Lambert y Favre hoy en día, que la burguesía colonial podía desempeñar un papel antiimperialista y que, por lo tanto, “ Los acuerdos con la burguesía nacional de los países coloniales son lícitos en la medida que la burguesía no obstruya la organización revolucionaria de los obreros y campesinos y libre una auténtica lucha contra el imperialismo ” (citado por Trotsky, The Third International After Lenin, pp. 167-168).

Si alguna diferencia existe entre Stalin-Bujarin y Lambert-Favre, es que aquéllos son un poco más cautelosos, emplean el tiempo condicional en sus afirmaciones (“en la medida que”). Según ellos, es posible que la burguesía luche contra el imperialismo, y en ese caso los acuerdos con ella son “lícitos”. En cambio, para Lambert-Favre, lo que se busca no es un acuerdo sino un “bloque unido” con la burguesía “antiimperialista”, y esa política, más que lícita, es un “deber” y el “eje” de la actividad del partido revolucionario.

Volviendo al stalinismo, el principal impulsor de esa política en el Partido Comunista Chino fue el joven Mao Tse-tung, recientemente elegido al Comité Central del partido (véase la Introducción del trotskista chino Pen Shu-tse a León Trotsky on China ). Mao expuso sus posiciones en el periódico del partido, en el articulo “El golpe de estado de Pekín y los comerciantes”; los comerciantes aquí son la burguesía.

Debido a la necesidad histórica y la situación coyuntural la obra por la cual los comerciantes deberían asumir la responsabilidad en la revolución nacional es más importante y apremiante que la obra que debe asumir el pueblo . Sabemos que los militaristas y las potencias extranjeras se han unido para imponer una doble opresión sobre el país. Lógicamente, el pueblo de todo el país sufre profundamente bajo una doble opresión de este tipo. Sin embargo, quienes sienten estos sufrimientos de manera más apremiante y aguda son los comerciantes” (citado por Peng, op. cit., p. 41; subrayado en el original).

Consecuente con este análisis, Mao llega a la siguiente conclusión: “ Cuanto más amplia sea la organización de los comerciantes, cuanto mayor sea su influencia, mayor será su capacidad para dirigir al pueblo de todo el país y más rápido será el éxito de la revolución (op. cit., p. 42; subrayado en el original).

Otro miembro nuevo del CC, Chu Chui-pai, avanza un poco más: “Los comerciantes, campesinos, obreros, estudiantes y maestros, todo el pueblo debe unirse al Kuomintang” (op. cit., p. 43; subrayado del original).

La concepción aquí expresada es que las tareas de la revolución antiimperialista (“naciona”) deben ser cumplidas principalmente por los comerciantes, es decir, la burguesía, quien debe encabezar el campo del “pueblo” contra el de los “militaristas y las potencias extranjeras”. Con un agregado, el de Chu, de que el campo progresivo debe integrarse en un partido único, el Kuomintang.

Como dice Peng, muy acertadamente, “Es evidente que estamos ante dos manifestaciones del pensamiento menchevique” (op. cit., p. 43). Son tres expresiones, acotamos nosotros, si agregamos la de Lambert-Favre, idéntica a la de Stalin-Mao exceptuando el aspecto del partido único.

3. Mao y la invasión japonesa de China

La concepción clásica del frente único antiimperialista como variante de la teoría de los campos burgueses progresivos fue elaborada por Mao, durante la invasión japonesa de China en el preludio de la Segunda Guerra Mundial.

En un informe programático presentado a la Conferencia Nacional del PCCh (mayo de 1937) bajo el título “Las tareas del PC de China en el período del la resistencia al Japón”, dice:

“Debido a que la contradicción entre China y Japón ha pasado a ser la principal y a que las contradicciones internas de China han quedado relegadas a un plano secundario y subordinado , en las relaciones de China con el exterior y en las relaciones de clase dentro del país se han producido cambios, que inauguran una nueva etapa de desarrollo de la situación actual” (Obras escogidas de Mao Tse-tung, T.I , p. 283).

¡Cuáles son esas “contradicciones internas” que han pasado a un “plano secundario y subordinado”? El propio Mao responde:

“Hace mucho que China vive dos contradicciones agudas y fundamentales: la contradicción entre ella y el imperialismo y la contradicción entre el feudalismo y las grandes masas populares (...) Con su desarrollo, la contradicción nacional entre China y el Japón ha superado en peso político relativo a las contradicciones entre las clases ”.   (Op. cit., pp. 283 y 285).

Es decir que, para Mao, las contradicciones jamás son entre las clases sino entre el pueblo y el feudalismo por un lado, entre la nación china y el agresor japonés por el otro. En ambos casos son contradicciones entre campos burgueses, con la clase obrera y las masas formando parte del más “progresivo” de ellos. En el momento en que Mao escribe su documento, la contradicción China-Japón ha relegado la contradicción pueblo-feudalismo a un plano secundario, debido a la realidad de la invasión. Prosigue Mao:

“Esto plantea al Partido Comunista de China y al pueblo chino la tarea de formar un frente único nacional antijaponés. Nuestro frente único incluirá a la burguesía y a todos aquellos que estén en favor de la defensa de la patria, y encarnará la unidad nacional contra el enemigo extranjero” (op. cit., p. 284).

Pero hay más: “China no sólo debe unirse con la Unión Soviética, que ha sido siempre amiga fiel del pueblo chino, sino también, en la medida de lo posible, establecer relaciones de lucha conjunta contra el imperialismo japonés con aquellos países imperialistas que en el presente estén dispuestos a mantener la paz y se opongan a nuevas guerras de agresión.” (Op. cit., p. 284).

De aquí se desprende un programa cuyos puntos ¿principales son los siguientes:

“En interés de la paz interna, la democracia y la guerra de resistencia, y con miras a establecer el frente único nacional antijaponés, el PC de China, en su telegrama a la III Sesión plenaria del Comité Ejecutivo Central del Kuomintang, contrajo los siguientes cuatro compromisos:

“1) Cambiar el nombre del gobierno (...) que dirige el PC de China (. . .) y el del Ejército Rojo haciéndolo formar parte del Ejército Revolucionario Nacional, de modo que dicho Gobierno y dicho Ejército queden dentro de la jurisdicción del Gobierno Central de Nankin y de su Consejo Militar; (es decir, bajo el mando político-militar de Chiang Kai-shek)

“2) Aplicar un sistema democrático;

“3) Suspender la política de derribar al Kuomintang por la fuerza de las armas, y

“4) Suspender la confiscación de las tierras de los terratenientes” (op. cit., pp. 289-290).

Entonces, tenemos que la invasión japonesa de China ha dado lugar al surgimiento de dos campos: el imperialista, integrado por Japón y sus aliados, y el “progresivo”, o “antiimperialista” (antijaponés), encabezado por el gobierno burgués de Chiang Kai-shek e integrado por la burguesía nacional y las potencias imperialistas que tengan diferencias con Japón. El partido del proletariado debe integrarse a ese campo progresivo antiimperialista, por lo cual “suspende” la lucha por derrocar al gobierno y las expropiaciones revolucionarias de los terratenientes por los campesinos. Más aún, disuelve los gobiernos revolucionarios de las zonas controladas por él y su ejercito, para integrarlos al gobierno y ejército burgueses bajo el mando del fascista Chiang Kai-shek.

Concluye Mao: “Nuestros enemigos -los imperialistas japoneses, los colaboracionistas chinos, los elementos projaponeses y los trotskistas - vienen haciendo todo cuanto pueden para torpedear cada paso que se da en favor de la paz y la unidad” (op. cit., p. 289).

Tiene razón al decir que los trotskistas son enemigos de la unidad con la burguesía que él preconiza, puesto que se trata de unidad política , de subordinación del proletariado a la burguesía. Justamente para la misma época, Trotsky escribía, en carta fechada el 23/9/37:

“No negamos la necesidad de un bloque militar entre el PC y el Kuomintang. Sin embargo, pedimos que el PC mantenga su independencia política y organizativa total , que tanto en la guerra civil contra los agentes internos del imperialismo como en la guerra nacional contra el imperialismo extranjero , la clase obrera, mientras permanece en primera línea de la lucha militar, prepare el derrocamiento político de la burguesía” (On China, p. 570).

Esto es exactamente lo opuesto de lo que sostienen los teóricos de los campos. La guerra nacional de defensa frente al imperialismo de ninguna manera relega a la lucha de clases a un plano secundario. Por el contrario, el proletariado y su partido luchan en primera fila contra el invasor extranjero, pero mantienen su total independencia política y organizativa y preparan el derrocamiento revolucionario de la dirección burguesa.

Las trotskistas luchan contra el imperialismo japonés en primera fila, pero:

1) No se subordinan a la “jurisdicción del Gobierno Central y su Consejo Militar” , sino “crean organizaciones ‘bélicas’ sobre bases clasistas (...) en tiempo de guerra la vanguardia proletaria permanece en oposición irreconciliable a la burguesía (pp. 564-565).

2) No “suspende la política de derribar al Kuomintang” sino que “prepara el auténtico gobierno obrero y campesino, es decir, la dictadura del proletariado” (p. 565).

3) No “suspende las confiscaciones de tierras” sino que comprende que “se abren grandes oportunidades para las luchas económicas de los trabajadores” (p. 565).

Las partidos que siguen las orientaciones de Lambert-Favre en los países coloniales y semicoloniales, si son consecuentes hasta el fin, deberán aplicar la política de Mao, no la de Trotsky.

4. La política de la III Internacional para los países coloniales y semicoloniales

Si Lambert, Favre y los actuales sostenedores de esta teoría revisionista que estamos comentando quieren encontrar un punto de apoyo, muy relativo y muy difícil por otra parte, en los textos clásicos del marxismo, desde ya les ahorraremos el trabajo de buscarlo: pueden encontrarlo en los documentos y resoluciones de la III Internacional y en ciertos textos de Lenin y Trotsky de la época, referidos a los países atrasados.

A continuación, analizaremos algunos de esos textos, que en nuestra opinión -y lo decimos con toda franqueza- en relación a la revolución permanente son centristas, como eran las posiciones de Lenin antes del 17, al compartir con los mencheviques el carácter burgués de la revolución y el etapismo, discrepando con ellos sobre la dinámica de clase. Son textos que expresan la concepción no sólo de la revolución por etapas, sino también del apoyo o defensa del “campo burgués progresivo” en los países coloniales y semicoloniales, principalmente los más atrasados.

Se trata, empero, de un menchevismo “sui generis”, que tiene un aspecto revolucionario, ya que se integra esta revolución por etapas dentro de la revolución socialista mundial, principalmente y se insiste en la independencia política de la clase obrera europea. Entremos en tema.

El IV Congreso de la Comintern aprobó unas “Tesis generales sobre la cuestión de Oriente”, que incluyen una tesis sobre el “frente antiimperialista único”. Allí se dice:

“En los países occidentales que atraviesan un periodo transitorio caracterizado por una acumulación organizada de las fuerzas, ha sido lanzada la consigna del frente proletario único. En las colonias orientales es indispensable, en la actualidad, lanzar la consigna del frente antiimperialista único. La oportunidad de esa consigna está condicionada por la perspectiva de una lucha a largo plazo contra el imperialismo mundial, lucha que exige la movilización de todas las fuerzas revolucionarias (...) Así como la consigna del frente proletario único ha contribuido y contribuye todavía en Occidente a desenmascarar la traición cometida por los socialdemócratas contra los intereses del proletariado, así también la consigna del frente antiimperialista único contribuirá a desenmascarar las vacilaciones y las incertidumbres de los diversos grupos del nacionalismo burgués. Por otra parte, esa consigna ayudará al desarrollo de la voluntad revolucionaria y al esclarecimiento de la conciencia de clase de los trabajadores, incitándolos a luchar en primera fila, no sólo contra el imperialismo, sino también contra todo tipo de resabio feudal.

“El movimiento obrero de los países coloniales y semicoloniales debe, ante todo, conquistar una posición de factor revolucionario autónomo en el frente antiimperialista común. Sólo si se le reconoce esta importancia autónoma y si conserva su plena independencia política, los acuerdos temporarios con la democracia burguesa son admisibles y hasta indispensables. (...) El frente antiimperialista único está indisolublemente vinculado a la orientación hacia la Rusia de los Soviets.

“Explicar a las multitudes trabajadoras la necesidad de su alianza con el proletariado internacional y con las repúblicas soviéticas es uno de los principales puntos de la táctica antiimperialista única. La revolución colonial sólo puede triunfar con la revolución proletaria en los países occidentales” (Los cuatro primeros congresos... Tomo 2, pp. 231-232).

Luego sintetiza el programa para los países atrasados, en relación al frente antiimperialista único:

“La reivindicación de una alianza estrecha con la República de los soviets es la bandera del frente antiimperialista único. Luego de prepararla, es preciso llevar a cabo una lucha decidida por la máxima democratización del régimen político, a fin de privar de todo sostén a los elementos social y política- mente más reaccionarios y asegurar a los trabajadores la libertad de organización, permitiéndoles luchar por los intereses de clase ( reivindicaciones de una república democrática, reforma agraria, reforma de las cargas fundiarias, organización de un aparato administrativo basado en el principio de un self-government (autogobierno) , legislación obrera, protección del trabajo, protección de la maternidad, de la infancia, etc. )” (op. cit., pp. 232-233).

Como vemos, aquí no se plantea la perspectiva de la revolución obrera y la dictadura del proletariado para los países atrasados. Por el contrario, sólo se plantea la lucha contra el “imperialismo” y, dentro del país, contra los “resabios feudales”, con el objetivo de llegar a una república democrática en la cual la clase obrera conquista reivindicaciones similares a las del proletariado occidental.

La tesis quinta aclara el papel del partido del proletariado en la revolución democrática y la república democrática:

“Dos tareas fundidas en una sola incumben a los partidos comunistas coloniales y semicoloniales: por una parte, lucha por una solución radical de los problemas de la revolución democrático-burguesa cuyo objeto es la conquista de la independencia política ; por otra parte, organización de las masas obreras y campesinas para permitirles luchar por los intereses particulares de su clase , utilizando para ello todas las contradicciones del régimen nacionalista democrático-burgués” (op. cit., p. 230).

Nuevamente, se trata de llevar a cabo la revolución democrática burguesa y obtener un lugar específico, independiente, para la clase obrera dentro de la misma. La tarea del partido comunista, el partido revolucionario del proletariado, no es conquistar el poder sino ganarse un lugar independiente dentro del campo burgués que realiza la revolución democrática burguesa.

Tenemos un buen ejemplo de aplicación de esta política, en la “Carta abierta del IV Congreso de la Comintern a los comunistas y al pueblo trabajador de Turquía”:

“El Partido Comunista de Turquía siempre ha apoyado al gobierno nacional burgués en la lucha de las masas trabajadoras contra el imperialismo. El Partido Comunista inclusive se mostró dispuesto, frente al enemigo común, a efectuar sacrificios temporarios en cuanto a su programa e ideales ”. (The Communist International, vol. 1, p. 380).

Algunos delegados hablaron contra la posición de las Tesis; por ejemplo, el hindú Roy sostuvo: Los movimientos revolucionarios nacionales en los países donde millones y millones anhelan la liberación nacional, y que no pueden progresar sin liberarse económica y políticamente del imperialismo, no triunfarán bajo la dirección de la burguesía . Añadió que la burguesía seguramente desertaría de la revolución nacional y la traicionaría, y en ese caso la dirección debería ser asumida por los partidos comunistas (op. cit., p. 382).

Sin embargo, como señaló Radek en su respuesta, también las tesis del II Congreso de la Comintern abogaban por el apoyo a los movimientos nacionalistas de Oriente sin referirse a la lucha de clases; añadió Radek que Marx, en su momento, había propugnado una política de apoyo a la burguesía mientras fuese revolucionaria. Esta es la posición que se impuso en el IV Congreso.

5. El contexto teórico de las posiciones de la III Internacional

La clave de la resolución de la III Internacional que estamos analizando reside en una concepción teórica impuesta por Lenin y Trotsky en relación a los países atrasados.

La teoría de la revolución permanente, tal como la había formulado Trotsky hasta ese momento, estaba referida a la revolución rusa y europea, no a los países atrasados, a los que él no prestó mayor atención hasta después de la Revolución de Octubre. Trotsky consideraba que la revolución permanente, como combinación de las revoluciones democrático-burguesa y socialista y como la necesidad de la conquista del poder por el proletariado para resolver las tareas de la revolución democrática, era una teoría para la revolución en el imperio zarista combinada con la revolución europea. Es decir, era una teoría para los países adelantados y para un país como Rusia, europeo y atrasado, pero con elementos de fuerte desarrollo capitalista (según dice en su conocida exposición de la Ley del desarrollo desigual y combinado en el prólogo a la Historia de la Revolución Rusa ).

Después de 1917, al estudiar la situación de los países de Asia y África y comprobar la tremenda debilidad de su desarrollo capitalista, llega a una conclusión similar a la de Lenin y los mencheviques, y opuesta a la de la revolución permanente. Considera que la revolución en los países atrasados de Oriente y África pasará por dos etapas, claramente diferenciadas: primero, la revolución nacional y democrática, hasta que se consolide el proletariado como clase; luego, la etapa de la revolución socialista.

Sin embargo, como decíamos al comienzo, esta concepción incluye un aspecto adicional: que la primera etapa de los países atrasados se combinará con la revolución proletaria en los países adelantados de Europa Occidental. En otras palabras, él ve a la revolución mundial (concepto éste que está totalmente ausente de la teoría menchevique) como un proceso en que se combinan “revoluciones desiguales”: socialistas en los países adelantados, democrático burguesa en los atrasados.

Veámoslo en sus propias palabras. El Manifiesto del I Congreso, redactado por él, dice, en relación a las “insurrecciones y el fermento revolucionario que se ha producido en las colonias” : “¡Esclavos coloniales de África y Asia! ¡La hora de la dictadura proletaria en Europa sonará para vosotros como la hora de vuestra emancipación”! (The First Five Years... vol. 1, pp. 24 y 25).

E insiste: “En los países donde el proceso histórico le brindó esa oportunidad, la clase obrera ha utilizado el régimen de la democracia política para organizarse contra el capitalismo. Lo mismo ocurrirá también en el futuro , en los países donde las condiciones para la revolución proletaria todavía no han madurado (op. cit., p. 2).

Es decir, existen países maduros y “todavía no maduros” para la revolución proletaria. En estos está planteada la tarea de la liberación nacional y la democracia, y la lucha por la misma se combinará con la revolución proletaria en Europa.

Algo parecido dirá Trotsky en el II Congreso: “La lucha simultánea contra los opresores extranjeros y sus aliados locales -señores feudales, curas y usureros- está transformando al creciente ejército de la insurrección colonial en una gran fuerza histórica, en una poderosa reserva del proletariado mundial” (op. cit., p. 125).

Como vemos, aquí Trotsky habla de un “ejército de insurrección colonial”, sin diferenciación de clase, y de los enemigos de ese ejército: los opresores extranjeros, los señores feudales, curas y usureros , no la burguesía.

Entre el II y el III congresos vuelve a insistir, haciendo énfasis en los dos aspectos de su concepción, tanto del carácter de la revolución nacional en Oriente como de su íntima ligazón con la revolución proletaria en el Occidente imperialista. En respuesta al ultraizquierdista Gorter, que sostenía que la clase obrera inglesa estaba aislada de la pequeña burguesía, al revés de la rusa que tuvo el apoyo del campesinado señaló:

“Los proletarios ingleses no pueden alcanzar la victoria final mientras no se alcen ‘los pueblos de la India y mientras el proletariado inglés no proporcione a dicho alzamiento un objetivo y un programa; no se puede hablar de victoria en la India sin la ayuda y dirección del proletariado británico . Ahí tiene usted la colaboración revolucionaria del proletariado y el campesinado en los confines del imperio británico” (op. cit., pág. 139).

Ahí tenemos la vinculación entre las revoluciones británica e hindú; ¿cuál es el “objetivo y programa” que el proletariado británico le proporcionará al campesinado hindú? Trotsky responde:

“[Gorter] enfoca la cuestión desde el punto de vista insular inglés, olvida a Asia y África, pasa por alto la conexión entre la revolución proletaria en Occidente y las revoluciones agrarias nacionales en Oriente (op. cit., p. 140).

Es decir, en la India no está planteada la revolución proletaria sino la revolución nacional y agraria; y no aisladamente, sino en íntima relación con la revolución, ésta sí proletaria, en la metrópoli.

Recién hacia el IV Congreso, la posición de Trotsky empieza a modificarse en un sentido: el de la dinámica interna de clase de la revolución, pero todavía no en cuanto a los objetivos de clase de la misma: “ El desarrollo del proletariado nativo paraliza las tendencias nacional-revolucionarias de la burguesía colonial. Pero al mismo tiempo las multitudinarias masas campesinas obtienen una dirección encarnada en la vanguardia comunista consciente. La combinación de la opresión nacional militar ejercida por el imperialismo extranjero y la explotación capitalista por parte de las burguesías extranjera y nativa, con las supervivencias de la servidumbre feudal, están creando condiciones favorables en las cuales el joven proletariado colonial se desarrollará rápidamente y ocupará su lugar a la cabeza del vasto movimiento revolucionario de las masas campesinas (op. cit., vol. 1, p. 250).

Sintetizando, Trotsky en vida de Lenin llega hasta el planteo de la combinación de las luchas campesinas y los movimientos nacionalistas de los países atrasados con la revolución socialista en los países adelantados. Como análisis de las perspectivas revolucionarias de los países coloniales y semicoloniales lo máximo a que llega en su análisis es su afirmación que la revolución campesina o antiimperialista puede tener como punto de apoyo y dirección al proletariado si éste se independiza políticamente. Pero, al igual que Lenin antes de 1917, quien consideraba que la revolución antizarista sería acaudillada por el proletariado y las masas explotadas pero sus objetivos serían puramente nacionales y democráticos, Trotsky jamás plantea para los países atrasados, como dinámica de clase de la revolución, la conquista del poder por el proletariado, la instauración de su dictadura y el comienzo de realización de la revolución socialista.

6. La revolución china y la evolución teórica de Trotsky

En un principio, Trotsky enfocará la revolución china con la concepción teórica que acabamos de estudiar: es decir, que será una revolución en dos etapas, y que el proceso chino se encuentra en su primera etapa, de carácter nacionalista y democrático burgués. En esta etapa, la política del partido comunista chino debe ser de alianza con la burguesía nacional e inclusive con su gobierno, contra el imperialismo japonés. Es nada menos que la política del “campo burgués progresivo”, en este caso “antiimperialista”.

Es así como en una nota, fechada el 22 de marzo de 1927, plantea claramente:

“Desde luego que los comunistas no pueden abandonar su apoyo al ejército Nacionalista y al gobierno nacionalista , ni, aparentemente, pueden negarse a formar parte del gobierno Nacionalista. Pero el problema de la independencia organizativa total del PC, es decir, su retiro del Kuomintang, no puede postergarse un día más (...) Los comunistas pueden conformar un gobierno unificado con el Kuomintang a condición de la separación total de los partidos que conforman el bloque político (On China, p. 126).

Trotsky está planteando aquí que el PC debe poner fin a la política que venía practicando, de entrismo en el partido nacionalista burgués, pero no sólo no debe romper su alianza política con él, sino que debe apoyar su gobierno e inclusive participar en ese gobierno burgués .

Más o menos en la misma época, insiste:

“El trazar la demarcación organizativa (del PCCh con el Kuomintang), cosa que se deriva inevitablemente de la diferenciación de clase, no excluye sino que, por el contrario, bajo las condiciones políticas imperantes, presupone el bloque político con el Kuomintang en su conjunto o con elementos del mismo, en toda la república o en ciertas provincias, de acuerdo a las circunstancias . Pero en primer lugar, el PCCh debe garantizar su propia independencia organizativa total y la claridad en el programa político y la táctica en la lucha por ganar influencia entre las masas proletarias que acaban de despertar. Sólo este enfoque permite hablar seriamente de arrastrar a las amplias masas del campesinado chino a la lucha” (op. cit., p. 116).

La contradicción en esta posición es evidente. Trotsky está planteando que el PC debe lograr su independencia organizativa, como partido, en base a la diferenciación de clases, para ganar influencia sobre el proletariado y que éste dirija al campesinado. En otras palabras, debe conformar un bloque de las clases explotadas contra la burguesía. Pero al mismo tiempo debe mantener su alianza política con la burguesía, su bloque con el Kuomintang. Esto, con el objetivo, “no de sacar a la clase obrera del marco de la lucha nacional-revolucionaria , sino para garantizar el papel del combatiente más resuelto en la misma...)” (op. cit., p. 114).

En síntesis, es el planteo de luchar en bloque contra la burguesía y al mismo tiempo hacer un bloque con la burguesía para realizar la revolución nacional y democrática.

Trotsky empieza a superar esta contradicción, poco después. En una carta a un camarada de la Oposición de Izquierda (29/3/37), plantea:

“El problema de la lucha por un gobierno obrero y campesino de ninguna manera puede identificarse con el problema de una ‘vía de desarrollo no capitalista’ para China. Esta sólo puede plantearse de manera provisoria y sólo dentro de la perspectiva de la revolución mundial. Sólo un ignorante de tipo socialista reaccionario podría pensar que la China actual, con sus actuales bases tecnológicas y económicas y por sus propios esfuerzos podría saltear la fase capitalista . (...) Aunque el problema de que la revolución china se convierta en una revolución socialista es sólo una variante a largo plazo el problema de la lucha por un gobierno obrero y campesino tiene una importancia inmediata tanto para el curso de la revolución china como para la educación revolucionaria del proletariado y su partido” (op. cit., p. 129).

Trotsky aquí sigue sosteniendo que la revolución es democrático-burguesa y que la revolución socialista debe postergarse para una segunda etapa ( “no se puede saltear la fase capitalista” , “la revolución socialista es una variante a largo plazo” ). Sin embargo, aquí ya se eleva a la concepción del gobierno obrero y campesino para impulsar la revolución democrática. Lo que plantea aquí es la concepción leninista (no la suya propia) de lo que debía ser la revolución rusa: una revolución burguesa democrática y nacional por sus objetivos, obrera y campesina por su dinámica interna de clase. Es la política que Lenin sintetizó en su consigna de “Dictadura democrática revolucionaria de los obreros y campesinos”.

Esta carta de Trotsky tiene una importancia fundamental por otro aspecto: aquí se refuta con varias décadas de anticipación la teoría lambertista de los dos campos -progresivo y reaccionario- que se enfrentan. Veamos:

“Usted comete un error cuando expresa con toda claridad (...) que en China han surgido ‘dos campos enconadamente hostiles’: en uno están los militaristas, los imperialistas y ciertas capas de la burguesía china; en el otro los ‘obreros, artesanos, pequeños burgueses, estudiantes, intelectuales y ciertos sectores de la burguesía media que poseen una orientación internacionalista’. En realidad, hay tres campos en China -los reaccionarios, la burguesía liberal y el proletariado- y los tres luchan por conquistar hegemonía sobre los estratos inferiores de la pequeña burguesía y el campesinado (...) El Kuomintang bajo su forma actual crea la ilusión de que existen dos campos, con lo cual perpetúa la máscara nacional revolucionaria de la burguesía y, con ello, facilita su traición” (op. cit., p. 128).

Los tres campos que plantea Trotsky son los campos de clase y cada uno de ellos lucha por ganar al campesinado y la pequeña burguesía; no son los dos campos de Lambert y que aquí aparecen con los mismos nombres.

¿Cuál debe ser la política del PC en esta situación? “Lo que debemos salvaguardar en el curso de la revolución es, principalmente, al partido independiente del proletariado que evalúa constantemente la revolución desde el punto de vista de los tres campos y es capaz de luchar por la hegemonía del tercer campo y, por consiguiente, en la revolución en su conjunto”. (Op. cit., p. 129).

El “tercer campo” es, desde luego, la alianza de obreros y campesinos contra la burguesía. Esto, combinado con el planteo de la necesidad de un gobierno obrero y campesino, muestra una decidida superación en las posiciones de Trotsky. Sin embargo, subsiste la contradicción de que para él, la revolución es democrática burguesa:

“[No debemos olvidar] el ‘pequeño detalle’ de que lo que está ocurriendo en China no es una revolución socialista sino una revolución nacional burguesa (op. cit., p. 131).

Que no se diga que es abusiva nuestra interpretación de la política de Trotsky en toda esta etapa: como acabamos de ver, él excluye explícitamente que la revolución china pueda asumir tareas anticapitalistas, socialistas; para él, sus tareas son exclusivamente democráticas y burguesas.

Vamos a citar, por último, su carta al Buró Político del partido ruso, del 31 de marzo de 1927:

“Un sistema de soviets en China no sería, en el próximo período, un instrumento de la dictadura proletaria, sino de la liberación nacional revolucionaria y de unificación democrática del país (...) En China, lo que está ocurriendo es una revolución nacional democrática, no socialista (op. cit., p. 135).

Es decir, nuevamente está expresada la contradicción entre el carácter de la revolución democrático-burguesa y su dinámica de clase: la dirige el proletariado organizado en soviets.

La superación definitiva viene recién en setiembre de 1927, en su tesis “Las nuevas oportunidades para la revolución china, nuevas tareas y nuevos errores”, contra el programa de Stalin y Bujarin:

“Puesto que existe un estado de guerra civil entre las tropas revolucionarias y el Kuomintang, el movimiento revolucionario sólo puede triunfar bajo la dirección del PC, y sólo bajo la forma soviética de diputados obreros, soldados y campesinos (...). Esto exige un programa para el período de lucha por el poder, la conquista del poder y la instauración del nuevo régimen (...) En otras palabras, de lo que se trata ahora es de la dictadura del proletariado ” (op. cit. pp. 263 y 265).

Y agrega: “La revolución china en su nueva etapa triunfará como dictadura del proletariado o no triunfará”.

Esta es la concepción que Trotsky desarrollará de ahí en adelante, sintetizada en las tesis de la revolución permanente.

Capítulo IV
La Realidad Francesa a Través de la Teoría de los Campos

Para la OCI -creemos haber establecido esto con toda claridad- el triunfo electoral de las masas francesas al derrotar a Giscard y elegir a Mitterrand, ha dado surgimiento a dos frentes o “campos”. El campo “reaccionario” está integrado por la patronal agrupada en su central, la CNPF (a la que en varias ocasiones se califica de “ verdadero estado mayor político de la burguesía ”), los partidos burgueses UDF y RPR y las instituciones de la V República. El campo “progresivo” está integrado por Mitterrand, el PS, el PC, los radicales y los gaullistas de izquierda (que tienen ministros en el gobierno). El otro integrante de este campo es la OCI, puesto que está “ en el campo de Mitterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía ”.

En cuanto al campo miterrandista, cabe hacer una aclaración. Hay en el gobierno de Mitterrand dos ministros burgueses, Jobert y Crépeau. Los documentos de la OCI señalan la necesidad de hacer “ un gobierno PS-PCF sin ministros burgueses ;” por consiguiente, parecería que existe una lucha entre “campos” en el seno del propio gobierno, en el cual Jobert y Crépeau serían elementos del campo enemigo. Sin embargo, no es así, puesto que la OCI se niega a levantar la tradicional consigna leninista-trotskista de “ fuera los ministros burgueses del frente popular ”. Más adelante veremos las razones de esa negativa, los argumentos con que la OCI la sustenta y cómo esto es coherente con todo su curso revisionista. Aquí sólo queremos consignar el hecho de que, para la OCI, los ministros Jobert y Crépeau y sus partidos, el radical y el gaullista de izquierda, forman parte del campo progresivo, mitterrandista.

Puesto que existen esos dos campos, para la OCI la realidad actual y futura de Francia, para los próximos años, se caracterizará por un enfrentamiento agudo, cada vez más violento, entre los mismos; es decir, exactamente lo mismo que planteaba Pablo para la realidad mundial en los años cincuenta.

En cambio, para los marxistas, el ascenso del gobierno frentepopulista no altera la realidad fundamental, permanente, de las luchas sociales bajo el capitalismo: que la lucha, ahora y siempre, se entabla entre las clases . Si existen dos campos, éstos son el de la revolución , integrado por los explotados y dirigido por el proletariado, y el de la contrarrevolución , integrado por los explotadores y encabezado por el gobierno burgués de turno, sea frentepopulista, fascista o de cualquier otro tipo.

Veamos ahora si es correcta nuestra afirmación de que para la OCI la realidad francesa actual y futura no se caracteriza por la lucha de clases sino por la lucha entre dos “campos” burgueses.

1. Dos campos incompatibles

De acuerdo al Proyecto de informe político , el gobierno de Mitterrand es un gobierno burgués: “El gobierno Mitterrand-Mauroy es un gobierno burgués de colaboración de clases, de tipo frentepopulista. Una vez determinado su carácter de clase, los revolucionarios no pueden considerarlo como un gobierno obrero y campesino. Este no es nuestro gobierno ” (op. cit., p. 3; subrayado del original).

Estas frases aparecen con monótona insistencia a todo lo largo del documento, y aparentemente no dejan lugar a dudas. Pero sólo aparentemente, pues se trata tan solo de la repetición ritual de algunos conceptos, como para demostrar que, después de todo, la OCI es un partido trotskista. La verdadera caracterización del gobierno Mitterrand, ritos aparte, aparece un poco más adelante y es coherente con la teoría de los campos: “ existe una contradicción (antagonismo) insuperable entre el gobierno burgués Mitterrand y la burguesía (op. cit., p. 4).

Y más adelante: “... el gobierno Mitterrand-Mauroy entra forzosamente a cada paso en conflicto con el aparato de estado burgués, con la burguesía cuyos intereses, sin embargo, defiende (ídem).

Y esta caracterización se completa con la siguiente afirmación: “... la mera existencia de la elección de F. Mitterrand a la presidencia de la República y de una mayoría PS-PCF [a lea Asamblea Nacional] es incompatible con las instituciones antidemocráticas y reaccionarias de la V República” (Informations Ouvrieres Nº 1019, editorial).

Todo lo cual se une a la ya citada afirmación de que el gobierno de Mitterrand realiza “ acciones de resistencia a lea burguesía ”.

Resumiendo entonces, tenemos un gobierno que es “burgués”, pero que posee algunas características bastante especiales, por decir lo menos:

— realiza “acciones” (en plural) contra la burguesía;

— su mera elección es “incompatible” con las instituciones reaccionarias de la V República;

— entra “forzosamente en conflicto” con la burguesía y su aparato estatal;

— entre él y la burguesía existe una “contradicción insuperable”.

Siendo así, ha llegado la hora de cambiar la posición tradicional del trotskismo respecto a los gobiernos de frente popular. Ya no son gobiernos burgueses, contrarrevolucionarios y, en el caso de Francia, imperialista, son gobiernos burgueses “sui generis” (para emplear la terminología pablista) que tienen un antagonismo “insuperable” con la burguesía.

Por nuestra parte, seguimos defendiendo la vieja caracterización marxista y trotskista. Sostenemos que no hay otra “incompatibilidad” ni “contradicción (antagonismo) insuperable” en la sociedad capitalista que la que existe entre exploradores y explotados, es decir, entre el “campo” que integra a obreros, campesinos, y demás capas explotadas y que lidera el proletariado, y el “campo” de los burgueses liderado por el gobierno burgués de turno . Esos son los dos “campos” que se enfrentan ahora y seguirán enfrentándose mientras existe la sociedad capitalista.

Un gobierno burgués puede en determinado momento aplicar una política o tomar alguna medida que desfavorezca a algún sector de su “campo” (entendido en el sentido marxista, da clase).

Lo que ningún gobierno burgués puede hacer es gobernar contra toda la burguesía ni contra el aparato del Estado burgués. En otras palabras, ningún gobierno burgués pueda gobernar contra su propia clase.

Llevada por la teoría de los campos, la OCI ha llegado a Inventar una nueva categoría, la del “gobierno burgués antiburgués”, merecedor del apoyo del partido obrero revolucionario.

2. Una guerra civil en germen

En el afán de justificar su política de estar “en el campo de Mitterrand”, el autor del Proyecto de informe político (el camarada Lambert), se ve obligado a avanzar mucho más allá da la “incompatibilidad” de los campos. En un alarde de realismo mágico -escuela que nos ha legado obras de ficción novelística, pero cuya intromisión en política resulta absolutamente catastrófica- ha llegado a sostener que los campos están enfrentados de hecho en una guerra civil latente, que puede estallar en cualquier momento.

El Proyecto de informe político repite una y mil veces que “la burguesía no puede reconocer al gobierno Mitterrand como su gobierno ”, hasta llegar a la siguiente afirmación: Mitterrand choca con las necesidades reales de la sociedad burguesa porque ellas son antagónicas a las de las masas, tal y como éstas las plantearon cuando echaron a Giscard. Siempre y en todo lugar , una situación así lleva el germen de una guerra civil, y la burguesía no puede más que prepararla. Evidentemente, ésa es la línea general del desarrollo de la lucha de clases...” (op. cit., p. 5).

Nuevamente, tenemos la concepción del “antagonismo insuperable” entre el gobierno burgués y la burguesía. Las necesidades de las masas son antagónicas con las de lea burguesía (efectivamente, decimos nosotros), pero quien expresa las necesidades de las masas es... el gobierno burgués. Y por el hecho de expresar las necesidades de las masas, el gobierno burgués está enfrentado a su propia clase en una guerra civil “en germen”.

Se dice que el estallido de la guerra civil corresponde a la “línea general del desarrollo de la lucha de clases”. Podríamos estar de acuerdo con este planteo, ya que nuestra época de decadencia total del sistema capitalista se caracteriza justamente por las guerras y revoluciones, producto de que la burguesía no puede satisfacer siquiera mínimamente las necesidades de las masas. Es decir, existe una guerra civil de hecho entre el proletariado y la burguesía. Pero lo que sostiene la OCI (u) es que existe una guerra civil entre la burguesía y el gobierno de Mitterrand, y que está a punto de estallar, mañana o el mes entrante: “el gran capital (está preparando) ataques de guerra civil , y si bien Mitterrand quiere oponerse a ellos, está creando él mismo las condiciones (como la operación contra el SAC, los cambios operados entre los funcionarios públicos)” (op. cit., p. 5).

En otras palabras, Mitterrand no quiere la guerra civil, pero con las medidas que está tomando (aquí se mencionan dos, contra el aparato estatal), el gran capital ya está preparando la guerra civil en su contra.

Y para confirmar que ésta es, efectivamente, la apreciación que hace la OCI de la actual situación francesa, el Proyecto quiere justificar su política con tres ejemplos: la política bolchevique en la sublevación de Kornilov contra Kerenski, la política trotskista cuando la invasión japonesa de China y nuevamente la política trotskista en la guerra civil española. Cuando se hace una analogía histórica no es para buscar diferencias (ya que no existen dos situaciones históricas idénticas ) sino los puntos comunes. Lo que hay de común entre estas tres situaciones históricas que se mencionan es la existencia de un enfrentamiento militar , no sólo político, entre dos bandos: sublevación contrarrevolucionaria, invasión imperialista y guerra civil.

Por consiguiente, para la OCI, la guerra civil no sólo corresponde a la “línea general del desarrollo de la lucha de clases” sino que es inminente, puede estallar en cualquier momento.

3. Un nuevo acuerdo entre Pablo y Lambert

Esto de basar toda una política (equivocada y revisionista, además, como veremos) en una guerra inminente, tiene un antecedente no muy honroso en nuestras filas. En el documento ¿A dónde vamos? , Pablo decía:

“Nada le queda al capitalismo salvo tomar el camino de mayores preparativos militares, económicos y políticos para una nueva guerra (.. .) El capitalismo avanza rápidamente hacia la guerra (...) por consiguiente, la discusión entre los marxistas revolucionarios no puede ser si la guerra es inevitable o no, sino que se limita al problema de saber cuán pronto estallará la guerra y cuáles serán su naturaleza y consecuencias” (op. cit., p. 6).

Pablo justifica su política de capitulación al stalinismo y al nacionalismo burgués con la perspectiva inmediata e inevitable de una “tercera guerra mundial” entre el “campo stalinista” y el “campo imperialista”. Lambert justifica la suya, de capitulación ante Mitterrand con la perspectiva de la guerra civil “en germen” (que en su caso significa inmediata) entre el “campo mitterrandista” y el “campo burgués”.

Insistimos que lo que dice el Proyecto de informe político de la OCI, de que la guerra civil corresponde a la “línea general del desarrollo de la lucha de clases” sería justo si agregara que esa guerra civil es entre las clases, no entre campos burgueses. Pero existe otro problema. Lambert y Pablo caen en el error metodológico de abstraer una tendencia de la realidad y basar toda su política en ella. En esto proceden al contrario de los marxistas, quienes buscan en todo momento precisar la dinámica y las perspectivas de la situación, trazan una política que responda a la situación actual , no futura, de la lucha de clases.

Por otra parte, a diferencia de lo que afirma Lambert, el estallido de la guerra civil no dependerá de las medidas de Mitterrand contra el aparato estatal (suponiendo que efectivamente existieran tales medidas) ni de ninguna otra medida del gobierno burgués. Dependerá del desarrollo de la lucha de clases y, fundamentalmente, del ascenso de las masas. Hasta ahora, el movimiento obrero y popular, frenado por sus direcciones traidoras, ha realizado algunas luchas aisladas, varias de ellas importantes por el carácter de las empresas en cuestión, como la Renault. Pero no observamos todavía una tendencia de esas luchas a extenderse y centralizarse. Por ahora, la perspectiva de la guerra civil en Francia debe medirse en términos de años (quizá pocos: 2, 3 ó 5), no de meses o semanas .

4. Una confusión deliberada

Dice el Proyecto de informe político : “ Nosotros nos pronunciamos en contra del gobierno Chiang Kai-shek, pero estábamos en ‘su campo’ durante la guerra contra el imperialismo japonés. Los bolcheviques re pronunciaron en contra del gobierno de Kerenski, pero estuvieron en la primera fila del ‘campo’ de Kerenski contra Kornilov. Nosotros condenamos al gobierno frentepopulista español y sin embargo estábamos en el ‘campo’ de ese gobierno contra Franco ” (op. cit., le,. 7).

Esta es la única analogía histórica que aparece en el documento; por consiguiente, debemos concluir que Lambert considera que ésta es la situación actual de la lucha de clases en Francia: una situación de choque físico , de enfrentamiento militar directo entre los “campos”.

Por nuestra parte, creemos que está viendo visiones al confundir los roces entre sectores burgueses, con su concomitancia de expresiones fuertes, hostiles, con una guerra civil en germen. Realmente hay que estar mal de la vista política para confundir los editoriales de Les Echos o Le Fígaro o las declaraciones de Ceyrac (el presidente de la CNPF) con lea invasión japonesa de China, la sublevación de Kornilov o la guerra civil española.

Sin embargo, no es casual que el Proyecto de informe no dé algún ejemplo más cercano a la verdadera situación francesa: por ejemplo, el de Alemania bajo el gobierno Ebert-Scheidemann o el de Francia bajo Blum. Estas analogías son relativas, puesto que no existe en la Francia actual un ascenso de masas remotamente comparable al de aquellas dos situaciones. Lo que las tres situaciones tienen en común es la existencia de profundas diferencias entre distintos sectores de la burguesía, diferencias que daban lugar a fuertes roces entre algunos sectores y el gobierno. Pero esto es cualitativamente distinto de los tres ejemplos del Proyecto , en los cuales las diferencias alcanzaron un grado tal que se tradujeron en luchas físicas, en guerra.

Como todo en política, la descabellada comparación del Proyecto tiene un objetivo. Es cierto, y Trotsky lo ha señalado, que los bolcheviques lucharon en primera fila contra Kornilov, que los comunistas chinos debían combatir en primera fila contra lea invasión japonesa y los partidarios de lea Cuarta Internacional en España debían luchar en primera fila contra Franco. En España calificó de “traidores” y “agentes del fascismo” a quienes se negaban a aplicar esta política.

Pero en esos tres casos existía una lucha militar . Jamás Lenin y Trotsky plantearon que había que estar “en el campo de Kerenski” antes de la sublevación de Kornilov, o en el de Ebert y Scheidemann. Trotsky jamás llamó a sus partidarios a combatir en el “campo de Largo Caballero”, es decir, en el del gobierno republicano anterior a la sublevación franquista, ni a apoyar sus acciones contra la burguesía.

Con su comparación absurda, el Proyecto nos dice en forma subliminal que la política trotskista en Francia hoy consiste en luchar en la primera fila del campo de Mitterrand contra el campo burgués.

Pero además, el Proyecto sostiene que en esa lucha debemos apoyar políticamente al gobierno. Con esto rompe completamente con el trotskismo, que jamás se enfurecía políticamente con una dirección burguesa, haya o no haya guerra civil.

Más adelante veremos qué significa exactamente para los bolcheviques y trotskistas luchar “con Kerenski contra Kornilov” o “con Negrín contra Franco”. Ahora tomemos un ejemplo de la lucha de clases cotidiana. Supongamos que la patronal envía a una banda fascista a destruir un sindicato. Lógicamente, la burocracia sindical va a defender el organismo que es fuente de sus privilegios, y los trotskistas defenderemos a la organización obrera de las pandillas del capital. Esto nos coloca en el mismo “campo” con la burocracia desde el punto de vista militar, y deberemos aceptar esa conducción mientras sea más fuerte que nuestra organización. Pero jamás apoyaremos políticamente a la burocracia, ni siquiera en medio de la lucha. Siempre distinguimos el plano político del plano militar.

En conclusión, debemos decir que la analogía histórica que hace el proyecto es inútil desde todo punto de vista. En Francia no hay perspectiva inmediata de guerra civil, pero si la hubiera, la política de la OCI sería igualmente revisionista.

5. La verdadera realidad francesa

Si la OCI considera que existe “incompatibilidad” y “antagonismo absoluto” entre el campo del gobierno frentepopulista y el de los “capitalistas y banqueros”, hasta el punto de que hay guerra civil “en germen” entre ellos, no puede decirse que los mismos capitalistas y banqueros piensen lo mismo.

Veamos, por ejemplo, una de las declaraciones mas “violentas” del diario Les Echos , vocero autorizado del CNPF:

“Si por casualidad el presidente de la República o el primer ministro leen estas líneas, quizás comprenderán por qué los jefes de empresa, a quienes apelan todos los días, tienen desconfianza en ellos; no se puede llamar al esfuerzo y, a la vez, permitir que los ministros se comporten como vulgares militantes para sembrar el desorden en las empresas” (8/10/81).

Esto de ninguna manera puede considerarse como un llamado a derrocar al gobierno. Por el contrario, el mismo diario, enemigo acérrimo de Mitterrand, llama a los patrones a tener paciencia: “ Gobernada por la izquierda, la derecha o el centro, Francia jamás cede a los extremos por mucho tiempo; ¡qué no llegue el día en que Francia deba reprocharles a quienes tienen el poder económico y financiero, a los jefes de empresa, el haberse desesperado demasiado pronto ! ” ( Los Echos , 30/9/81).

Exagerando un poco los términos empleados por Les Echos , la patronal está diciendo: “ No hemos visto peor basura que el gobierno de izquierda de Mitterrand, pero basta con tener un poco de paciencia y Francia lo rechazara” .

Entonces, lo que existe entre la patronal y su gobierno son algunas discusiones fuertes. Pero esas discusiones no se han salido, ni por ahora muestran síntomas de salir, de los marcos comunes de un régimen bonapartista con elementos de democracia burguesa: el parlamento y las columnas editoriales de los periódicos que representan a las distintas corrientes.

6. La verdadera incompatibilidad

Para los marxistas, ningún gobierno burgués, aunque sea frentepopulista, es “incompatible” con el régimen y el Estado burgueses ni puede haber un “antagonismo absoluto” entre la patronal y un gobierno burgués. Lo único incompatible con el régimen burgués es la movilización de las masas y el surgimiento de una situación de poder dual . Esto es lo que la burguesía no puede tolerar por un solo instante.

El gobierno frentepopulista de Blum fue perfectamente compatible con la Tercera República, a la cual Trotsky caracterizó como “bonapartismo semiparlamentario” a partir de la asonada de febrero de 1934 ( On France ; Pathfinder Press, p. 141). El gobierno de Blum cayó cuando resultó incapaz de contener el ascenso de las masas, pero la III República sobrevivió hasta la invasión de Francia por los nazis y la instauración del régimen de Vichy. Y el mismo Blum fue llamado a gobernar nuevamente en la posguerra, bajo el régimen de la IV República.

Mitterrand resultará perfectamente compatible con la V República mientras sea capaz de frenar la movilización de las masas. Cuando las luchas de los trabajadores franceses se extiendan y centralicen, cuando empiecen a surgir organismos de poder dual, siquiera embrionariamente, entonces la situación resultará incompatible con el mantenimiento del régimen burgués. En tal caso muy probablemente la burguesía se vea en la necesidad de deshacerse del gobierno frentepopulista, por métodos constitucionales o mediante el golpe de estado, según la situación lo exija.

Cuando esta situación esté planteada, y ni un segundo antes, los trotskistas lucharemos militarmente en el campo de Mitterrand.

7. ¿Quién previó la actual situación francesa?

Para el partido revolucionario es indispensable prever correctamente la dinámica de la situación, porque en caso contrario resulta imposible elaborar una línea, es decir, el conjunto de consignas y tareas que el partido presenta a las masas. En este sentido, veamos cuáles fueron las previsiones hechas por las dos corrientes en que se ha dividido la CI(CI).

El camarada Miguel Capa, dirigente de nuestra corriente, hizo un pronóstico muy claro en su artículo “El gobierno Mitterrand, sus perspectivas y nuestras tareas”. Nos permitimos citarlo in extenso:

“Mitterrand accede al gobierno en medio de una seria crisis de la economía francesa y sin que haya habido una ‘primera oleada’ de grandes huelgas que le obligue a hacer concesiones. Estos dos hechos empujarán a su gobierno a imponer los duros planes de hambre y desocupación de la burguesía, continuando la orientación de Giscard-Barre . Tratará de convencer a los trabajadores de que lo acepten y, si no lo logra, apelará a todos los medios (....)

“Para el movimiento obrero y demás sectores populares la vida se hace más dura: tanto la inflación como la desocupación se han acelerado durante los cuatro meses del gobierno frentepopulista (. .)

“Todo indica que el frente popular traerá rápidamente mayor miseria y desocupación paro los trabajadores, si no estalla la primera oleada huelguística y revolucionaria que, por un tiempo, se lo impida” (Correspondencia Internacional N 13).

El artículo de Francois Forgue, en respuesta a Capa, publicado en la misma edición de la revista, no responde a estos conceptos tan claros, ni formulan un vaticinio propio. Ningún otro material de la OCI(u) lo hace.

Lo más parecido a un vaticinio aparece en el Proyecto de informe político:

“Las contradicciones entre el gobierno Mitterrand-Mauroy y la burguesía son tales, que Mitterrand puede verse obligado a comprometerse mucho más allá de lo que él había previsto en un conflicto con la burguesía... (p. 7).

Esto está planteado en forma de hipótesis; sin embargo, a falta de cualquier afirmación debemos considerar que éste es el vaticinio que hace la OCI(u) sobre la política de Mitterrand. Su política se basa en esta hipótesis, puesto que apoyará al gobierno en sus “acciones de resistencia a la burguesía”.

¿Quién tuvo razón, Capa o Lambert? ¿Es cierto que Mitterrand se ha comprometido más de lo previsto en un conflicto con la burguesía y que, por consiguiente, las masas viven cada vez mejor? ¿O, por el contrario, tuvo razón Capa al afirmar que Mitterrand aplicaría los planes de hambre y desocupación de la burguesía y que su gobierno traería mayor miseria a las masas?

No es necesario ir muy lejos para encontrar la respuesta: la situación del proletariado francés es tan sombría, que la propia OCI(u) se ve obligada a denunciarla:

“Los salarios están congelados, los precios siguen su ascenso; los alquileres aumentan cada vez más y se vuelven una carga tan pesada que son cada vez más los desempleados que no pueden pagarlos -y ya han comenzado los desalojos-; las condiciones de trabajo, lejos de mejorar, se vuelven intolerables (...) Esto, por no mencionar la aceleración del ritmo de trabajo, que ya provocó una huelga de varias semanas de los metalúrgicos de Renault-Sandouville. Por no hablar del aumento de las cuotas del seguro social”. (IO 1028, editorial).

Y la lista sigue: “... los obreros sin especialización siguen sin especialización, el trabajo sigue siendo trabajo explotado, los estudios siguen bloqueados, las clases superpobladas y sin maestros, los despidos continúan y aumentan ”.

Todo este cuadro se resume en muy pocas palabras: superexplotación de los trabajadores, garantizada por el gobierno al servicio de los patronos .

Todo lo cual confirma el pronóstico de Capa y refuta no menos categóricamente el de Lambert.

Capítulo V
La Política de la OCI (u)

Todo partido trotskista, toda corriente revolucionaria del movimiento obrero que no sea ultraizquierdista ni sectaria, tiene como política, al existir un enfrentamiento político-económico muy grave entre distintos sectores de la burguesía (sublevación fascista, invasión imperialista, enfrentamiento en las calles, sabotaje burgués, guerra civil) alinearse en el campo que considera más progresivo. Si se trata de una sublevación fascista o bonapartista contra un gobierno de frente popular, democrático o bonapartista parlamentario, nos alineamos en el “campo” de este último; inclusive, muy excepcionalmente, podemos llegar a acuerdos prácticos, estrictamente delimitados, para la lucha.

Parecería que esto nos lleva a coincidir con la OCI(u). Sin embargo, no es así. Para los trotskistas, esta alineación es puramente física, militar. Jamás nos subordinamos a la dirección política de la burguesía ni de los partidos obreros contrarrevolucionarios. Además, consideramos que esta alineación, que nos obliga a subordinarnos al comando militar del campo progresivo, es un hecho táctico que depende de la relación de fuerzas: lo hacemos mientras la conducción burguesa-stalinista-socialdemócrata sea más fuerte que nuestro partido, pero nuestro eje político es siempre romper la alianza de clases, es decir, el “campo progresivo” frentepopulista o bonapartista parlamentario. Concretamos este eje planteándoles a las masas que, si los obreros no echan al gobierno frentepopulista y toman el poder, no puede haber una verdadera lucha a fondo contra la ofensiva reaccionaria. Como dice claramente Trotsky, hubo que derrotar a la kerenskiada para derrotar definitivamente a la korniloviada. Esta tarea se complementa con otra: el enfrentamiento físico a la korniloviada, cuando ésta re produce.

La OCI(u) tiene la política contraria. En primer lugar, el choque físico entre los dos campos burgueses en la Francia de hoy, sólo existe en la imaginación febricitante del autor del Proyecto de informe político , quien busca con ello justificar su alineación política en el campo mitterrandista.

En segundo lugar, la política de la OCI busca sembrar confianza en el campo del gobierno burgués y en su dirección, Mitterrand; es una política de apoyo explícito al gobierno, de aconsejarlo y servirle de asesor fraternal para impulsarlo a romper con la burguesía y tomar un rumbo anticapitalista. En el presente capítulo veremos cómo se expresa esta política y su aplicación en la práctica.

1 - La teoría Lambert-Forgue del “campo mitterrandista”

Hemos visto la política de los “campos”, variante Lambert-Favre, con respecto a las colonias y semicolonias del imperialismo. Pero ¿qué pasa con respecto a los países imperialistas? ¿Qué pasa concretamente con respecto a Francia ? ¿No podrá aplicarse esa política allí?

La respuesta de la OCI y de Lambert es un rotundo sí, también en Francia se aplica la teoría y la política de los “campos”. Ya hemos visto que el Proyecto de informe político sostiene la necesidad de estar “ en el campo de Mitterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía ”.

Por su parte, Francois Forgue en su respuesta a Capa, afirma:

“La ‘crítica’ al frentepopulismo [se refiere al gobierno de Mitterrand] no es un fin en si mismo sino solamente un medio para que la clase obrera se movilice contra la burguesía” (Correspondencia Internacional Nro. 13, octubre 1981).

Es decir, se trata de movilizar a las masas solamente contra la burguesía, no contra el gobierno (como si éste no fuera justamente el estado mayor de la burguesía y la contrarrevolución); se llama a un gobierno de colaboración de clase, imperialista hasta la médula como el de Mitterrand, a gobernar contra la burguesía; no se denuncia a este gobierno, sino que se critican fraternalmente sus errores.

El argumento sobre fines y medios que emplea Forgue es demasiado viejo como para impactar a nadie. Y lo usa mal, además.

Cada fin requiere un medio, o medios, adecuado (s). Los medios son las herramientas que emplea el partido para alcanzar sus fines. Cualquier obrero sabe que, para sacar un tornillo, se debe utilizar la herramienta adecuada: un destornillador. Es necesaria la crítica sistemática al gobierno burgués de turno, el planteo incansable de que los obreros deben echar al gobierno burgués y tomar ellos el poder, como único medio, como única herramienta para derrotar a la burguesía y sacar ese tornillo social que nos destruye y aplasta a todos.

Forgue nos dice que el medio que utilizamos para cumplir una tarea es una cuestión secundaria. Nosotros decimos que existe una profunda unidad entre medios y fines; que afirmar que “lo principal son lo fines” es tan falso como “lo principal son los medios”.

Como ejemplo de su orientación, Forgue dice: “ El gobierno frentepopulista ‘respeta’ a la burocracia del Estado; nosotros la atacamos”.

Un marxista diría: “ El gobierno frentepopulista respeta a la burocracia del Estado; nosotros atacamos a esa burocracia y denunciamos al gobierno por respetaría.

2. El otro integrante del “campo progresivo”

Debemos señalar que en nuestra enumeración de los integrantes del “campo progresivo” que encabeza Mitterrand, se nos quedó uno en el tintero, y no muy honorable por cierto. Se trata de Pablo, el gran teórico de la concepción de los campos, quien llevó al trotskismo a cometer la gran traición de su historia en Bolivia.

En el primer número de su periódico, llamado Pour L’ autogestion , Pablo publica un editorial referido a su política para el gobierno de Mitterrand, donde dice: “ apoyaremos todas las medidas que tome, que satisfagan las reivindicaciones de los trabajadores y el movimiento de emacipación general del capitalismo y la burocracia a nivel internacional ”.

Evidentemente, Pablo ve mayores virtudes en el gobierno de Mitterrand que las que ve Lambert, ya que la acción “progresiva” de dicho gobierno se extiende al plano internacional. Pero en esencia Pablo y Lambert dicen lo mismo.

Pablo : este gobierno toma medidas que satisfacen las reivindicaciones de los trabajadores.

Lambert: Este gobierno realiza acciones contra la burguesía y por eso estamos en su campo, apoyando sus “pasos progresivos”.

Diferencias terminológicas aparte, la coincidencia es total. Tanto Lambert como Pablo están en el “campo” político de Mitterrand y apoyan sus medidas. Si es correcto el antiguo dicho, “dime con quién andas y te diré quién eres”, los camaradas de la OCI deben reflexionar. Después de décadas de feroz combate contra el stalinismo y contra Pablo, su agente en nuestras filas, ahora se encuentran en el mismo “campo” con ambos.

3. Impulsar al gobierno burgués hacia posiciones anticapitalistas

En un documento escrito por Stéphane Just y aprobado por el Buró Político da la OCI como “preparatorio para el XXVI Congreso de la OCI(u)” (y que por lo tanto tiene la misma importancia que el Proyecto de informe político ), se dice con una claridad y franqueza dignas de mejor causa:

“Estamos dispuestos a apoyar toda resistencia del gobierno a la presión y sabotaje de los capitalistas, todo acto que cuestione a la V República y sus instituciones (el estado RDR-UDF), a las reformas reaccionarios de la V República que satisfaga las reivindicaciones de las masas, que atente contra los capitalistas. Sin ilusiones, y sin sembrar ilusiones, tratamos de que el gobierno Mitterrand-Mauroy avance lo más posible por esta vía [de satisfacer las reivindicaciones de las masas y atentar contra los capitalistas]” (La Lettre d’I.O. No 11, p. 4).

Esto completa la afirmación del Proyecto de informe político , de que la OCI está “ en el campo de Miterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía ”. Aquí se está diciendo que el gobierno efectivamente va a resistir la “ presión y el sabotaje de los capitalistas ” y “ cuestionar la V República ”, no para reemplazarla con algún otro régimen burgués sino para “ satisfacer las reivindicaciones de las masas ” y “ atentar contra los capitalistas ”. Es decir, que el gobierno frentepopulista, contrarrevolucionario, burgués, imperialista de Mitterrand-Mauroy puede orientarse en un sentido anticapitalista. La tarea de la OCI es impulsarlo para que “ avance lo más posible por esta vía ”. Si se crítica al gobierno (cosa que la OCI hace a veces y en tono por demás fraternal, como dirigiéndose a un camarada “descarriado”, es siempre con el mismo fin: “ Nuestra crítica al gobierno Mitterrand-Mauroy es siempre abordada desde el punto de vista del combate contra la burguesía y el capital ” (op. cit., p.4).

Si esto fuera realmente así, si desde el punto de vista del marxismo un putrefacto gobierno burgués, contrarrevolucionario e imperialista pudiera ser orientado contra la burguesía, entonces el stalinismo tendría razón. Existirían gobiernos populares, no clasistas, que podrían gobernar contra una u otra clase de acuerdo a la presión que se ejerciera sobre los mismos.

Al adoptar la teoría de los campos, la OCI(u) ha abandonado el método marxista, que define a los gobiernos por su carácter de clase. Frente a estas afirmaciones de Just, y otras similares, se derrumban las mil y un declaraciones rituales del Proyecto de informe político , de que el gobierno Mitterrand es “burgués” y “no es nuestro gobierno”.

Un camarada joven podría preguntarse: ¿acaso el trotskismo no exige que se adopte una política de presionar a los partidos obreros para que rompan con la burguesía, tomen en sus manos el poder y apliquen un programa revolucionario, de reivindicaciones transicionales?

Efectivamente, respondemos nosotros; y agregamos que ese análisis y táctica del trotskismo confirman el método y la política clasistas del marxismo.

Desde el punto de vista de su carácter de clase, existe un abismo entre los partidos obreros, aunque traidores, y los gobiernos burgueses del tipo que sean. Un partido obrero traidor sigue siendo obrero y, por lo tanto, un fenómeno altamente contradictorio dentro de nuestra clase. En determinadas ocasiones, bajo la presión de las masas, su dirección proburguesa puede verse obligada a avanzar más allá de lo que desearía en el camino de ruptura con la burguesía; los trotskistas debemos tener una política para impulsar ese proceso. Pero los momentos en que aplicamos esta política son excepcionales, y los momentos en que este proceso ocurre en la realidad son ultraexcepcionales .

Además, esta política se aplica en relación a partidos obreros , jamás en relación a gobiernos burgueses , sobre todo cuando incluyen a partidos burgueses , ni siquiera obrero-burgueses.

Por razones de clase, un partido trotskista no puede jamás aplicar la política de la OCI(u), de llamar al gobierno burgués de Mitterrand a avanzar en la vía de la ruptura con la burguesía. Esta política es absolutamente irreal (y por lo tanto reaccionaria), tan irreal como pedirle a Reagan que avance lo más posible por la vía de dejar de ser imperialista. O bien es una política factible, y en ese caso el stalinismo tiene razón: existen gobiernos que no son burgueses ni proletarios, y bajo esos gobiernos hay que abandonar la lucha de clases porque la presión ejercida sobre ellos puede orientarlos en un sentido antiburgués.

Volviendo a Stéphane Just, sabemos que él jamás entendió nada del marxismo, pero debemos reconocerle el mérito de la claridad. Creemos que Lambert, siendo tan revisionista como Just o quizás más, jamás hubiera dicho que el eje de nuestra política es impulsar a un gobierno burgués, imperialista , que incluye a ministros gaullistas y radicales , hacia la ruptura con la b. Y, para colmo, “ sin ilusiones y sin sembrar ilusiones ”. Daría lo mismo decir que el eje de nuestra política para la Iglesia católica es: “ Sin ilusiones y sin sembrar ilusiones tratamos de que el papa Juan Pablo II avance lo más posible por la vía de hacer cantar La Internacional en la misa ”.

4. ¿Sembrar ilusiones es distinto que depositar confianza?

Según la teoría de Lambert-Just, la política de la OCI no debe “sembrar ilusiones”. Sin embargo, ya hemos visto que para ellos el gobierno burgués puede convertirse en un gobierno antiburgués (“ satisfacer las necesidades de las masas ” y “ atentar contra los capitalistas ”). Esto ya de por sí es bastante extraño, pero tiene otro aspecto. Para nosotros, “ sembrar ilusiones sobre el gobierno ” y “ depositar confianza en el gobierno ” son dos maneras de designar la misma política. Parecería que la OCI no lo considera así, porque “ sin sembrar ilusiones ” toda su política está orientada a que las masas confíen en el gobierno.

Vamos a ver algunos casos de esto, pero no cualquier caso: vamos a ver los que menciona el Proyecto de informe político , como ejemplo de lo que debe ser la política de la OCI aplicada en la militancia cotidiana de sus miembros.

Primer ejemplo: La Caja del seguro médico

Según el Proyecto (en el capítulo “Un gobierno de crisis”), el ministro Barrot del gobierno Giscard había decretado el cierre de la Caja Central de Seguro para la Enfermedad de la Región Parisina (CPC). Ahora la ministra de solidaridad social Nicolee Questiaux, del gobierno Mitterrand, ha decretado que el cierre debe llevarse a cabo antes del fin de este año. La CPC se encuentra bajo control del CNPF desde 1967.

La célula de la OCI en la CPC publicó un volante diciendo: “ No se votó por Mitterrand para que su ministro Questiaux lleve adelante esta política” (la de Giscard; op. cit., p. 4).

Y el autor del Proyecto comenta, furioso: “ Esta línea es completamente errónea ” (ídem).

¿Por qué es errónea? El Proyecto lo aclara: “La conclusión de esta línea errada debería ser la siguiente: ‘Hay que impulsar el combate contra el desmantelamiento de la CPC organizado por el gobierno Mitterrand-Mauroy y su ministro y que ha sido dictado por el CNPF’, todo ello en la línea de: hay que echar a este gobierno burgués ” (ídem).

La línea es errónea porque va dirigida contra el gobierno . ¿Cual es la línea correcta?

“En el caso del decreto de desmantelamiento de la CPC, la línea correcta implica la siguiente respuesta: (...) ‘Por la defensa real de nuestros derechos y garantías, por la defensa de los asegurados sociales, queríamos la satisfacción de nuestras reivindicaciones, queríamos la derogación del decreto Barrot ’. En esta línea (...) la OCI unificada debe sacar un volante, llamando a la constitución de comités y de una delegación que visite a la ministra Questiaux (ídem).

En otras palabras, la “línea errónea” consiste en movilizar a los trabajadores de la CPC contra el gobierno Mitterrand. La “línea correcta” consiste en demostrar que los verdaderos responsables del desmantelamiento son el gobierno de Giscard y el CNPF, y por lo tanto los trabajadores de la CPC deben organizar una delegación para visitar al ministro de Mitterrand , para que éste resuelva el problema. La OCI(u) no llama a la movilización, sino solamente a hacerle una visita a la ministro Questiaux como única alternativa contra la política ultrarreaccionaria de Mitterrand de liquidar el seguro social.

Para Lambert-Just, esto significa “ no sembrar ilusiones en el gobierno ”. Para nosotros, significa depositar una confianza casi absoluta en el gobierno, en que éste resolverá los problemas de los trabajadores con solo hacerle una visita a la ministra.

Segundo ejemplo: la huelga en el aeropuerto

En julio estalla una huelga en el aeropuerto Roissy-Charles de Gaulle, debido a que el gobierno está efectuando una “reestructuración” que significará la pérdida de seis puestos dé trabajo. Ante la huelga, el gobierno ofrece una srie de concesiones pero mantiene los seis despidos. ¿Cuál es la política de la OCI?

“Habría que haber dicho en la asamblea general: (. .)’¿Acaso no hubo un cambio político después de la victoria de las masas que echó a Giscard? ¿Por qué, entonces, viendo que la dirección general giscardiana del aeropuerto debió recular ante la huelga, estaríamos obligados a aceptar su plan de reestructuración, contra el cual justamente hicimos la huelga? Propongo que la delegación regrese al ministerio para pedirle los seis puestos, es decir, la garantía formal de derogación del plan giscardiano de reestructuración” (op.cit., p., 5).

El plan de reestructuración lo elaboró y aplicó el gobierno de Mitterrand. Sin embargo, la “línea correcta” de la OCI consiste en denunciar a los funcionarios giscardianos y enviar delegaciones al ministerio (en este caso el de transporte) para que el ministro mitterrandista resuelva el problema.

Más adelante volveremos sobre los dos ejemplos, porque constituyen una síntesis de la política de la OCI en todos los sentidos. Aquí queremos destacar que en dos conflictos en que intervino el partido, en los cuales el patrón era el gobierno de Mitterrand, la línea de la OCI fue no sólo impedir que los trabajadores lucharan contra el patrón, fuera quien fuese, sino llevarlos a confiar en el patrón Mitterrand.

3. Lambert, consejero de Mitterrand

La línea de Lambert-Just de impulsar al goberno para que avance por la vía “anticapitalista” produce algunas expresiones “curiosas”, por decir lo menos, en Informations Ouvrieres , el órgano de la OCI. Porque sucede que el gobierno, tal como lo había anticipado don Pero Grullo, no está avanzando pr la vía anticapitalista, sino que se está comportando como un gobierno burgués normal en la época de crisis capitalista: está tomando medidas francamente antiobreras, que incluyen un plan de austeridad.

Frente a eso, la OCI no está actuando como un partido revolucionario “normal”, que aprovecharía esta situación para desenmascarar el verdadero carácter del gobierno frentepopulista ante las masas. Lo que la OCI está haciendo, en su línea de impulsar al gobierno hacia la izquierda (¡sin sembrar ilusiones, se entiende!), es aconsejar al gobierno, más aún, rogarle que tome la buena vía. Veamos.

En I.O. No 1021 aparece una “Declaración del Buró Político de la OCI unificada”, primera declaración del partido ante la promulgación del plan de austeridad. Allí se dice: “Nosotros, militantes de la OCI(u), que hemos luchado incondicionalmente contra la división y a favor de la unidad, por la mayoría PS-PCF y un gobierno de unidad PS-PCF sin representantes de las organizaciones y partidos burgueses, decimos que tomar medidas que se inscriben en la puesta en práctica de un plan de austeridad, es un error muy grave, desastroso”.

Y un poco más abajo: “ Las medidas esenciales tomadas por el gobierno golpearán directa y diariamente a las masas trabajadoras al dejarles las manos libres a los capitalistas y a los banqueros.”

Es decir, el gobierno toma una serie de medidas, inscritas en un plan de austeridad, al que dejan las manos libres a capitalista y banqueros y golpean a las masas trabajadoras. ¿Revela con ello su esencia burguesa? Según la OCI no: está cometiendo “ un error muy grave, desastroso ”, que consiste en lo siguiente:

“Todo el mundo lo constata: en lugar de apoyarse en la movilización de las masas trabajadoras y la juventud [el gobierno] trata de apaciguar a los capitalistas y banqueros”.

¿Qué debemos hacer ante este “error desastroso” del gobierno, de querer “apaciguar” a la burguesía en lugar de apoyarse en la movilización de las masas? Mostrarle que existe lo que la “Declaración” del BP llama “la otra vía”:

“La otra vía es la de quebrar la resistencia de los altos funcionarios que, por ejemplo en la Educación, sabotean cínicamente las medidas tomadas por el ministro . La otra vía, consiguiendo que el Seguro Social representa un salario directo, consiste en no permitir que el déficit de éste sea pagado por los asalariados (...) sino mediante impuestos a las ganancias y prebendas de los capitalistas y banqueros” .

Y tras una serie de consejos adicionales sobre lo que significa “la otra vía”:

“El dilema está claramente planteado: colaboración de clases con el capital o lucha de clases contra el capital. Así se plantea la cuestión ante los graves problemas económicos y financieros. Sólo las medidas anticapitalistas podrán salvar a las masas trabajadoras y a la juventud” .

Hay que reconocerle a Lambert, Just, Forgue y Favre su consecuencia stalinista. El dilema del gobierno frentepopulista y el “campo progresivo” es, “colaboración de clases” o “lucha de clases”. 0 sea que, al subir al gobierno, el frente popular puede producir el milagro de practicar la “lucha de clases”. Después de todo, este dilema, como cualquier otro, puede resolverse en uno u otro sentido.

Con esto se viene abajo el leninismo y el trotskismo, y nuevamente tienen razón los stalinistas: el frente popular y su gobierno puede romper con la colaboración de clases y practicar la lucha de clases, porque es “progresivo”, popular, supraclasista.

Volviendo a lo anterior, resulta que el gobierno quiere apaciguar a la burguesía con medidas antiobreras, pero eso es un error “desastroso” porque las masas viven cada vez peor y la burguesía no se deja apaciguar. Aconsejamos a este gobierno que empiece a tomar “la otra vía”: que se incline por la “lucha de clases” y tome medidas anticapitalistas.

El 23 de octubre la OCI realizó un acto en la sala de La Porte de Pantin. El discurso principal estuvo a cargo de Lambert, quien dijo: “ Todas las dificultades, los dos millones de desocupados y los centenares de miles de despidos ya programados, el aumento de precios, la inflación, las medidas de intimidación contra el gobierno : todas las dificultades pueden ser eliminadas: el gobierno tiene los medios para ello ” (I.O. 1023).

Acá tenemos la razón por la cual el gobierno está cometiendo un error “ desastroso ”: la burguesía lo está intimidando, por eso el dilema se estaría resolviendo en favor de la “ colaboración de clases ”, es decir, el “ apaciguamiento de capitalistas y banqueros ”. Pero no todo está perdido, todavía el dilema se puede resolver en el otro sentido, puesto que “ el gobierno tiene los medios para ello ”.

Y aunque más adelante trate de salvar la ropa diciendo que un futuro “gobierno PS-PCF sin representantes de la burguesía tendría los medios para ello” (aunque no levanta la consigna “ fuera los ministros burgueses ”, ni en ese discurso ni en ninguna otra parte), su política es para el gobierno actual, que “ tiene los medios ” para practicar la “ lucha de clases ”.

La OCI, partido que se considera trotskista y por lo tanto aspira a conducir a las masas a la derrota de la burguesía y el imperialismo, la conquista del poder y la destrucción del régimen burgués, considera que su misión bajo el gobierno frentepopulista burgués de Mitterrand, como miembro de su “campo progresivo” consiste en impulsarlo por la “vía” de la “lucha de clases” y las “medidas anticapitalistas”, puesto que cuenta con todos los “medios” para ello. Si el gobierno se desvía de la buena senda, entonces debe mostrarle cómo puede volver a ella.

En resumen: bajo el gobierno frentepopulista, la OCI deja de ser un partido de combate contra la burguesía y su gobierno , para convertirse en un abyecto asesor del mismo.

4. Una extraña ruptura con la burguesía

En distintas ocasiones, tanto en los documentos como en el periódico I.O., se sostiene que la OCI tiene como política fundamental la “ ruptura con la burguesía ”: “ Esta es la situación concreta que debemos tener en cuenta para formular la línea fundamental de nuestra política: ruptura de la coalición con la burguesía,” ( Proyecto de informe político , p. 4).

Ahora bien, la coalición con la burguesía existe justamente dentro del gobierno, puesto que, como señala correctamente el Proyecto :

“..... el gobierno Mitterrand-Mauroy incluye a ministros gaullistas y del partido radical. Su presencia tiene un significado político preciso: el fortalecimiento de los lazos con la burguesía, y más precisamente, la intención del gobierno de no cuestionar a la V República y sus instituciones, al Estado burgués moldeado por el bonapartismo bastardo” (op. cit., p. 7).

Frente a esta situación, señalada con una corrección que nos exime de comentarios, el leninismo y el trotskismo tienen una línea táctica tradicional expresada en la consigna “ fuera los ministros burgueses del gobierno ”. Esta consigna expresa en forma accesible para las masas: la táctica trotskista de exigir la ruptura de los partidos obreros con la burguesía. Sin embargo, para la OCI(u) la línea de ruptura con la burguesía no pasa por esa consigna:

“La poca importancia de sus funciones ministeriales [se refiere a los ministros gaullistas y radical] y de la fuerza política que agrupan tras ellos limita considerablemente la eficacia de la denuncia de su participación en el gobierno ante las masas. En realidad, la reivindicación de la ruptura con la burguesía no puede ser eficaz bajo esta sola forma (...) Aunque en nuestra agitación tengamos que plantear lo que significa la presencia de Crépeau-Jobert en el gobierno, dado que el CNPF aparece a todas luces como el estado mayor político directo de la burguesía, se debe enfatizar lo siguiente: ¿Acaso se pueden satisfacerlas reivindicaciones de las masas y aplicar al mismo tiempo los planes del CNPF? Ese es el contenido principal de la línea de ruptura con la burguesía (op. cit., p. 7).

Y en otra parte se insiste: “ La línea fundamental de nuestra política [ es ] la ruptura de le coalición con la burguesía, cuya materialización consiste en enfatizar la movilización contra el CNPF (op. cit., p.4).

Es decir que la línea de “ ruptura con la burguesía ” no significa romper el gobierno frentepopulista echando a los ministros burgueses, sino ruptura del gobierno frentepopulista en su conjunto , con ministros burgueses y todo, con el CNPF.

Esta política obliga a la OCI a hacer extrañas piruetas cuando se producen conflictos en las empresas estatales, que poseen enorme peso en la economía francesa. Ahí los obreros no chocan contra el CNPF, sino contra el propio gobierno de Mitterrand. Por consiguiente, en una huelga en una empresa estatal, (la Renault, digamos, o el aeropuerto de París), “ruptura con la burguesía” significa ruptura con el gobierno : exijamos al gobierno Mitterrand que reincorpore a los militantes despedidos, o aumente nuestros salarios o lo que sea.

¿Cómo resuelve esta situación la OCI, cómo hace para que los obreros no rompan con el gobierno? Volvamos a los dos ejemplos anteriores, que da el Proyecto .

En el caso de la CPC desmantelada por decreto del gobierno: “ El CNPF mantuvo su plan de desmantelamiento de la CPC (...) Por la defensa real de nuestros derechos y garantías, por la defensa de los asegurados sociales, ¿podemos aceptar que el CNPF siga dictando su ley ? El CNPF fue derrotado, junto con Gicard-Barre-Barrot ” (op. cit., p. 4).

En el caso del aeropuerto, que entró en huelga contra el despido de seis militantes decretado por el gobierno: “ ¿Qué debimos haber hecho? Luchar por la victoria de la huelga, formulando una táctica que en su desarrollo plantease la ruptura con la burguesía, y en concreto en este caso, la revocación de los altos funcionarios puestos por Giscard...” ( op. cit., p. 5).

Y un tercer ejemplo, el de la gigantesca empresa estatal Renault, cuyos trabajadores estuvieron en huelga contra los aumentos del ritmo de trabajo en la cadena de producción, desde mediados de setiembre hasta finales de octubre. Haciendo un balance de la huelga, I.O. No 1024 dice en su editorial: Los hombres nombrados por Giscard para dirigir la Renault , los Vernier-Palliez y los Hanon, enfrentan las movilizaciones de los trabajadores y aplican los planes de sus mandatarios, los capitalistas y banqueros ”.

Hay que reconocer el ingenio revisionista de Lambert y del editorialista de I.O. Para esta situación sin salida, que lleva a los obreros a romper inevitablemente con el gobierno, inventan el cuco del CNPF (CPC) y de los altos funcionarios giscardianos (aeropuerto y Renault). Estos son los “cínicos saboteadores” de las buenas intenciones pro-obreras de Mitterrand y sus ministros.

Esta línea es permanente, se repite de número a número de I.O . Por ejemplo, el editorial del No 1019, titulado “ ¿En qué situación se encuentra Mitterrand? ” se dice:

“En su conferencia de prensa, F. Mitterrand enumeró una serie de medidas tomadas por el gobierno bajo su responsabilidad. Los docentes tienen pleno derecho a preguntar: ¿de qué sirven las medidas tomadas por el miistro de educación nacional, si su aplicación es saboteada sistemáticamente a nivel de la alta administración y los rectorados?”

Quiere decir que, si fuera por Mitterrand, los buenos maestros de Francia e encontrarían en una situación óptima. El problema es que los rectores y los funcionarios sabotean sistemáticamente esas medidas.

Todos estos argumentos de la OCI no son más que recursos para adelantar su línea fundamental: mantener intacto el campo del gobierno frentepopulista y orientar a ese campo en su conjunto contra la burguesía.

Esto es exactamente lo contrario de lo que plantea el trotskismo. Por ejemplo: “De febrero a octubre los mencheviques y los socialrevolucionarios, que constituyen un buen paralelo con los ‘comunistas’ y socialdemócratas [y con los “trotskistas” lambertistas, agregamos nosotros] , se encontraban en estrecha alianza y coalición permanente con el partido burgués de los ‘Kadete’ con los cuales formaron una serie de gobiernos de coalición. Bajo el signo del Frente Popular se encontraba la masa de pueblo, incluidos los soviets de obreros, campesinos y soldados. Desde luego que los bolcheviques participaban en los soviets. Pero no hacían la menor concesión al frente popular. Exigían la ruptura de ese Frente Popular, la destrucción de la alianza con los Kadetes, la creación de un verdadero gobierno obrero y campesino” (Trotsky, OEuvres . T. 10, pp. 248-249; subrayado en el original).

La línea que Trotsky nos señala es directamente la opuesta a la de la OCI: el eje de nuestra política es luchar por la independencia política del proletariado, por romper la colaboración de clases del proletariado con la burguesía a nivel gubernamental; denunciar al gobierno frentepopulista ante las masas como un gobierno contrarrevolucionario de colaboración de clase; señalar que, contra las ilusiones de los trabajadores, este gobierno jamás podrá practicar la lucha de clases contra la burguesía por razones de clase; que por esas mismas razones de clase, es parte de la lucha de clase de la burguesía y el imperialismo contra los trabajadores franceses y los pueblos de las colonias y semicolonias.

5. Mentir a las masas para proteger al gobieno

Volvamos nuevamente a los dos ejemplos que sintetiza la política de la OCI: la huelga en el aeropuerto y la movilización contra el desmantelamiento de la CPC.

Dice el Proyecto de informe político : Nosotros no dijimos: ‘El ministro [de transportes] Fiterman es el responsable’, sino que dijimos: la culpable es la dirección general (del aeropuerto) ” (op. cit., p. 4).

Y comentando esa msma huelga Informations Ouvrieres dice: “Los trabajadores chocaron contra el muro de los altos funcionarios giscardianos , resueltos a aplicar en el aeropuerto de París la política general de los capitalistas contra los trabajadores, y a colocar al nuevo gobierno ante el hecho consumado de la misma (...) Los trabajadores supieron crear las mejores condiciones para obligar a la dirección giscardiana a retroceder.”

Y más adelante, en una afirmación que sintetiza todo; “Agotadas las posibilidades de negociar, los trabajadores salieron a la huelga contra el patrón: los altos funcionarios de la dirección” (I.O. No 1009).

Es un hecho más que elemental que quien decreta los despidos en una empresa es el patrón o la gerencia; tratándose de una empresa estatal, el patrón es el gobierno y el gerente general es el ministro del ramo. Pero resulta que, el patrón es nada menos que el jefe del campo de la OCI: ¡Dios no nos permita atacarlo! A quien debemos atacar es la “dirección giscardiana”, es decir, al campo enemigo. Esta es nuestra política, cueste lo que cueste y aunque debamos mentirles deliberadamente a las masas.

Así, en el documento que codifica la política de la OCI para todo el próximo período, se dan instrucciones de mentirle a las masas acerca de quién es el patrón, para impedir que su justo odio se dirija hacia el gobierno de Mitterrand y sus ministros. Y el periódico, como vemos, es el fiel intérprete de esa línea.

El segundo ejemplo es igualmente ilustrativo. Recordemos que la célula de la OCI en la CPC había distribuido un volante que decía: “ No se votó por Mitterrand para que su ministra Questiaux lleve adelante esta política [de desmantelar la CPC]” (op. cit., p. 4). Esta línea de acuerdo al Proyecto, es completamente errónea ”. ¿Por qué? ¿Acaso no es cierto que la ministra Questiaux estaba aplicando la política de un ministro de Giscard? ¿Y no es igualmente cierto, y claro como el cristal, que los obreros franceses no eligieron a Mitterrand para que aplique la política de Giscard? Sí es cierto, pero en el afán de proteger al jefe de campo, Lambert les dice a sus camaradas que deben mentirles a las masas :

“¿Cual es, partiendo de las necesidades de las masas, la línea correcta? Debemos decir: hemos echado a Giscard y, al votar por Mitterrand, votamos contra el CNPF (op. cit., p. 4).

La verdad es que los trabajadores franceses votaron no sólo contra la CNPF sino también contra todos los partidos y organizaciones burguesas. Su voto mayoritario por el PS y el PCF refleja la aspiración de elegir un gobierno obrero antiburgués, que avance lo más rápido posible hacia una república socialista.

Mitterrand ha traicionado ese mandato, y todos los mandatos que se le dieron. No ha tomado una sola medida contra el CNPF y la burguesía. Sin embargo, la OCI no se limita a no denunciarlo y a concentrar sus ataques en el CNPF. Va aun más lejos y les miente a las masas . En el aeropuerto, donde el patrón es Mitterrand-Fiterman, dice que el patrón es la administración giscardiana. En la CPC, donde el patrón es Mitterrand-Questiaux, dice que lo es el CNPF. Con respecto a las elecciones, dice que el voto obrero y popular sólo fue contra el CNPF. Cualquier método, inclusive el más vil y canallesco de todos -mentirles a las masas- lo considera lícito con tal de mantener el “campo” de Mitterrand contra el CNPF.

6. ¿Proteger al gobierno o combatirlo?

Los ejemplos anteriores -y los cientos de casos que podríamos citar de Informations Ouvrieres - demuestran a las claras que la política de la OCI se centra en evitar cuidadosamente que las luchas obreras se dirijan contra el gobierno. La función de la OCI es proteger al gobierno y desviar las iras de los trabajadores hacia otros blancos. Para ello, está dispuesta a recurrir a cualquier método, inclusive el más abyecto de todos, que es mentirles a las masas.

Trotsky tiene la política opuesta, y ya respondió a quienes han aplicado la orientación de la OCI. En julio de 1936, el periódico Révolution de la Juventud Socialista Revolucioaria, cuyos dirigentes eran miembros de la sección francesa, expresó la línea actual de la OCI, en los siguientes términos: “Bajo la protección vigilante de los trabajadores franceses, el gobierno del Frente Popular podrá realizar su programa”.

Trotsky respondió inmediatamente (en una carta del 19 de julio) señalando lo mismo que hemos dicho nosotros a lo largo de este documento: que ningún gobierno burgués, así sea frentepopulista como el de Blum, puede aplicar una política antiburguesa. Y concluyó:

“Nuestra tarea no es en modo alguno la ‘protección’ del gobierno de coalición entre el proletariado y la burguesía (...) Nosotros y el Frente Popular tenemos enemigos comunes. Por ello estamos dispuestos a combatirlos junto a los grupos regulares del Frente Popular, sin tomar la menor responsabilidad por ese gobierno ni erigirnos en ‘protectores’ de León Blum . Consideramos que este gobierno es un mal menor en comparación con de La Rocque. Pero al combatir el mal mayor no protegemos el mal menor (Trotsky, OEuvres , T, 10, p. 271).

Si la OCI quiere elevar su política al plano teórico, tendrá que decir exactamente lo contrario: “ Nosotros y el gobierno frentepopulista de Mitterrand tenemos enemigos comunes: el CNPF y los funcionarios giscardianos. Los combatimos juntos y asumimos una pesadísima responsabilidad: protegemos al gobierno de Mittrrand de los ataques de la clase obrera por todos los medios, buscamos que los obreros no lo odien sino que confíen en él, que jamás vean su verdadera faz de gobierno burgués e imperialista, agente del CNPF. Por eso hemos abandonado la política de Lenin y Trotsky, que consiste en mostrarles a los trabajadores de manera sistemática que el primer paso para derrotar al CNPF y los funcionarios ‘giscardianos’ consiste en echar a este gobierno e implantar el gobierno de los obreros y campesinos ”.

7. La variante Lambertista del frente popular de combate

A todo lo largo del Proyecto de informe político se rechaza la política del “frente popular de combate”:

“Ayudar a los aparatos contra la lucha de clases [es] la desviación del ‘frente popular de combate” (pág. 2); “Los doctrinarios ignorantes (...) no dudarán en criticarnos en la línea tan ‘revolucionaria’ del frente popular de combate” (pág. 3); “También los militantes de la OCI unificada sufren la presión del frente popular de combate” (pág. 3). Y así sucesivamente: la OCI rechaza esta política con horror y asco.

Recordemos brevemente que, para Marceau Pivert, existen dos frentes populares: uno está conformado por las direcciones de los partidos obreros; éste es reformista y agente de la burguesía. El otro está integrado por las bases de los partidos obreros y por todos los que quieren combatir a la burguesía y el régimen; éste es el frente popular de combate, cuyo objetivo consiste en impulsar al frente popular reformista hacia posiciones antiburguesas. Los revolucionarios deben formar parte de este frente popular.

Ahora bien, según el Proyecto de la OCI, todo el frente popular de Mitterrand realiza “ acciones de resistencia a la burguesía ”; por consiguiente, todo el “campo” de ese frente popular es antiburgués. Y el Proyecto dice claramente, “ estamos en el campo de Mitterrand ”.

Por otra parte, Stéphane Just nos dice la política de la OCI trata de impulsar al gobierno frentepopulista para que “ vaya lo más lejos posible por la vía de la ruptura con la burguesía ”. Es exactamente lo mismo que decía Pivert, aunque con un agregado cínico: que la OCI no debe “ sembrar ilusiones ”.

Esto no es más que una variante del “frente popular de combate”, que la OCI rechaza con tanto asco... en las palabras. Donde Pivert veía dos frentes populares, Lambert ve uno solo, que integra a todos, desde Mitterrand hasta los obreros de base, pasando por los ministros burguses y los dirigentes del PS y el PCF. Y puesto que realiza “ acciones de resistencia a la burguesía ”, todo este frente es un gran “frente popular de combate”, en el cual los trotskistas debemos participar con la orientación central de impulsarlo para que avance cada vez más por el camino de la ruptura con la burguesía.

Lambert y Just rechazan la táctica del frente popular de combate con horror, sin comprender lo que significa. El crimen de Pivert es haber creído que el frente popular en cualquiera de sus variantes podía practicar la “lucha de clases” contra la burguesía, Lambert y Just cometen exactamente el mismo crimen, pero en relación al gobierno de Mitterrand. Esta es la razón por la cual el trotskismo combate a Pivert y a Lambert-Just.

8. La OCI aplica una política stalinista

Habíamos dicho anteriormente que las profundas diferencias existentes en el seno de la burguesía dan lugar al surgimiento de distintos sectores. Estos dirimen sus diferencias en distintos terrenos, que van del electoral y parlamentario, al choque físico y la guerra civil cuando la situación lo exige.

Ante esta realidad, la política permanente del stalinismo es la de llevar al movimiento obrero a la alianza con la burguesía “de izquierda”, tanto si está en la oposición (como ocurría bajo Giscard) como si se encuentra en el poder, como ocurre ahora con el gobierno de Mitterrand. En este último caso, el stalinismo busca inclusive formar parte del gobierno burgués.

Esta alianza ha tomado distintos nombres y formas, aunque su esencia de colaboración de clases es siempre la misma. Así se conforman los “frentes antifascistas” con la burguesía “democrática”; los “frentes antiimperialistas” con la burguesía “antimonopolista” o “antiimperialista” de los países semicoloniales, etc. A todos los conocemos genéricamente como frentes populares, puesto que responden a la política stalinista del “campo progresivo” con la burguesía.

Esta es la política que está aplicando la OCI en Francia. En momentos en que no hay guerra civil ni perspectivas inmediatas de un choque físico entre distintos sectores de la burguesía, ni amenaza de golpe fascista, la OCI es un integrante político del “campo” burgués mitterrandista.

Siendo así, la OCI tendría que ser consecuente: toda vez que aparezca un sector de la burguesía a la “izquierda” del gobierno reaccionario de turno (por ejemlo, si Chirac resulta electo en las próximas elecciones y Mitterrand vuelve a la oposición junto con los radicales y gaullistas de izquierda) deberá formar parte de ese “campo burgués progresivo” y, si es consecuente con sus concepciones, deberá aplicar con respecto al mismo exactamente la misma política que está aplicando con respecto al gobierno de Mitterrand.

Si la OCI(u) hubiera aplicado esta política con respecto a la Unión de La Gauche, ya hubiera sido repudiada por todo el movimiento trotskista. Esto es lo que le ocurrirá a corto plazo, por traicionar los principios más elementales del marxismo revolucionario.

9. Una tradición traicionada

Si la OCI es consecuente con su política actual, entonces debe autocrticarse. Considera que un gobierno frentepopulista como el de Mitterrand es antagónico con el aparato estatal de la V República y el régimen burgués; realiza permanentemente “ acciones contra la burguesía ”; su sola elección provoca una gran crisis en el sistema de dominación burgués, hasta el punto de resultar “incompatible” con él; ha dado surgimiento a dos campos tan antagónicos, que existe una guerra civil “en germen” entre ellos.

Su política frente a ese campo “progresivo”, es impulsarlo a la lucha contra el CNPF y los funcionarios giscardianos. Más aun, trata de que “ vaya lo más lejos posible en la vía ” de la lucha anticapitalista. Por eso jamás ataca al gobierno, ni siquiera lo critca: se limita a asesorarlo fraternal y humildemente y a señalar sus “errores”, es decir, en realidad sus medidas antiobreras.

Si esta política es correcta cuando el frente popular está en el poder, ¿por qué no lo es cuando está en la oposición? ¿Por qué al conformarse la Unión de la Gauche, con sus listas electorales encabezadas por Mitterrand, no planteó lo mismo que dice ahora: “estamos en el campo de la UG en sus acciones dé resistencia al gobierno Giscard ”; “ orientamos las luchas de los trabajadores contra el CNPF y Giscard, jamás contra los integrantes de esas listas frentepopulistas ”; “ sin ilusiones, sin sembrar ilusiones, tratamos de que el frente popular avance lo más posible en la vía de la lucha contra el gobierno de Giscard?

Acá no puede haber ningún problema moral. Si pensamos que la elección de un gobierno fretepopulista le provoca semejante desbarajuste al régimen, y que el frente popular en el gobierno puede llevar adelante la lucha contra el capital, entonces, nuestra política con respecto al frente popular en la oposición debe ser la de llamar a las masas no sólo a votar por él sino también a confiar en él.

Si somos consecuentes hasta el fin, deberemos reconocer con toda franqueza que el trotskista siempre ha tenido una política errónea, sectaria con respecto al frentepopulismo. El trotskismo siempre ha repudiado el boque electoral frentepopulista y ha calificado a los partidos obreros que participan en él de traidores y contrarrevolucionarios. Ha utilizado ese calificativo no sólo para la socialdemocracia y el stalinismo, sino también para el POUM español y la Gauche Révolutionnaire francesa (el partido de Pivert), cuyos dirigentes entraron a los frentes populares de sus respectivos países.

Esta fue la política de la OCI hasta el10 de mayo pasado. Denunció al frentepopulismo y su política electoral y atacó brutalmente a los partidos obreros que la practicaron. Pero abandonó esa política cuando el frente popular llegó al gobierno, ingresó a su campo y dejó de atacar al PS y al PCF.

La OCI debe recapacitar seriamente sobre este problema y tomar una resolución. No puede defender su política actual y al mismo tiempo su trayectoria anterior, que es la del trotskismo. O se autocrítica de su trayectoria y denuncia el sectarismo de los trotskistas, o realiza un viraje abrupto para romper con su política actual.

10. La revolución por etapas, variante Lambert

Dice el Proyecto de Informe político: “Lo importante es comprender que las masas, inclusive las que quieran que sus reivindicaciones sean satisfechas, se dirigirán al gobierno, a los ministros, considerándolos más bien como sus aliados, pidiéndoles que las apoyen para que ellas obtengan satisfacción. Es preciso, por nuestra práctica polítia, despejar el camino a este proceso político en que las masas querrán embarcarse en una especie de diálogo con ‘su gobierno’, ‘sus ministros’. Igualmente necesitamos, aunque sólo sea de manera embrionaria, promover los primeros elementos de autoorganización de las masas. Es así como preparamos los momentos siguientes, en los que las masas exigirán de ‘su gobierno’, ‘sus ministros’, que satisfagan sus aspiraciones” (op. cit., p. 8).

Esto significa lo siguiente: en la actualidad, las masas quieren que sus reivindicaciones sean satisfechas, pero consideran que el gobierno y sus ministros son sus “aliados”, y buscarán el diálogo con ellos. Esta es la etapa actual, que, según se desprende de todo el documento, corresponde a la lucha exclusivamente contra el CNPF y los funcionarios giscardianos.

Luego vendrá una segunda etapa, en la cual las masas entablarán otro tipo de diálogo con el gobierno: le harán exigencias . Cuando ello ocurra, según se dice un poco más abajo, “... se abrirá la crisis revolucionaria. Ciertamente, las masas intentarán oponer sus exigencias a nivel gubernamental en medio de la huelga general” (op. cit., p. 8).

Hay, pues, dos etapas claramente definidas: la primera es de diálogo con el gobierno, y durará hasta que las masas se desengañen de él; luego sobrevendrá la segunda etapa, en la que las masas pasarán del “diálogo” a la “exigencia”. Para Lambert, el derrocamiento del gobierno por las masas y la instauración de la dictadura proletaria queda postergado para una tercera etapa en un futuro indeterminado, pero tan lejano que ni siquiera se menciona. Las dos próximas etapas tienen como eje el gobierno burgués de Mitterrand: la primera será de negociación y la segunda de exigencia.

Como todo revisionista, Lambert confunde una realidad, hipotética además, con la política que debe tener el partido trotskista. Efectivamente, existe una posibilidad de que el movimiento obrero negocie con el gobierno en una etapa y le exija en la siguiente. Insistimos que es sólo una posibilidad : a nosotros nos parece más probable que las negociaciones se combinen con luchas y enfrentamientos (como efectivamente está ocurriendo: véase, si no, el caso de la Renault).

Pero suponiendo que la hipótesis de Lambert fuera acertada, nosotros no trasformamos la realidad objetiva en nuestra política: si las masas creen en un gobierno burgués y se limitan a negociar con él, nosotros no hacemos lo mismo, no hacemos seguidismo a las masas atrasadas. Aceptamos esa realidad objetiva y adecuamos nuestra política por medio de la táctica, lo cual es completamente distinto. Por eso rechazamos todas las teorías etapistas, sea la de Stalin o la de Lambert.

Nosotros consideramos que tiene razón Trotsky contra Lambert y Stalin. Nuestra política, y así lo proclamamos ante el movimiento obrero y las masas, es que existe una sola posibilidad: derrocar lo antes posible al gobierno burgués de turno e instaurar el gobierno obrero.

La tareas de combatir el CNPF y al gobierno de Mitterrand no están separadas en el tiempo, sino íntimamente combinadas. Tácticamente puede resultar necesario centrar nuestra lucha contra un golpe fascista o una ofensiva de CNPF. Pero en medio de la lucha contra ese golpe o esa ofensiva, mantenemos nuestra política de enfrentar y derrotar al gobierno; no aguardamos a la derrota previa del CNPF, porque esa derrota es imposible sin derrocamiento revolucionario del gobierno. Por eso, en nuestra agitación mostramos al gobierno frentepopulista como el sirviente de la burguesía que socava nuestra lucha contra la reacción.

Hemos dicho que la teoría de Lambert es etapista, como la de Stalin. Debemos rectificar, pues existe una diferencia entre ambas teorías. El stalinismo prometía luchar contra Franco y luego, derrotado éste, contra Negrín. Es decir, que la segunda etapa era de lucha contra el gobierno frentepopulista y por el socialismo.

Lambert plantea que la primera etapa será de negociación con el gobierno y de lucha contra el CNPF en alianza con el gobierno. Pero la segunda no será de lucha contra el gobierno sino de exigirle a éste que luche contra la burguesía. Esto es revisionismo dentro del revisionismo puesto que, para Lambert, jamás llegará el momento de luchar contra el gobierno burgués del frente popular y por la dictadura del proletariado.

11. La OCI no tiene consigna de gobierno

Evidentemente, con la concepción etapista de la OCI(u), sería absurdo pensar que la organización levanta alguna consigna de poder para la etapa actual en Francia. Sin embargo, para no olvidar el ritual trotskista, el Proyecto de informe político sí plantea el problema, partiendo del siguiente vaticinio apocalíptico previsto para un plazo muy cercano.

“La naturaleza del gobierno Mitterrand-Mauroy —gobierno burgués de colaboración de clases, gobierno burgués de tipo frente popular—, asegura que cualquiera que sean los conflictos que puedan oponerlo a la burguesía, al aparato del Estado burgués que la V República ha formado, en última instancia sólo puede capitular ante ellos. Al fin de cuentas, las masas se levantarán contra este tipo de gobierno. Concretamente, exigirán la ruptura con la burguesía, un gobierno sin representantes de la burguesía . Entonces, se abrirá la crisis revolucionaria. Ciertamente, las masas intentarán oponer sus exigencias a nivel gubernamental , en medio de la huelga general. Y también seguramente, surgirán entonces los consejos, los soviets, bajo una u otra forma” ( Proyecto de informe político , p. 8).

O sea que, como vimos anteriormente, la lucha no será de las masas contra el gobierno sino de las masas exigiéndole al gobierno que rompa con la burguesía. Para esa tarea emplearán métodos políticos y organizativos revolucionarios (aunque aquí no se plantea la insurrección): la huelga general y los soviets.

Es un cuadro más que absurdo: las masas, organizadas en soviets, realizan una huelga general, pero el partido “trotskista” no las llama a derrocar al gobierno burgués sino a exigirle que rompa con la burguesía. Ahora veamos cómo se plantea la cuestión del gobierno:

“En cada periodo, en cada etapa, en cada momento de la lucha de clases, nuestra política está determinada, en función de las condiciones actuales y de la actual conciencia de las amplias capas obreras, por la forma que debamos plantear y responder a la cuestión el poder” (op. cit., p. 6).

Avanzando un poco más, nos encontramos con la siguiente consigna: “ abajo el gobierno ”, pero para refutarla, y a continuación se dice que “ seria absurdo asignarles a los trabajadores el objetivo de derrocar al gobierno ”. O sea que, para la OCI(u), lo “absurdo” no es levantar la consigna “abajo el gobierno” en momentos en que las masas confían en él (nosotros preferiríamos el término “error ultraizquierdista” en lugar de “absurdo”) sino el objetivo de derrocarlo, que es otra cosa muy distinta.

Pocas líneas más abajo nos encontramos con: “ fuera los ministros burgueses ”. Pero, como ya vimos, la OCI está a favor de esta tarea pero en contra de agitar esta consigna en razón de la escasas importancia que le den las masas a dichos ministros. Discrepamos con este argumento reformista: si las masas no comprenden la impotancia de los ministros gaullistas y radicales en el gobierno, nuestro deber de trotskistas es hacer que lo comprendan . Por eso agitamos constantemente esa consigna de gobierno.

Pero, bueno: supongamos que “ fuera los ministros burgueses ” no es la consigna de gobierno adecuada al momento. Entonces, ¿cuál es? Para la OCI(u) la respuesta es... NINGUNA . En efecto: se mencionan dos consignas de gobierno para explicar por qué no hay que levantarlas y luego no se da ninguna otra para oponerla al gobierno burgués.

La OCI(u) considera que hay una situación “prerrevolucionaria”, con una “guerra civil en germen”, que la lucha de clases se encamina ya hacia el surgimiento de soviets y la huelga general. Si la falta de una consigna de gobierno es un crimen en cualquier etapa de la lucha de clases, ¿qué decir de esa ausencia en una etapa como la que pinta la OCI? ¿Y qué decir del partido obrero supuestamente revolucionario que se niega , como la OCI, a levantar esa consigna? Francamente, el diccionario resulta insuficiente para encontrar epítetos.

De todas maneras, la ausencia de una consigna de gobierno es una parte coherente de esa totalidad revisionista que es la política de la OCI(u). Si la tarea de derrocar al gobierno frentepopulista e instaurar la dictadura del proletariado no está planteado en esta etapa ni en la siguiente, entonces, ¿para qué plantear una consigna de gobierno? Al contrario: según la OCI(u) sería un error total plantear esa consigna y tarea. Por eso sólo plantea consignas de gobierno para refutarlas.

12. Un vaticinio claro

Según el Proyecto de informe político , “Las relaciones políticas que existen a partir del 10 de mayo y el 14 y 21 de junio indican que el gobierno Mitterrand-Mauroy es sólo la primera forma de gobierno de frente popular. Probablemente, en el curso de las próximas etapas, lo sucederán otros gobiernos de frente popular con otras características” (op. cit., p. 8).

Este vaticinio es clarísimo: después del actual gobierno vendrán otros gobiernos de frente popular, por años y años. Puesto que cada gobierno francés dura siete años, con cuatro gobiernos frentepopulistas (contando el actual) tenemos para veintiocho años de frentepopulismo en Francia. Ahora bien, a lo largo del documento se insiste en que el actual gobierno es inaceptable para la burguesía, que ésta no puede tolerarlo y que ya está haciendo todo lo posible para derrocarlo (hasta el punto de que ya existe una “ guerra civil en germen ”). ¿Cómo se resuelve esta contradicción? Nosotros vemos dos respuestas posibles.

Una, es que aquí se reconoce implícitamente que todo lo que dice el Proyecto anteriormente es falso, y que tenemos razón nosotros: que el gobierno frentepopulista es perfectamente compatible con el régimen burgués, que la burguesía lo tolera perfectamente y, más aún, lo necesita para impedir que el ascenso obrero desborde los marcos del régimen, hasta el punto de estar preparada a aceptar una sucesión de gobiernos frentepopulistas.

Pero gobierno frentepopulista significa para las masas una miseria cada vez mayor: aumento de la desocupación, aumento de los precios, disminución de los salarios reales, más horas de trabajo, etc. Esto no ea una especulación ni un vaticinio: es lo que está sucediendo ahora en Francia, como lo reconoce el propio Informations Ouvrieres según hemos citado en otra parte.

Si lo que depara el futuro inmediato es una sucesión de gobiernos frentepopulistas, esto significa que la miseria seguirá en aumento. Y aquí estamos hablando solamente de los obreros de la metrópoli imperialista: imaginemos lo que significará para los trabajadores de Guadalupe, Nueva Caledonia o de las semicolonias africanas.

Siendo así, ¿por qué es “absurdo” el “objetivo” de derrocar al gobierno? Al contrario, no sólo no es absurdo sino que es una tarea inmediata, de vida o muerte para el proletariado. Si la OCI(u) dice que es “absurda”, entonces debe añadir que toda su política es reformista, al negarse a levantar una consigna de gobierno.

Esta es una interpretación posible del vaticinio de la OCI(u), pero nosotros vemos otra que sí es parte coherente de su política revisionista. Si se prevé una sucesión durante años y años de gobiernos frentepopulistas, la ausencia de una consigna de gobierno termina por adquirir su pleno significado. Para la OCI(u), el gobierno frentepopulista, con sus ministros burgueses (caso contrario no seria frentepopulista) no es un gobierno de clase, es decir burgués , sino un híbrido supraclasista, capaz de orientarse en tal o cual dirección de acuerdo a las presiones que se ejerzan sobre él. Por eso es innecesario, más aún, es un error , agitar la consigna “ fuera los ministros burgueses ” o cualquier otra consigna de gobierno. La política correcta es, “ sin ilusiones, sin sembrar ilusiones ”, presionar al gobierno para que avance por la “vía correcta” de la “lucha de clases”, “satisfaga las reivindicaciones de los trabajadores”, “gobierne contra la burguesía apoyándose en las masas que echaron a Giscard y en la mayoría PS-PCF”, etc., etc.

Es decir, se trata de presionar al gobierno burgués e imperialista para que realice las tareas que, según el trotskismo, sólo puede realizar la dictadura del proletariado . Esto es lo que sintetiza toda la política revisionista de la OCI(u).

Capítulo VI
¿Si hubiera una Guerra Civil en Francia?

La OCI ve una inminente guerra civil, donde sólo existen roces y basa toda su política en ella. Creemos haber demostrado ampliamente que esa apreciación no corresponde para nada a la verdadera situación francesa. Pero supongamos por un instante que la OCI tuviera razón: por ejemplo, que el “campo reaccionario” liderado por la CNPF estuviera preparando un golpe de estado apoyado en la fuerza armada de los oficiales reaccionarios del Estado Mayor francés. En tal caso, ¿podríamos decir que la política de la OCI es correcta y trotskista?

Desde ya respondemos que no: su política sigue siendo igualmente revisionista, oportunista, en fin, perfectamente acorde con la teoría de los “campos”. Esto es lo que demostraremos en el presente capítulo, pero antes de seguir, se impone la siguiente constatación. Recordemos que en las analogías históricas citadas por el Proyecto de informe político , se dice que los bolcheviques se pronunciaron contra el gobierno de Kerenski mientras luchaban en su campo contra Kornilov. Esto es cierto, aunque hubiera sido más correcto decir que los bolcheviques combatieron implacablemente a Kerenski, en lugar de “se pronunciaron contra” él.

Como demostraremos en el presente capítulo, la OCI se acuerda de “luchar en el campo” de Mitterrand, pero olvida por completo “pronunciarse contra” el mismo.

1 - Guerra civil entre los “campos”

La OCI sostiene, como hemos visto, que existe una guerra civil “en germen” entre el “campo burgués progresivo” de Mitterrand y el campo reaccionario del CNPF, y compara esta situación con la que existió en Rusia en agosto del 17, con la sublevación de Kornilov, y otras similares.

En otras palabras, la guerra civil se librará entre el campo del gobierno y las masas, y el campo de la burguesía y la columna vertebral del aparato estatal (que incluye -suponemos nosotros, porque el Proyecto jamás lo menciona- al estado mayor de las fuerzas armadas).

Ahora bien, es muy posible que al estallar la guerra civil, las masas sigan confiando en el gobierno. O bien que suceda como en la guerra civil española, cuando las direcciones traidoras stalinista, socialdemócrata y anarquista frenaron toda lucha contra el gobierno y llamaron constantemente a las masas a confiar en él.

¿Cuál es la política de la OCI? “Las masas, inclusive las que quieren que sus reivindicaciones sean satisfechas, se dirigirán al gobierno, a los ministros, considerándolos más bien como sus aliados, pidiéndoles que las apoyen para que ellas obtengan satisfacción. Es preciso, por nuestra práctica política, despejar el camino a este proceso político en el que las masas querrán embarcarse, en una especie de diálogo con ‘su gobierno’, ‘sus ministros” (op. cit., p. 8).

Entonces, se parte de señalar un hecho posiblemente real, que las masas seguirán confiando en el gobierno y pensando que bastará el “diálogo” con Mitterrand y sus ministros para satisfacer sus reivindicaciones y romper con la burguesía. Pero este hecho, que es sólo una probabilidad, la OCI lo da como cierto porque es el que mejor cuadra con la teoría de los “campos”. Ni se le ocurre plantear, siquiera como hipótesis, que las masas pierdan toda confianza en el gobierno y en los partidos obreros traidores, ante el aumento de la desocupación, la disminución del salario real, etc.

Pero supongamos que ocurrirá tal como dice la OCI: las masas seguirán confiando en el gobierno burgués a pesar de todo. Un partido trotskista debe trazarse una política para combatir la actitud conciliadora de las masas, para demostrarles que sólo deben confiar en su propia movilización y que el camino de la confianza en el gobierno burgués conduce únicamente a la catástrofe (España, Chile, etc.).

No piensa así la OCI. Llevada por la teoría de los campos, y la consiguiente necesidad de mantener la unidad del campo progresivo a toda costa, inclusive de consolidarla, su “práctica política” será la de fomentar la actitud conciliadora de las masas, facilitando el “diálogo” de éstas con “su gobierno, sus ministros”.

Con esto se llega al colmo del reformismo proburgués. La OCI no plantea siquiera le necesidad de movilizar a las masas contra la reacción, sin movilizarlas contra el gobierno frentepopulista, política que podría fundamenterse en argumentos tácticos falsos, pero de cierto peso en una guerra civil. Aquí se propugna la política opuesta a cualquier movilización: la de dialogar con el gobierno, es decir, con el jefe del campo.

2. Guerra civil sin armamento del proletariado

Dice el Proyecto de informe político:

“Sin lugar a dudas la marcha de los acontecimientos exigirá que se lance la consigna de milicias obreras, pare responder a los ‘ataques de guerra civil’ que prepara el gran capital (...). Pero decidir hoy, en agosto de 1981, lanzar la consigna de armamento de los obreros, consigna que debemos y nos estamos preparando a lanzar en la campaña que estamos haciendo en Informations Ouvrieres (...) sería pecar de un espíritu ‘doctrinario’ de los más desconcertantes (op. cit., p. 5).

Veamos. Resulta que “hoy, en agosto de 1981”, el gran capital ya está preparando sus “ataques de guerra civil”. Pero al mismo tiempo, “hoy, en agosto de 1981”, lanzar la consigna de armamento de los obreros sería... ¡pecar de un desconcertante espíritu doctrinario!

En todos los casos en que se ha “preparado una guerra civil” en la historia, los reformistas y los oportunistas se han opuesto al armamento del proletariado. Para ello utilizan argumentos del tipo de “ no provocar a la reacción ; no asustar a las clases medias ”; “ no romper la alianza con la burguesía liberal ”; o argumentos aparentemente de otro tipo, como “ ¿dónde vamos a conseguir las armas? ”, etc. La OCI, que presume de trotskista, se limita a afirmar que llamar al armamento del proletariado hoy sería “ pecar de espíritu doctrinario ”, por consiguiente no levanta esa consigna.

Y eso es todo. En todo el extenso Proyecto de informe político no encontramos absolutamente ninguna otra mención del problema de las milicias obreras y el armamento del proletariado, aunque sí abundan las referencias a la guerra civil.

No entendemos por qué levantar estas consignas significa demostrar un espíritu “doctrinario”. Al contrario: el enemigo posee un ejército poderoso, bien entrenado y experto en combatir a las masas tanto de la metrópoli como de las semicolonias. Si está preparando ya la guerra civil, lo menos que se puede decir es que el armamento del proletariado no sólo es una consigna de actualidad candente, problema de vida o muerte para los trabajadores, sino que habría que haberla levantado ya desde hace tiempo, apenas se empezaron a observar los primeros síntomas de guerra civil.

Según el Proyecto , “nosotros caracterizamos que actualmente en Francia existe une situación prerrevolucionaria...” (op. cit., p. 8). Tal vez sea por eso que llamar al armamento del proletariado es pecar de espíritu doctrinario: habría que aguardar a que la situación se vuelva revolucionaria para levantar esa consigna. El único significado de este argumento es: los obreros deben dejarse masacrar hasta que la situación se torne revolucionaria. Las obreros no deben responder a cada golpe del capital, despertar a todas las masas explotadas con su ejemplo y pasar a su vez al ataque; no, deben dejarse golpear con impunidad. Nos permitimos recordarles a la OCI una verdad elemental de la lucha de clases: las situaciones prerrevolucionarias pueden convertirse en revolucionarias, pero también en contrarrevolucionarias. Con la política de la OCI de negarse explícitamente a llamar al armamento del proletariado, sucederá precisamente esto último.

En la cita que transcribimos al comienzo, se dice “... la consigna de armamento de los obreros, consigna que debemos y nos estarnos preparando a lanzar en la campaña que estamos haciendo en I.O....”.

En primer lugar, el tiempo que se está tomando la OCI para “prepararse” es extraordinariamente largo. El Proyecto apareció en agosto. Estamos escribiendo este documento en diciembre, o sea que han pasado ya cinco meses . Para el pensamiento formal, cinco meses son siempre cinco meses. Para la dialéctica, cinco meses en una situación de “guerra civil en germen” son todo lo contrario del mismo lapso calendario en tiempos de “paz social”. Si la situación es la que pinta Lambert, entonces es un crimen dejar pasar un día, mejor dicho una hora , sin levantar la consigna de armamento de los obreros porque en ese lapso el enemigo se está armando.

En segundo lugar, “la campaña que estamos haciendo en I.O. ¿De qué campaña hablan? Si tomamos los I.O. a partir de “hoy, agosto de 1981” hasta la fecha (números 1011 a 1032), no encontramos absolutamente ninguna campaña de preparación de los trabajadores y la vanguardia proletaria para la guerra civil.

A lo sumo aparecen algunas denuncias: por ejemplo, en I.O. 1029 se denuncia un atentado fascista contra la casa editorial Etudes et documentation internationales (EDI), dedicada a la difusión de obras marxistas. Estas denuncias ocupan algunas líneas en la sección “Noticias breves de la semana”. ¿Dónde está la campaña por el esclarecimiento de estos crímenes y, sobre todo, por la formación siquiera de piquetes de defensa obrera (ni qué hablar de milicias)? Respondemos: en ninguna parte , al menos que se considere que estas breves denuncias constituyen una campaña. Además, son denuncias contra los fascistas, no por el armamento del proletariado y la destrucción del cuerpo de oficiales.

Resta preguntar por qué un partido que se reclama trotskista se niega a levantar las consignas por el armamento y la formación de milicias obreras cuando considera que existe una situación prerrevolucionaria y una guerra civil en germen. La teoría de los campos nos proporciona la respuesta. La guerra civil que se está preparando es entre los “campos” consabidos, entonces hay que evitar a toda costa que se transforme en una guerra civil del proletariado contra la burguesía, como sucedería inevitablemente si los obreros se armaran y formaran sus milicias.

Pero alertamos: se armen o no los obreros, la guerra civil siempre será entre las clases, porque la burguesía se arma para defender sus intereses de clase contra el proletariado. Si éste no se arma, no se evitará la guerra civil, ni el aplastamiento de las clases explotadas en su conjunto.

Aclaramos para terminar este punto que nosotros no creemos que el armamento del proletariado sea una tarea de urgencia inmediata, puesto que discrepamos con Lambert, que Francia está ya a las puertas de una guerra civil y que nuestra política debe ser ahora la que tuvo Trotsky para España. Lo que denunciamos es la inconsecuencia de Lambert, al servicio de su política de apoyo al “campo burgués progresivo”. Nosotros debemos levantar estas consignas, pero para explicárselas a los trabajadores, no para la acción inmediata.

3. Guerra civil sin destrucción del ejército burgués

Es una ley de la lucha de clases, que el proletariado no puede triunfar en una guerra civil contra la burguesía, sin destruir previamente al ejército burgués. Destruirlo significa ganar para la causa proletaria a la mayor parte de ese ejército, y desmoralizar o neutralizar por completo al resto. En otras palabras, que el estado mayor se convierta en un grupo de “generales sin ejército”; que las tropas (los obreros y campesinos que cumplen el servicio militar), además de un sector importante del cuerpo de suboficiales y de oficiales de baja graduación, se rebelen contra el alto mando burgués y se pasen al otro lado de la barricada.

La lucha por la destrucción del ejército burgués debe ser una campaña permanente del partido revolucionario. Pero esa lucha pasa del plano propagandístico y pedagógico al plano de la agitación y la acción cuando existe una situación como la que pinta la OCI, de guerra civil en germen.

El Proyecto de informe político de la OCI no contiene ni rastros de tal campaña. En todo el texto jamás se menciona al alto mando o al estado mayor de las fuerzas armadas contrarrevolucionarias, ni se traza una política para destruirlas. Al único cuerpo armado que si se menciona es al Servicio de Acción Cívica, cuerpo paramilitar creado por de Gaulle y que la OCI considera una institución fundamental de la V República.

Mitterrand está creando él mismo las condiciones [para la guerra civil] como la operación contra el SAC (...). El gran capital se prepara a la guerra civil partiendo del corazón mismo de las instituciones de la V República - el SAC es una de ellas , ligado a las demás- y del aparato del Estado burgués ” (op. cit., p. 5).

Y el ejército, ¿no es parte del Estado burgués? ¿No es la pieza fundamental del dispositivo de la burguesía en la guerra civil? Y si es así, ¿por qué no se lo menciona jamás?

La cita anterior nos da la clave. El SAC es parte del campo enemigo, junto con otras instituciones del Estado burgués. Por eso se lo menciona tantas veces a lo largo del documento, y prácticamente no hay edición de I.O. que no traiga un artículo al respecto. Porque el propio Mitterrand es quien está a la cabeza de la lucha contra el SAC .

¿Qué clase de campaña hace la OCI contra el ejército ? Nosotros hemos visto sólo dos: una de ellas es por la reducción del servicio militar a seis meses. Esta campaña se inicia en I.O. 1022, el 17 de octubre de 1981 ; subrayamos este fecha porque en nuestra carta al Comité Central del POSI, fechada el 13 de octubre , denunciábamos a la OCI por no realizar esta campaña, que consiste en exigirle al gobierno que cumpla con sus propias promesas electorales. Significa que la OCI ha tomado esta campaña en respuesta a nuestras criticas.

La otra campaña es contra el aumento del presupuesto militar. I.O. 1025 denuncia que el actual presupuesto militar es un 17 por ciento mayor que el del año pasado (144 mil millones de francos contra 123) y que es más alto que el presupuesto para la educación (137 mil millones).

La OCI plantea que el presupuesto militar debe utilizarse para resolver el problema del desempleo y también para aumentar el presupuesto destinado a la educación pública, aceptando así nuestras críticas. Pero éstas son las dos únicas campañas en I.O. que tienen algo que ver con el ejército.

En I.O. 1026 se denuncia ese aumento del presupuesto militar tras su aprobación por la Asamblea Nacional, y se dice: “ Al ir contra las aspiraciones de los jóvenes obreros y campesinos uniformados, al satisfacer los deseos del cuerpo de oficiales, ¿ no fortalece el gobierno el lugar y el papel político de éste ? Colocado por encima del cambio, es decir, de la voluntad popular, por el propio gobierno, ¿ cómo no se verá alentado el ejército, en su voluntad política arbitraría, a actuar contra el cambio, por cueta de la reacción ? ”.

Aparte del estilo quejumbroso de este pasaje, que le cuadra tan mal a un partido revolucionario (y que, digamos de paso, es el que campea en todo I.O.), aquí se ubica correctamente al cuerpo de oficiales en el campo de la reacción. Pero puesto que el gobierno no está en el campo de la reacción sino que lidera el campo progresivo, toda esta denuncia se reduce a un llamamiento fraternal al jefe de campo a no cometer el error de darles a los oficiales el presupuesto que piden. No hay aquí un llamado a la movilización de las masas contra el presupuesto militar.

En cuanto a la reducción del servicio militar a seis meses, no ha habido hasta ahora otro llamado a la movilización que la constitución de una delegación para presentarse en el ministerio de la defensa con un petitorio, cuya firma es impulsada por la OJR, organización juvenil orientada políticamente por la OCI, y una marcha sobre la Asamblea Nacional el día en que debía aprobarse el presupuesto militar.

Las consignas de reducción del servicio militar y utilización del presupuesto militar son correctas, pero de ninguna manera pueden considerarse como una campaña por la destrucción del ejército burgués, y menos aun .tratándose de una situación de guerra civil en germen. En ningún lugar aparecen artículos agitativos llamando a los soldados y suboficiales a rebelarse contra el mando reaccionario y a negarse a actuar contra los trabajadores. Tampoco se los llama a sustraer las armas de los cuarteles y entregarlas a las organizaciones obreras.

Después de todo, ¿para qué? Basta con dirigir respetuosos llamados a la jefatura de campo, el gobierno burgués de Mitterrand, para hacerle saber de nuestras aspiraciones y denunciar las maquinaciones malignas del cuerpo de oficiales; ellos se encargarán de solucionar el problema. Eso sí nada de movilizamos por la destitución de esos oficiales por los trabajadores ni proponer que los comités de soldados constituyan un nuevo cuerpo de oficiales, porque eso podría romper el campo.

4. Las virtudes especiales del frentepopulismo

Dice el Proyecto de informe político : “ Nosotros condenamos al gobierno frentepopulista español y sin embargo estábamos en el “campo” de ese gobierno contra Franco. Sin embargo, cuando se dio el golpe de estado de los generales de Argel en 1961 de Gaulle, nosotros nos negamos a incorporarnos al ‘campo’ de De Gaulle . De la misma manera, es necesario, aunque el Estado burgués sea siempre el Estado burgués, saber discutir la forma y las particularidades de cada Estado burgués ” (op. cit., p. 7).

Aquí se da sólo el ejemplo de De Gaulle, pero la OCI también se ha negado en otra oportunidad a integrarse al “campo” del rey Juan Carlos en España.

Ahora bien, la realidad es que el proletariado español bajo el régimen de Juan Carlos ha logrado conquistas mucho mayores que el francés bajo Mitterrand, en relación a la situación existente antes de la toma del mando por ambos. Desde la muerte de Franco y el ascenso de Juan Carlos, se ha logrado la eliminación siquiera parcial de la censura de prensa; la realización de elecciones democráticas burguesas, con participación de los partidos que Franco había proscrito, como el PC, el PSOE e inclusive partidos revolucionarios, trotskistas; el derecho de huelga; la libertad sindical. Nada comparable ha logrado el proletariado francés bajo Mitterrand, es decir, no ha conquistado casi ningún derecho o reivindicación que no tuviera ya bajo Giscard. Entonces, ¿por qué la OCI se negaría a defender esas conquistas contra un golpe de los franquistas? ¿O por qué se niega a defender la democracia francesa tal como existe bajo De Gaulle contra un golpe de los generales fascistas de la OAS?

Para los marxistas, por el contrario, siempre es necesario combatir militarmente en el “campo” de un gobierno burgués, cuando éste se ve amenazado por un golpe o sublevación de la reacción. Buen ejemplo de ello es el que daba Trotsky, sobre la política de los revolucionarios en caso de que la Inglaterra “democrática” invadiera al Brasil, gobernado por el semifascista Vargas:

“En Brasil reina actualmente un régimen semifascista que cualquier revolucionario sólo puede considerar con odio. Supongamos, empero, que el día de mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicaría la clase obrera en este conflicto? En este caso, yo personalmente estaría junto al Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque no se trataría de un conflicto entre la democracia y el fascismo. Si Inglaterra ganara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría al Brasil con dobles cadenas. Si por el contrario saliera triunfante Brasil, la conciencia nacional y democrática de este país cobraría un poderoso impulso que llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un buen golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés” ( Escritos , T. X, p. 44).

Es decir que, para Trotsky, el carácter “semifascista” del gobierno Vargas no es impedimento para colocarse en su bando militar frente a una eventual invasión imperialista, que colonizaría al Brasil e impondría un gobierno todavía más reaccionario.

Lo mismo sostuvo, como vemos en otra parte, con respecto a Alemania en 1933: la necesidad de luchar militarmente junto al bonapartista reaccionario Bruening y Hinderburg si es atacado por Hitler y sus nazis.

Nosotros, en España, hubiéramos luchado con Juan Carlos-Calvo Sotelo contra Tejero si se hubiera desarrollado una guerra civil entre ellos.

Verdaderamente, el gobierno frentepopulista de Mitterrand, debe poseer virtudes muy especiales, para merecer que los trotskistas luchen en su campo contra la reacción, los mismos trotskistas que no lucharían en el campo de De Gaulle.

Con esta posición, la OCI está demostrando que oportunismo y ultraizquierdismo en el fondo son dos caras de la misma moneda revisionista. Es oportunista con respecto a Mitterrand, en cuyo gobierno burgués ve tantas virtudes que lucha en su campo subordinándose políticamente a esa dirección. Y es ultraizquierdista con respecto a De Gaulle, ya que se niega a combatir militarmente en su campo contra la reacción fascista. En ambos casos, tiene una política directamente opuesta a la de Trotsky, quien sostuvo, como hemos visto, que siempre luchamos militarmente en el campo del gobierno burgués si éste es amenazado por el fascismo o el imperialismo.

Nosotros, que combatimos a todos los gobiernos burgueses y no apoyamos a ninguno , combatimos con cualquiera de ellos si entra en guerra civil con un adversario reaccionario.

5. Los tres ejemplos de Lambert

Hemos visto que el Proyecto de informe político trae tres ejemplos históricos en los cuales se produjeron enfrentamientos físicos entre el gobierno y la burguesía del campo reaccionario: la sublevación de Kornilov, la invasión japonesa de China y la guerra civil española. Justamente esos tres ejemplos nos servirán para demostrar que la política de la OCI para Francia (suponiendo que realmente existe una guerra civil en germen), es la opuesta de la que aplicaron Lenin y Trotsky.

Luchar con Kerenski contra Kornilov

Aproximadamente una semana antes de la sublevación de Kornilov (agosto de 1917), ya corrían rumores por toda Rusia de un alzamiento contrarrevolucionario contra el gobierno de Kerenski. Inmediatamente se conforma un bloque “defensista” (defensa del gobierno) con los mencheviques, los eseristas y aparentemente un sector del Partido Bolchevique. Esta fue la reacción de Lenin: “ Cualquier bolchevique que hubiera llegado a un acuerdo con los defensistas (...) para expresar en forma indirecta confianza en el gobierno provisional (al que se defiende, según se afirma, de los cosacos) sería, por supuesto, inmediata y justicieramente expulsado del partido (...) . Nuestros obreros y nuestros soldados van a combatir las tropas contrarrevolucionarias si ellas inician una ofensiva contra el gobierno provisional; lo harán, no para defender a este gobierno que llamó a Kaledin y Cía. el 3 de julio, sino para defender independientemente la revolución en procura de sus propios fines: los fines de asegurar la victoria de los obreros, de los pobres, la causa de la paz, y no la victoria de los imperialistas Kerenski, Avxentiev, Tseretelli, Skobeliev y Cía. ( Obras completas , Tomo XXVI, pp. 329-330).

Y cuando los cosacos de Kornilov avanzaban sobre Petrogrado: “No debemos apoyar al gobierno de Kerenski ni siquiera ahora. Es una falta de principios (...) . Luchamos contra Kornilov exactamente como lo hacen las tropas de Kerenski, pero nosotros no apoyamos a Kerenski. Por el contrario, nosotros desenmascaramos su debilidad (op. cit., p. 373).

Como vemos, la política de Lenin consiste en luchar contra Kornilov junto con las tropas de Kerenski, pero sin prestar el menor apoyo a éste; por el contrario, lo ataca constante e implacablemente. El fin de su lucha no es la defensa del gobierno burgués, sino garantizar la victoria del proletariado. La política de Lambert, en cambio, consiste en luchar contra la CNPF pero en defensa del gobierno, y facilitando el diálogo de las masas con él. Mucho nos tememos que, con esa política, Lambert hubiera sido “ expulsado inmediata y justicieramente ” del partido bolchevique.

La invasión japonesa de China

En julio de 1937, se inicia la invasión japonesa de China. En ese momento, Trotsky envía un comunicado a la prensa burguesa donde dice:

“Si existe en el mundo una guerra justa, es la guerra del pueblo chino contra sus opresores. Todas las organizaciones obreras, todas las fuerzas progresivas de China, sin abandonar sus programas ni su independencia política , cumplirán hasta el fin con su deber en la guerra de liberación, independientemente de su actitud hacia el gobierno de Chiang Kai-shek” ( On China , p. 547).

Esta posición de Trotsky despertó algunas dudas en las filas del movimiento trotskista internacional, puesto que se trata de luchar con el ejército de Chiang Kai-shek, el mismo que había masacrado a los obreros de Shanghai. Por eso Trotsky poco después aclaró su posición en una serie de artículos y cartas:

“Al participar en la guerra nacional legítima y progresiva contra la invasión japonesa, las organizaciones obreras deben mantener su total independencia política con respecto al gobierno de Chiang Kai-shek” (Op. cit., p. 573; subrayado en el original).

“Sabemos muy bien que Chiang Kai-shek es el verdugo de los obreros. Pero el mismo Chiang Kai-shek se ve obligado a conducir una guerra que es nuestra guerra. En dicha guerra, nuestros camaradas deben ser los mejores combatientes. Políticamente deben criticar a Chiang Kai-shek por hacer la guerra de manera ineficaz, por no imponer elevados impuestos a la clase burguesa, por no armar a los obreros y campesinos, etc. El obrero chino debe decir: ‘Los ladrones japoneses impusieron esta guerra a mi pueblo. Es mi guerra. Pero, desgraciadamente, la conducción de la guerra está en malas manos. Debemos vigilar severamente a esa dirección y prepararnos para reemplazarla” (op. cit., pp. 574 y 575).

Es decir, incluso en una polémica con sectores ultraizquierdistas que se niegan a combatir al imperialismo, Trotsky no se cansa de insistir en la independencia política de las organizaciones obreras y en la necesidad de denunciar al gobierno.

La guerra civil española

Finalmente, la política de Trotsky en la guerra civil española también es la opuesta de la que preconiza el Proyecto de informe . En un articulo publicado en Lutte Ouvriere del 21 de mayo de 1937 dijo: “ Es necesario movilizar abierta y audazmente a las masas contra el gobierno del Frente Popular (La revolución española, T. II, p. 104).

Y poco después: “Acusamos a este gobierno de proteger a los ricos y atacar a los pobres. Mientras no seamos suficientemente fuertes como para derrocarlo, combatiremos bajo su bandera. Pero en todos las ocasiones manifestaremos nuestra desconfianza en él: ésta es la única posibilidad de movilizar políticamente a las masas contra este gobierno, preparando su derrocamiento . Cualquier otra poítica sería traición a la revolución ” (op. cit., p. 164).

“La renuncia a la agitación independiente y a la organización de cara al derrocamiento revolucionario del gobierno burgués no pueden, en el mejor de los casos, sino alargar la agonía de la democracia burguesa y facilitar el triunfo del fascismo” (op. cit., p. 157).

Y esto también está clarísimo. Para Trotsky, es un deber luchar en las filas republicanas contra Franco. Pero aceptamos la conducción militar de Negrín, no su dirección política. Al contrario, llamamos constantemente a las masas a desconfiar del gobierno frentepopulista, a movilizarse contra él y a preparar su derrocamiento revolucionario.

6. La verdadera política bolchevique y trotskista

De estas afirmaciones tan claras de Lenin y Trotsky se desprende la verdadera política de los revolucionarios, al producirse un choque físico entre dos “campos”. Resumamos sus características principales.

Luchamos militarmente en el campo frentepopulista

Cuando se produce un choque físico entre dos sectores de la burguesía, no podemos permanecer neutrales, estamos obligados a alinearnos. Pero lo hacemos respondiendo a una realidad objetiva, ajena a nosotros, que nos obliga a luchar en un terreno que no es el nuestro. Nuestro terreno es el de la lucha de clases, del proletariado contra la burguesía.

Es nuestro deber combatir al fascismo o a una invasión imperialista, y si el gobierno burgués también lo hace, nos encontramos en el mismo campo. Pero ese campo es puramente militar: jamás, en ningún momento nos subordinamos a su dirección política. Nuestra “oposición irreductible” al gobierno, nuestra independencia política con respecto a él, es el eje principista de toda nuetra política; lo único que cambia, es la forma de combatir al gobierno, es decir, la táctica. Por ejemplo, denunciamos sus vacilaciones y debilidades frente al enemigo fascista o imperialista. Exigimos que arme a los trabajadores y campesinos y les garantice un entrenamiento militar de primera, pagado por la patronal. Exigimos también que obtenga los fondos para la guerra mediante los impuestos a las ganancias de la burguesía. Justamente, la guerra nos brinda una magnífica oportunidad de demostrar en la práctica que el gobierno frentepopulista es quien más favorece la victoria del fascismo y el aplastamiento de las masas.

La alineación militar es un episodio táctico

Pero la subordinación militar al comando del frente antifascista o el gobierno frentepopulista no es una política permanente. Es sólo una táctica que responde a determinada relación de fuerzas: cuando los partidos obreros traidores y el gobierno del frente popular cuentan con la confianza de las masas y poseen mayor fuerza que el Partido bolchevique. Por eso Trotsky dice que combatimos bajo las banderas de Negrín en tanto no tengamos fuerza suficiente como para derrocarlo.

Transformar la lucha entre campos en lucha de clases

El partido revolucionario tiene un objetivo permanente, que no se abandona durante la guerra civil: es la independencia política del proletariado.

Durante las guerras civiles o invasiones imperialistas sucede que los campos surgen en la realidad, como lo demuestran los tres ejemplos históricos que da el Proyecto de la OCI. Como hemos dicho, los revolucionarios luchan militarmente en el campo más “progresivo”, pero no para capitular ante su dirección política burguesa como hace la OCI. Todo lo contrario, en medio de esa lucha militar combatimos políticamente a la dirección burguesa, inculcamos en las masas la más absoluta desconfianza en él y buscamos transformar esa desconfianza en odio de clase. Nuestra propaganda y agitación desenmascara paso a paso las vacilaciones y debilidades de la dirección del campo y la muestra como la mejor aliada en nuestras filas del campo enemigo.

Derrocar el gobierno burgués y conquistar el poder

Nuestra política de independencia de clase y ruptura del bloque del proletariado con la burguesía, apunta a nuestro objetivo supremo de derrocar al gobierno burgués y conquistar el poder. Sin el derrocamiento revolucionario del gobierno burgués no puede haber victoria contra el fascismo, o sólo puede haber una victoria momentánea. El peligro fascista seguirá existiendo. La miseria de las masas subsistirá, no como peligro sino como realidad.

La actual política de la OCI, de mantener a la clase obrera atada al carro del gobierno frentepopulista, le hace el juego al “campo reaccionario” y constituye la mejor manera de conducir al proletariado francés a la catástrofe.


[1] Véanse las referencias bibliográficas completas al final de la obra. En todas las citas los subrayados son nuestros, salvo indicación contraria.

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